Una constelación con la forma de un país

A Nona Fernández

3/12/19

La vereda ¿qué vereda? Bueno, por lo que quedaba de ella me fui acercando; eran las 14 horas y algo más y yo sabía que serían puntuales. Pasé por encima de las piedras, doblando por la sucursal del Banco Santander, ahora llevada a su mínima expresión, hasta que di con la librería Qué Leo Forestal, a metros del epicentro de Plaza Italia. En la puerta estaba Mario Cerda, protegiéndola, con las manos en la cortina metálica, para bajarla en cualquier momento, aunque eso no significara que se acabaría la fiesta adentro, por el contrario, unas 30 personas se amontonaban entre los estantes, un ventilador y la mesa donde la escritora Nona Fernández era entrevistada por Carlos Reyes. Cuando entré Nona ya hablaba y sus palabras rondaban actualizándose más y más; su obra es en sí una alta concentración de registro personal y colectivo y, en este caso, la conversación rondaba en torno a Sputnik, un ensayo que deambula por la inmensidad del cosmos, para conectar el desierto de Atacama con los desaparecidos en dictadura, la pérdida de memoria de su madre, el día de su nacimiento, el signo del horóscopo que la cifra, los mitos y la historia reciente del país. El Chile de Nona Fernández pasaba detrás de la vitrina, corriendo de la policía y de las bombas lacrimógenas y también pasaba delante de ella con esa conglomeración de jóvenes que la venían a oír: un ejercicio de resistencia.

La contingencia es lo único ineludible y esa charla no tuvo otra vocación que funcionar como una antena de recepción de lo que cada uno ha experimentado en estos días y de cómo ese Sputnik nos habla tan bien del pasado que incluso lo torna en presente: la represión, el miedo, la imposición, el silenciamiento, el oficio de escribir, esa única certeza. Lo mismo me ocurrió días atrás cuando fui invitado a la casa museo de Isla Negra a dialogar y leer algunos poemas junto a Sergio Rodriguez Saavedra, Jean Pierre Pierre-Paul y la música Francisca Meza. El poeta David Bustos hizo de mediador, llevando la discusión desde los textos que alguna vez escribimos y que reflejan este momento, hasta el tema del amor y el encuentro. El arte ha actuado a la manera de un satélite que recibe, procesa y transmite, que reúne y amplifica en los parques retomados por la voluntad popular. Los domingos son familiares y comunitarios en Santiago y si uno va rodeando el cordón de áreas verdes del centro se puede sorprender con conciertos improvisados, exposiciones fotográficas, ferias itinerantes, grabadistas y artistas visuales, las performances-supernova de Las Tesis –que pude ver el viernes en Providencia- y consignas por la unión en un universo sumamente complejo.

Las amenazas del gobierno de volver a sacar a los militares para salvaguardar las “instalaciones críticas” de la ciudades, la ley anticapuchas, la implementación de todo el peso de la ley ante el uso de la violencia contra las fuerzas de orden y la propiedad privada, son determinaciones que no cierran el camino que han trazado estas manifestaciones. Es cierto que los saqueos han cundido en todo el país, pero es cierto también que la arremetida de la policía durante todo este periodo a la incursión pacífica, ha logrado dejar cada vez más al desnudo una tierra de nadie donde el narco y el crimen organizado han hecho su festín. Pareciera ser que lo esencial es invisible al poder político que se esmera en no avanzar decididamente en una agenda social. Lo que se defiende aquí es el modelo que ellos mismos han blindado, casi de una manera esotérica, una secta de iniciados que protege a regañadientes su herencia dictatorial. En medio de eso, la aprobación del presidente cae al 10% -el porcentaje más bajo desde la vuelta a la democracia-, la economía se contrae en 3,4% y hasta los líderes de la bolsa de valores acusan de ceguera y de trazar órbitas erradas: la continua declaración de guerra del oficialismo.

Las pymes por su parte, como la librería Qué Leo Forestal, se han organizado buscando el apoyo de los ciudadanos y la inversión en estas fiestas de fin de año; otras se unen en torno a los municipios y cámaras de comercio para hacer un llamado al gobierno para dar cobertura y seguridad a los trabajadores. Hablo con un amigo que es parte de un emprendimiento familiar; me cuenta que por su parte ha llevado su participación a esas instancias, pero también a los cabildos en su ciudad; en algún grado es positivo en cuanto a lo que pueda surgir de esta crisis, pero reafirma el peso del costo humano. Debo remarcar que nuestras posiciones ideológicas siempre han sido bastante distintas y no me deja de sorprender lo que me dice en un mensaje: “nos hemos decepcionado de nosotros mismos como chilenos, del nivel de corrupción en el mundo público y en el mundo privado. Al final, estamos en un sistema tranversalizado de corrupciones que se han vuelto normales”. Esto último me recuerda un comentario de la periodista y premio nacional Mónica González, respecto que los casos de corrupción que han existido en esta última década –y que han quedado prácticamente impunes- son de un nivel tal que han asesinado el alma al país y han creado un ánimo en donde sacar provecho se convierte en un acto virtuoso. El geógrafo inglés David Harvey, en su tremendo estudio titulado Una breve historia del neoliberalismo, habla que una de las últimas fases del modelo es justamente la concentración total de los bienes por parte de los imperios comerciales y financieros, que buscan un cinturón en la fuerza pública y en el estado; ese cinturón, argumenta Harvey, genera fisuras que a corto plazo pueden llegar a desmantelar el aparato de recaudaciones de la tecnocracia y abrir el campo para la insurgencia. Caso Penta, Caso SQM, Caso Fútbol, el histórico Caso La Polar, el fraude millonario de Carabineros, el Milicogate, nos hacen preguntarnos por lo ínfimos que podemos ser los habitantes de a pie en este planeta, de lo ínfimos que podemos ser frente a estos agujeros negros de sobornos, en donde un pequeño comerciante, un laburante, como digo alguien de a pie, queda a merced de ser absorbido por leyes y sanciones hechas a la medida: en esa indefensión no somos más que el señor K de El proceso de Franz Kafka, fluctuando en un anillo de burocracia y antimateria.

Mi tarde del domingo la paso buscando esa unidad que hoy se intenta doblegar. Hay potencia en cada rincón. Una tocata punk a la vuelta de mi casa, una asamblea más allá, una cicletada enorme para cantarle el infeliz cumpleaños al presidente, una conglomeración frente a La Moneda donde izan globos con el lema “renuncia”, otra conglomeración en Parque Almagro con música para los más chicos, comidas, artesanías, jóvenes y viejos, metaleros, feministas y raperos. Me lanzo en el pasto para leer mi ejemplar de Sputnik y las páginas pasan rápidas e igualmente pesan, como si darlas vueltas fuera cruzar una línea de tiempo, avanzar en años, en cosas que nos han pasado, en reconocimientos de hechos familiares. Me siento protegido por estas páginas y por los desconocidos que me rodean, hay algo aquí, una constelación de estrellas que tienen la forma de un país.   

   

  

LA TÍA DEL KIOSCO

Santiago 18/11/19, 20:30 hrs. Micro 426 camino a Estación Central, desvíos y barricadas; la policía cerca a los manifestantes desde el Metro Salvador. Transcripción. Texto dedicado a la poeta Inés Manzano, in memoriam.

Pero sabe qué, los cabros lo hacen por un buen motivo. Yo los apoyo, llevo cuatro semanas yendo a Plaza Italia a ayudarlos. Voy, les preparo algo de comer, les limpio sus heridas (aprendí primeros auxilios con la Cruz Roja). Son tan valientes. Yo no, vengo de otra generación. Y más encima dicen que son delincuentes, esa gente no sabe nada. En la primera línea hay estudiantes, cabros que trabajan y estudian, cabros comprometidos. Es que ellos dicen que no tienen nada que perder. Y yo tampoco, no tengo nada que perder. Tengo 65 años, mis hijos están grandes. No tengo miedo de morir, en eso nos parecemos. Pero son niños y niñas, son tan jóvenes, tienen tanta energía. Fíjese, el otro día a uno le dispararon dieciséis perdigones ¡Dieciséis! Y no me va creer que el joven volvió, volvió a dar la pelea dos días después. Mi generación está llena de miedo, fueron muchos años de dictadura, la mayoría prefiere quedarse en la casa, yo no puedo. Como le digo le hacemos comidita, o les llevamos algo, son súper cariñosos. Gracias tía, me dicen, y de repente es un pan con mortadela no más. Ya nos conocemos todos. Hay algunos que le han llegado perdigones en los ojos, usted no sabe lo que me duele eso, que ya no puedan ver. Ahí estamos, respirando lacrimógena. Es que si ellos no estuvieran ninguno de los otros podrían estar manifestándose. Es que los pacos tienen miedo, están muertos de miedo, porque nunca vieron algo así; hay varios que están locos, locos de verdad, pero son humanos igual que nosotros. Tengo siete hijos, tres los tuve en Argentina, durante el gobierno de Alfonsín; yo vivía en la calle Rivadavia, en el barrio de Flores; fue muy linda esa época, difícil, pero linda, porque volvía la democracia y eso era una esperanza para nosotros. Aprendí mucho de los argentinos, pasé ocho años con ellos; usted ve esto de que la gente se toma las calles y las plazas, bueno, eso a ellos también les costó ganárselo, corrió mucha sangre, pero es un pueblo que lo tengo en el corazón. Yo atiendo un kiosquito, ahí en la Avenida Providencia, lo trabajo y he tenido muy buenas conversaciones. Sabe, es que yo tengo un don, tengo la palabra, la letra, la gente va y me compra libritos, revistas y diarios y ahí se arma una conversación. Imagínese, he atendido gente facha, momia, y la he logrado convencerlos de algunas cosas: es que muchos no saben cómo vivimos los pobres, lo complicado que es llegar a fin de mes en este país, porque hay que romperse la espalda y para qué, para que todos estos desgraciados de los políticos se llenen los bolsillos con nuestro trabajo y nos quedemos sin nada, porque usted ve los hospitales, ve esas listas de esperas y los pobres médicos se sacan la cresta para poder atendernos. Y para qué le digo las municipalidades, ahí también está lleno de corruptos. ¿Le cuento? Una vez, trabajando cerca de Tribunales vi como un juez hablaba con un abogado y el juez le decía, mira de lo que robaron pásenme 20 y estamos. Y así es, pero así es en todos lados, lo que pasa es que aquí se desvirtuó la cosa. Antes la gente no conversaba, ni se miraba y esto que pasó hizo que salieran de sus burbujas, que se encontraran e hicieran cosas juntos, por ejemplo nosotros, quizás si esto no hubiera pasado nunca habríamos tenido esta conversación; es que el foco está en la plata, en lo individual y ahí es donde se desvirtúa. Por eso yo salgo a apoyar a los cabros y a las cabras, porque tenemos que lograr sacar a todas las lacras de esta sociedad y eso no lo hacemos solos, ahora estamos unidos, tenemos fuerza. Bueno, cuando usted pueda páseme a ver al kiosco, yo he conversado ahí con vecinos de Providencia, varios eran “reticentes” -esa es la palabra- a salir a marchar y yo los he hinchado de que no podemos perder la calle, son nuestros derechos, es lo que nos han quitado por tantos años: la educación, nuestras pensiones, los ríos. Y sabe qué, mucha de esa gente que me decía que en las marchas había puros violentos, han vuelto y me han dicho que les decía la verdad, que hay un ánimo distinto y se han sentido parte de algo. Por eso yo admiro a esta juventud, que sale, pega carteles, se ayudan, preparan enfermerías, que no dejan avanzar a los pacos, que ayudan a los bomberos y a las ambulancias. Dios, ayer, usted vio, murió un chiquillo en la Plaza porque mientras lo atendían, los pacos atacaron a los médicos con el guanaco y le vino un paro respiratorio y se nos fue. Esas cosas, digo, son fuertes, son tantas almas tan jóvenes jugándosela por esto que yo pienso: ¿cómo no voy a jugármela por ellos?

Wangulén o el espíritu de Violeta Parra

15/11/19

Calaveras que bailan en la comparsa, al ritmo del trombón, la trompeta, un bombo y la explosión de un platillo; suena desde un altavoz el recitado de otro muerto que dice “Miren como nos hablan de libertad / Cuando de allá nos privan en realidad / Miren como pregonan tranquilidad / Cuando nos atormenta la autoridad”, hasta que la melodía llega al coro que los vivos repiten clamando al sol imponente: “¿Que dirá el santo padre / que vive en Roma / que le están degollando / a sus palomas”. El fantasma de Violeta Parra atraviesa este país desde el desierto a los fiordos, de las altas cumbres a las bahías. Los chinchineros metros más allá también saltan y giran sobre sí mismos, mientras que a la sombra del Centro Cultural Gabriela Mistral (el antiguo Unctad III planeado por Salvador Allende) los serigrafistas trabajan a toda máquina con sus planchas, tintas y papeles; otros llegan, compran o pegan sus diseños subversivos en los muros, los llamamientos a la sublevación popular, el maldigo del alto cielo a los políticos y sus vástagos con bastones que, sin querer tenerlos encima, de pronto aparecen envolviendo la Alameda en gas y lanzaguas, generando una distorsión completa del carnaval. Los castrados atacan a los libres, pero los libres vuelven a retomar sus posiciones de combate.

Día de Paro Nacional, de buses enteros llevando a parvularias, de calles repletas de hombres con cascos y consignas. Ningún gremio desea quedar ajeno y las banderas van repletando desde temprano los rincones. No hay nadie que no salude a los estudiantes, más preparados que nunca con escudos, guantes de seguridad, lentes de protección, rodilleras, máscaras antigases y botellones de agua con bicarbonato en donde depositan las lacrimógenas hasta anularlas. Esa es la primera línea de choque, la que defiende y permite que la manifestación se desarrolle. Esa línea es la que sufre más bajas. En las calles adyacentes a la Alameda se encuentran grupos de la Cruz Roja y de médicos voluntarios que atienden las emergencias: balines en todo el cuerpo, atropellos con motos, bazucazos con bombas químicas. Las piedras vuelan en esas zonas, una verdadera lluvia amazónica en donde no se distingue absolutamente nada. Me recuerdan al destacamento de la novela Noviembre de una capital del escritor kosovar Ismail Kadaré, esa línea de fuego que mantenía la toma de la plaza central de Sarajevo en medio de la retirada nazi. Parecería una exageración, pero los tiempos se cruzan como se cruzan los colores en las arpilleras de Violeta y alguien por ahí surge del humo tocando en un violín el Bella Ciao de los partisanos.

¡Pacos culiados! Se escucha en todas partes y más cerca de la Moneda el fuego de las barricadas es cada vez más alto. Paso con mi amigo P por ahí, corriendo agachados, mientras vemos al fondo la batalla y a un costado un grupo organizado levantando el pavimento para arrojárselo a los enemigos. Estuvimos gran parte de la tarde moviéndonos tranquilamente por Plaza Italia, viendo cómo se armaba una improvisada pichanga y una pelota rebotaba de un lado a otro; también vimos a la famosa tía Pikachu, una mujer que anima con el disfraz del personaje cada marcha; vimos los murales en donde pintan un par de ojos y siempre uno herido y sangrando; vimos a las que venden cerveza y pizzas, a los obreros orgullosos y a la gente animar desde sus balcones; vimos a los garzones y dueños de las fuentes de soda atender a las multitudes con schop y un buen sánguche; vimos a los que venden libros sobre una mantita y vimos avanzar un títere gigante del Negro Matapacos; allá lejos las ollas comunes donde se sirven lentejas y panes para recuperar la fuerza o a los héroes que regalan agua en Parque Bustamante.

Todos sabíamos que esta jornada de Pero no sería fácil, pero la mayoría entendía que el día siguiente sería aún peor. El 15 de noviembre se conmemoraba un año del asesinato del joven comunero mapuche Camilo Catrillanca, vilmente atacado en Ercilla por un grupo de Fuerzas Especiales, al momento que él y un menor pasaban un tractor para arar la tierra. Ese caso, aún sin resolución judicial, con culpables visibles –los miembros de Comando Jungla, creados durante el gobierno de Michelle Bachellet- sensibiliza aún más a la población al ver cómo el experimento de ultraviolencia aplicado contra los mapuches se replica hoy en Punta Arenas, Antofagasta, La Serena, Villa Alemana, Viña del Mar, Rancagua y en todo Santiago. Entonces, cuando llegó el 15, cuando se esperaban a las yeguas del Apocalipsis, luego de los desmanes, quemas y saqueos de grupos agitados y narcos en la periferia, el padre de Catrillanca elevó una sola petición: que sea una manifestación pacífica. Y por lo menos, de parte de la población tuve eco: hay que respetar la pena de Arauco.

Algunos se dirigieron a la Plaza de Armas, otros a Plaza Italia, cada ciudad tenía su punto. Yo me acerqué hasta la plaza Manuel Rodríguez donde en un principio éramos unos pocos y terminamos siendo cientos. Con tiza sobre el piso se dibujó un kultrún, el tambor mapuche en donde están inscritos los puntos cardinales y las estaciones del año. Sobre él los vecinos depositaron velas que encendieron pacientemente mientras caía la tarde. De fondo un niño con una gorra de un equipo yanki de basquetbol, sopló su trutruca con fuerza y una anciana sacudió su kadwilla dando el pulso: habían piloylos, püfülkas y trompes, a las que respondíamos gritando con fuerza ¡Marichiweu!, es decir, ¡Diez veces venceremos! En otros lados estas manifestaciones fueron reprimidas con extremidad, pero nosotros pudimos avanzar al rededor del barrio izando la Wenufoye o Canelo del Cielo, nombre de la bandera que reúne al pueblo mapuche bajo el signo de su árbol sagrado. Avanzamos y se iban sumando los estudiantes que mantenían el paro en sus facultades, los ancianos en sus casas, los niños con sus padres, los encapuchados que encendían barricadas, las feministas movilizadas, los inmigrantes que venían de más al centro de la ciudad, los que volvían cansados de sus trabajos. Todo esto lo hacíamos mientras a puertas cerradas la oposición y el gobierno planeaban una salida política para la elaboración de una nueva constitución, de una especie de asamblea constituyente, con letras tan chica como las termitas y que le sigue dando un respiro a estos grupos coludidos para mantener sus privilegios, la sujeción bajo el amparo del ánima de Pinochet y sus boys. El tocadiscos de mi mente ahí puso la aguja sobre las Últimas Composiciones y Violeta volvió a cantar “Miren como nos hablan del paraíso / cuando nos llueven balas como granizo / Miren el entusiasmo con la sentencia / Sabiendo que mataban ya a la inocencia”.

Por más que se las quieran dar de mesías o Cristos del Elqui, estas termitas que han corroído la fronda social están tan asustados con esta espontaneidad que ven agotar literalmente sus cartuchos finales. Sin embargo, prefiero quedarme con otra imagen, con una que demuestra la potencia del relato. Cuando nuestra marcha ya terminaba, una niña que cargaba una bandera azul con una estrella le preguntó a su padre qué significaba. Él le respondió que la estrella era Wangulén, una mujer, y el azul donde se sostenía se llamaba Kalfú y que es lugar donde una llega cuando muere. La niña se quedó mirándolo, luego giró la cabeza y apuntó a la luz de Venus que aparecía en un azul increíblemente similar. ¿Allá irán los valientes o es el espíritu de Violeta Parra que nos vigila?

Lxs niñxs del SENAME

11/11/19 – 13/11/19

Escucho al rapero Portavoz, sus rimas son la banda sonora de todo lo que está pasando. “Nadie lo vio venir” dicen algunos “especialistas” y políticos en la TV, refiriéndose a este estallido. Pregunto: ¿insurgencia? ¿estallido? ¿revolución? ¿revuelta? ¿en serio no lo viste venir? Podríamos dar mil nombres de historiadores, intelectuales, organizaciones políticas que venían anunciando el sonido de las explosiones nocturnas, de un Santiago repleto de fuego. Podríamos empezar primero por los nombres, los miles de deudores habitacionales, los millones de estudiantes, ecologistas, profesores y profesionales de la salud que cada año son neutralizados en su discurso: se destapó la olla. Les faltó poner oreja a “El otro Chile” de Portavoz, con su velocidad, su energía frenética; les faltó poner oreja al rap de la tierra, de la tierra seca, completamente seca.

Hace unos días los vi pasar. Se enfrentaban con carabineros piedra a piedra. Yo caminaba hacia el barrio y me escondí detrás de un árbol, cuando sentí el contrataque. La victoria fue de ellos; el zorrillo (el expulsador de gases) quedaba completamente inmovilizado. Los cabros gritaban, las cabras levantaban las manos. “¡Vámonos por dentro!” dijo uno apuntando un pasaje. Corrieron. Los seguí. Ya era tarde, las marchas habían sido dispersadas en el centro a punta de operación regular: balas, lacrimógenas, gas pimienta, lanzaguas. Caminaron una cuadra delante de mí, hablando de “cachaste cómo le pegó la hueá al paco”, “brígido y estabai cagao de la risa”. Se reían honrando su tarde de triunfos. “El balín me pegó entero fuerte eso sí”. Pararon junto a un negocio de completos. “¿Cuánto hay?”. Juntaron monedas. Les alcanzaba para 3 y eran 5. Decidí esperar detrás de ellos, pedí también mi completo, alimento de los estudiantes y trabajadores a media tarde, de oficinistas cerca de tribunales, como las sopaipillas con pebre en los puentes o las arepas venezolanas en Estación Central. Compraron los 3, pidieron si le regalaban uno. No. Se sentaron en la cuneta a saborear sus trofeos. Me senté junto a ellos. Me miraron rarísimo. Habrán pensado: ¿qué chucha este loco? o ¿será paco este hueón? Sin embargo eso sólo lo pensé yo. Es más, cuando notaron que ponía atención a lo que hablaban, me lo preguntaron sin desvaríos ¿erí paco, loco? No, cumpa, le dije, andaba en la marcha. Mentí, yo sólo andaba por ahí, cuchicheando. Eso sí todo el tiempo soy sospechoso, pero esta vez preferí ir al grano, igual que ellos. Cabros, ¿y ustedes son de por acá cerca? Nosotros vivimos pal lado de San Pablo, ahí aguantamos. ¿Y se conocen de dónde, en la marcha? ¿Vai a escribir nuestra historia? Rieron, se rieron obviamente de mí y de la situación. Quizás, les dije. Y ahí una de las chicas habló: del Sename poh’, nosotros estuvimos en el Sename. Vamos y volvemos de ahí. Recordé el cartel que hizo A para salir a protestar en Valparaíso: “El Estado los evadió primero”.

El Sename es el Servicio Nacional del Menor, una de las instituciones más cuestionadas –entre tantas otras- en este momento; en 2017 se filtró un informe de la Policía de Investigaciones que se resumía así: “El Estado de Chile viola sistemáticamente los derechos de los niños que están bajo su tutela”. Ese informe fue lanzado a la basura durante el gobierno de Michelle Bachellet: 2071 abusos constatados y 310 de “connotación sexual”, replicaba el diario Ciper en julio de 2019 al filtrarse el documento. Ahora muchos de esos niños están en la calle, reuniéndose en medio de la protesta, descargando su ira a punta de pastelones y otros minerales urbanos. Es más, según una investigación sobre derechos humanos entregada por la municipalidad de Valparaíso a la comisión de la ONU afirma que desde el inicio de la crisis social en Chile fueron detenidos en esa ciudad 46 menores de edad, de los cuales 21 “han pasado o se encuentran siendo intervenidos por la red Sename”. Solo tuve que poner esas tres sílabas en el buscador de google para enterarme de esto último y de otras decenas de noticias sobre esos centros o tierras baldías extendidas a lo largo del mapa.

Estos datos me rebotan y vuelven. Los chicos no volvieron, no los vi más. Sólo compartimos ese momento, mientras cada uno trataba de concentrarse en que la palta no resbalara al suelo. Yo pedí que cortaran mi completo por la mitad y lo compartí, es mucho para mí, les dije. Me contaron de dónde venían, de sus casas que no eran casas y del número de hogares en que estuvieron, de las últimas noches que habían pasado en la calle, pero no se abrieron mucho más, la desconfianza estaba instalada: yo no venía de su mundo. Esto me gravitó sobre mi cabeza durante una semana: lo singular que los más desposeídos, los más atacados por el sistema sean aquellos que lo están poniendo en jaque. Como también pasa con las poblaciones, en Puente Alto donde se ha reprimido brutalmente a un grupo de estudiantes que se habían congregado pacíficamente –a tal nivel que el mismo alcalde denunció el hecho- o esta noche en Lo Hermida, en Peñalolén donde a punta de rifles carabineros salió en búsqueda de dirigentes estudiantiles y sociales, con un uso de fuerza filmado por los habitantes y difundido por redes sociales. De esto no habló ningún canal de televisión y la gente de a pie lo sabe; sin ir más lejos escuché a una muchacha decírselo a su madre en la micro: “yo ya no prendo la tele, mienten siempre”, a la vez que explicaba: “mira mamá ese fuego es falso, está hecho con un programa. Ese supermercado lo quemaron los pacos”. Periódicos como The Guardian, CNN o el NY Post –que uno podría tildar de conservadores- han puesto en evidencia la complicidad de los medios en esta cruzada por aplacar al movimiento, incluso este último dio clases al preparar un breve reportaje sobre los casi 200 casos de pérdida de la visión que han sufrido personas por disparos de la policía con balines de goma, apuntados directo al rostro y que la ONU y Aministía Internacional han salido a tratar como armas letales. Esto pasa en Chile y no es evidenciado y aunque el gobierno salga a poner en la mesa una nueva constitución (a su medida y sin perder pan ni pedazo) y un paquete de medidas para ser incluidas en el presupuesto del próximo año (sin jugársela por un plan a largo plazo), esta mancha de sangre no saldrá con facilidad.   

Respiro luego del punto aparte. La imagen de la mancha de sangre sobre el asfalto. La imagen de esos niños caminando por Sazié mientras bajaba el sol. También el sonido, el rap de Portavoz que comienza así: “En la noche luna llena / En el día suenan las sirenas”. La ciudad ya no es igual, realmente es un campo de batalla. No hay lugar del centro que no haya sido afectado. Me imagino a Atenas en plena crisis económica. En Buenos Aires en 2001. Probablemente en Kosovo. En La Paz las cosas tampoco se ven tan lindas y amigos me escriben desde lejos para decirme que me cuide. En Providencia las farmacias y grandes centros comerciales blindan sus vitrinas, como también el Presidente se blinda para no dialogar con los ciudadanos. En los buses se oye “¿cuándo irá a terminar esto?”. Da pa largo, contesta una voz y se oyen frenos al pasar junto a los restos de barricadas. Yo me pregunto dónde andarán ahora esos muchachos, será mejor esto qué ese infierno del que salieron ¿Quién soy yo para seguir escribiendo luego de haberlos visto perderse entre las sombras?

Nosotros, los anarquistas

8/11/19

Salimos, hacemos dedo, alguien para, “buenas tardes, compañero ¿para dónde va?”; nos abren las puertas y subimos dos, tres, conversamos, damos las gracias. En otras ocasiones hacemos parar un bus y levantamos la voz para decir “hermano, ¿nos lleva?” y pasamos obreros, estudiantes, profesionales y ancianos, no hay diferencia entre nosotros; ya arriba uno me pregunta “¿de dónde viene caminando?” y el fluir de las palabras nos lleva a la contingencia y a darnos la mano con un grito al bajar “¡hasta la victoria, siempre!”. Así somos, los anarquistas.

Nos juntamos en espacios amplios o estrechos, en casas, en centros culturales, librerías, organizamos y participamos de las asambleas. Se discuten procedimientos sobre un cambio en las reglas del juego. Se discute: unión vecinal, seguridad y acciones contra la represión de carabineros. Se discute: bases del sistema neoliberal, cómo nos afecta, cómo nos ha carcomido por dentro, cómo es la vida en otras partes del mundo, qué es lo que merecemos. Se alzan manos, ninguna pregunta es más inteligente que las otras, hay consensos, se liman asperezas. Así nos reunimos, los anarquistas.

Estamos en las calles, con lienzos, con banderas negras con una estrella blanca. Creemos en el sustrato de nuestra tierra, honramos el valor de nuestros ancestros portando banderas mapuches. “A mil la bandera”, gritan, “dos pañuelos a quinientos”. En comunidades, en gremios marchamos, en comunidades y en gremios queremos contribuir a la construcción de una nueva sociedad. A una librería entra un profesor de Punta Arenas, lleva 4 libros sobre asambleísmo: “Los llevo para discutirlos con mis vecinos y con mis alumnos, hay que fijarnos en el cómo, eso es muy importante para que nadie se reste, para que haya verdadera representación”. En su gran mayoría despreciamos completamente la intromisión de fuerzas políticas clásicas, ante todo de los partidos políticos y sus visiones verticalistas; en la brisa que pasa todos abogamos por horizontalidad. “Esto lo construimos todos o no se construye” grita un jubilado en el Paseo Ahumada, el mismo lugar donde el poeta Enrique Lihn proclamó en plena dictadura su “desencanto general”.

Nuestras armas son las ollas, nuevas o viejas, en donde alimentamos a nuestras familias. Eso hacemos los anarquistas. Somos el gran enemigo de un tirano piscópata que detesta la alteración de la “normalidad” en la que estábamos sumergidos. Ante su eclosión psíquica, las brigadas de artistas intervienen las paredes con el rostro del perro Matapacos, ícono, emblema y mascota de nuestra unidad: un quiltro, un animal de la calle que ladra y muerde al poder sin una pizca de miedo. Pero nos han detenido, nos han golpeado con carabinas, nos torturado y desparecido, nos han asesinado ¡Nos han asesinado! Y el rostro de cada uno de los caídos puebla las calles; cerca de casa un muro los sostiene en toda su extensión; un vecino, un señor de edad, cargando un carro lleno de cosas me dice “estos son los muertos del terrorismo del estado; todos ellos murieron por unos mugrientos pesos”; él se queda ahí, contemplándolos como si fueran sus nietos y otros encienden velas en las veredas de todas las ciudades.

La primavera del anarquismo es intensa y llena de hélices, de sirenas que cantan, de medios y enteros a los que nadie cree, de bocinazos, de gases tóxicos arrojados día y noche sobre las poblaciones. Pero tenemos otra arma ante ello: la antipoesía, no la de Nicanor Parra, sino la que siempre estuvo, con su sin respeto, con su posibilidad de ironizar todo, con los carteles que claman “son tantas cosas que no sé qué poner”. En los bares algunos llaman a beber a una cerveza y a dar un salud al grito de “¡Piñera conchadesumadre!”; las farmacias ofrecen el famoso mentolatum, ungüento con el que la policía justificó un video en que algunos de los suyos eran mostrados inhalado cocaína. La antipoesía se ríe de una alcaldesa que corre frente a la televisión con memes infinitos, se ríe de los intentos desesperados de la ultraderecha de formar movimientos de choque que defiendan sus privilegios de clase. La antipoesía se ríe del hackeo de Anonymous al sistema de carabineros; queda en evidencia que durante años han perseguido cientos de actores sociales, pero jamás a un narcotraficante.

De la saga “Cecilia Morel y los alienígenas” viene también Man in Black con privilegios.

Algunos de nuestros anarquista creen en la acción directa, en el ataque decidido a las estructuras simbólicas del poder: vandalizar bancos, romper farmacias, apedrear oficinas privadas de pensiones y edificios corporativos, y también a monumentos, como el huracán humano que arrasó con el memorial al teórico de la dictadura y su sistema político y económico: Jaime Guzmán. Pero como dijo una psiquiatra interpelada en plena calle por un periodista: “sé la situación, el saqueo que viene de años y de cómo le han robado al pueblo de Chile; por supuesto que no valido la violencia […] pero han sido muchos años de abusar de la gente. No avalo la violencia, pero la entiendo. Y el antisocial que nos está gobernando es el más antisocial de todos. No empatiza, no escucha, miles de personas le están diciendo por favor haz cambios, ayuda a la gente. Él se está rifando este país”.

Piñera cree que con más apriete apagará esta llama anarquista, pero los gremios están ahí para cortar los accesos a la capital y a las ciudades grandes; los camioneros, los portuarios, agricultores, médicos y enfermeros que defienden a sus pacientes del desabastecimiento del servicio público, profesores que se interponen a la policía para que no baleen otro liceo como el Liceo 7 de niñas, cobardemente atacado. Piñera cree que con apriete esta barricada se va a apagar, pero la insurgencia llegó para quedarse con sus gritos: ¡Piñera escucha, ándate a la chucha!”, “¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!” “Vecino, escucha, únete a la lucha!”

En fin, somos y no somos los anarquistas. Lo somos en el encanto del trabajo comunitario, en la colectivización de confiar en nuestros almacenes de la esquina, al momento de darnos una mano, de organizarnos como en los viejos ateneos de principios de siglo XX donde se jugaba la formación política y ética del pueblo. No somos anarquista porque aún pagamos cada mes las deudas que nos persiguen, las tarjetas de crédito que abundan, los altos alquileres y servicios, los intereses de los intereses, imponemos a las AFP y nuestras jubilaciones y sueldos resultan escuálidos, por más que el gobierno y el congreso realicen reformas a todo vapor (y con letra chica). Esta es nuestra duplicidad de mezclar hoy la lucha, el pan, el amor, el dolor y la deuda, el débito y la ira contra el actuar desmedido de la policía, la ira contra la estupidez de nuestros representantes, pero la confianza en que la bandera negra y su poesía se quedarán aquí plantadas por un buen tiempo.

Este es el momento

3/11/19

Escucho el canto de los cachuditos y zorzales. Son los aromos los que traen su perfume y abejas desde lejos. Al fondo, entre los troncos de las encinas, un grupo se reúne a conversar. En la feria se exponen tomates, albahacas, romero y limones. La vida pasa tranquila en Limache, mucho no cambia. La alarma de los bomberos sigue marcando el mediodía, pero sí los postes de luz del parque cargan carteles con los datos entregados por el Instituto de Derecho Humanos sobre el número de desaparecidos, muertos y heridos en estos ya quince días de movilizaciones. Increíblemente mientras esto ocurre –y una brisa fresca mueve las hojas de este cuaderno- hay un imitador de Michael Jackson, vestido como en el video “Bad”, que practica sus movimientos al ritmo de un parlante portátil; uno que estaba por ahí sentado, se le acerca y le pasa un billete de mil pesos y lo aplaude.

A pesar de esta aparente “normalidad” alrededor de la región de Valparaíso se organizan cabildos, charlas y asambleas autoconvocadas; algunas librerías abren sus puertas al debate, un grupo de manifestantes marcha desde este mismo Limache hacia el palacio de La Moneda para entregar una carta-petitorio al presidente, subiendo una cuesta de 1.500 metros altura y bajo el calor semidesértido de Til-Til. Los valles que forman la cuenca del Aconcagua y la cordillera de la costa han pasado a transformarse en “zonas de sacrificio” con desastres ecológicos irreversibles: la contaminación producida por la refinería de carbón de Ventana, los derrames de petróleo en Quintero, la prolongada sequía de Petorca y alrededores -que avanza a medida que se liberaliza aún más el monocultivo de paltas y coníferas-, la instalación de torres de alta tensión y de plantas termoeléctricas para solventar las demandas de la minería. La flora y la fauna autóctonas corren el grave peligro de ser reducidas a su mínima expresión, al igual que la larga tradición agrícola; la población ha salido a exigir en todos los términos posibles una respuesta –con estudios, advertencias y demandas- recibiendo únicamente el constante ninguneo de las autoridades, pero también de una parte de la ciudadanía completamente apática. Hoy en Chile la mayor batalla es la del individuo contra los medios y una clase política que invisibiliza, en una “guerra psicológica”, para desgastar los movimientos populares, en especial este, generando una confusión entre la manifestación y el saqueo.

El imitador de Michael Jackson revisa cada una de las coreografías del rey del pop. Una señora que vende plantas medicinales me dice “con todo esto no he podido salir a dar mis cursos, la gente está en otra, pero es mejor, este es el momento”; al lado una artesana comenta “mi hijo ha estado todos los días en las manifestaciones y ayer, que se quedó en la casa, hizo la manifestación desde su pieza”. Me cuentan que en la mañana el profesor y musicólogo Gastón Soublette –uno de los traductores más importantes del alma profunda de Chile- ha salido a la pérgola a dar una charla. Los chilenos somos un pueblo que le ha costado 17 años de dictadura y 30 de democracia salir de la criminalización de la expresión pública, un pueblo que le ha costado volver a reunirse y conversar, por lo que ahora los invito a dejar este ambiente de árboles frondosos para asistir a una reunión, a unas cuadras de aquí, a asistir a una reunión sobre la constitución, una de las más de 12.000 que se celebraron en estos días en el territorio nacional. Vamos entonces a la ONG Trekan de Limache donde el abogado Patricio Bravo nos pasa a explicar:

“Toda constitución tiene por misión organizar un Estado y al mismo tiempo brindar un catálogo de garantías mínimas para los ciudadanos. En sí, es un texto político y jurídico, pero especialmente es también un texto cultural, es decir, es el reflejo de la cultura política de una época. En este sentido uno de los grandes problemas de la constitución de 1980 –articulada en plena dictadura- es la existencia de un principio de subsidiaridad, que quiere decir que el estado sólo puede actuar cuando los privados no pueden o no quieren. Este principio es la base que sustenta el sistema económico neoliberal instalado en la misma época en este país: promueve la privatización y la acción de grupos intermedios, separa al individuo del estado y ese es uno de los puntos que más nos aquejan hoy, con nuestro sistema de pensiones, de defensa de los recursos naturales, nuestro acceso a una educación gratuita y de calidad y a una salud digna”.

Esto lo transcribo a partir de mis notas, Patricio es mucho más práctico y recurre a su memoria de códigos y artículos para hacernos entender que un cambio en la constitución no será un cambio en lo inmediato de las demandas actuales, sino que será una transformación a largo plazo en la cultura política del país, en su manera de interrelacionarse y llegar a una instancia más justa corparticipación. Los asistentes levantamos las manos y preguntamos, otros miran la señal por internet. Los asistentes somos trabajadores, personas de la tercera edad, estudiantes. Hay demasiadas dudas, pero logro percibir que nos vamos con más certezas. Sabemos que las reformas constitucionales son difíciles, ante todo en la que hemos tenido que convivir desde 1980 y que es un candado cerradísimo; hoy sólo contamos con nuestra presión hacia los representantes para llamar a las asambleas. Entendemos entonces que es nuestra responsabilidad la que nos puede llevar a formar una agenda única basada en un grito tan postergado. Nos despedimos de besos y apretones de manos, cada cual ofrece continuar la próxima semana, se abren posibilidades para llevar esto a comunidades más alejadas del valle y a otros centros de vecinos. Esto es algo nunca antes visto ni hecho en la historia de Chile, pero nadie quiere perdérselo. A mí me recuerda a las unidades de trabajadores filmadas por Patricio Guzmán en su documental “La batalla de Chile”, pero pronto me doy cuenta de que los años setenta aunque estén ahí con sus canciones, ya no lo están como una repetición cíclica, sino al contrario, están ahí desde su espíritu más participativo, desde una extraña sensación de unidad. Camino a través del pueblo donde nací y crecí hace 35 años y tal vez ya no es el mismo, aunque aún nos miren las montañas cada vez más secas y un cielo ya sin nubes.  

Nota: Las fotos 1 y 2 son de autoría de Pablo Rivera.

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre – Diego Alfaro Palma

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre. Diego Alfaro Palma è uno scrittore e poeta cileno. In questa cronaca, pubblicata la prima volta sul suo blog El panorama antes nosotros  il 24 ottobre 2019, racconta il livello di non-dialogo e di violazione di ogni diritto che il governo cileno sta usando per reprimere la protesta e lancia un appello affinché gli amici del Cile contribuiscano a rompere l’assedio mediatico che il paese sta vivendo in questi giorni.  La cronaca è stata tradotta per noi da Giulia Grimoldi, che ringraziamo. La foto è di Juan Carlos Villavicencio.

A Patricio Bravo

Tequeños, chaparritas, empanadas, banane, acqua fredda, limoni, sopaipillas, fazzoletti, bandiere, pantaloni, mele, patatine fritte, arepas e un tizio seduto a un banchetto con un telefono fisso (che cosa cazzo venderà?). Le haitiane allattano i neonati all’ombra, dove le vecchiette si sventagliano; un impiegato batte con un bastone sul secchio dell’immondizia tenendo il ritmo. I tassisti suonano il clacson, le autoradio trasmettono a tutto volume Quieren dinero dei Los Prisioneros; un gruppo di trenta persone balla la cueca in piena Alameda, il numero di quelli che si spingono fino a qui è in aumento e non c’è muro che non sfoggi con orgoglio uno slogan contro il presidente, la polizia, i ministri, i militari: contro qualunque politico. Addirittura qualche esaltato chiede il ritorno di Michimalonco, il capo picunche che oppose una strenua resistenza alle truppe spagnole e rase al suolo Santiago. Modificando una frase di T. S. Eliot: in Cile tutto il tempo è presente.

Dai balconi la gente invoca Víctor Jara con gli stereo. Le università e i sindacati si uniscono alla mobilitazione. Madri e figlie, nonni e nipoti, gente di ogni classe sociale: siamo tutti stanchi. I cortei attraversano le città, uniscono Viña del Mar a Valparaíso, fanno ballare Concepción, bloccano le strade di Punta Arenas e Puerto Montt. Il personale sanitario esce in strada, i portuali, i professori. Scrivo queste righe mentre mi riprendo dallo spray al peperoncino in una piazza. Mi ha quasi messo al tappeto: stavolta sì che era forte. La moltitudine non si è fermata, e così deve essere. “Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre”, dicono gli autisti del metrobus da Limache a Valparaíso, stando a quanto racconta il mio amico Pato Bravo. “Il treno attraversa le città e, quando passano i cortei, il macchinista fa fischiare la locomotiva in segno di appoggio. La gente è ben felice di ricevere sostegno. I cabros a bordo esortano i coetanei a continuare la lotta, a non fermarsi”. Ma veniamo alla domanda: ci sono certezze di cosa si riuscirà a cambiare? Quale sarà il segnale del successo? Sarà una vittoria nei limiti del possibile o sarà totale? Quello che si dice in giro è vero: stanno cercando i capi del movimento studentesco nelle loro case; la polizia entra senza permessi, senza un mandato di perquisizione; esistono dei video, i mezzi di comunicazione li stanno facendo circolare e l’Instituto Nacional de Derechos Humanos lo conferma, assieme al dato dei 2138 arrestati, 376 feriti, di cui 173 raggiunti da colpi di arma da fuoco, 5 morti confermati uccisi da agenti dello stato (e altri 10 ancora da confermare), oltre a 44 procedimenti giudiziari in corso. Quindi, ripeto la domanda: c’è qualche certezza? Di fronte a questi dati il ministro dell’interno Chadwick non intende dimettersi. Se ce lo trovassimo davanti, in molti gli chiederemmo: che cosa aspetta? Dico questo e la radio mi dà conferma: è in atto una chiamata obbligatoria alle riserve attive dell’esercito per rafforzare le “operazioni” in questo “Stato di emergenza”. Dall’altra parte gli incappucciati si incazzano e distruggono tutto. I cicli della repressione si rinnovano come la primavera, però non c’è dubbio: qualcuno deve dimettersi.

Se le cose continuano con questa forza fino alla fine della settimana, è probabile che questo paese diventi una voce inconfondibile, una voce che ha bisogno ora più che mai di tutte le voci da fuori: abbiamo bisogno anche di mani e piedi perché questo stadio del neoliberismo sta entrando in una fase superiore del controllo completo delle forze. I dirigenti mapuche affermano giustamente che queste modalità sono le stesse che il governo ha adottato nei loro confronti per decenni, quel livello di non-dialogo e violazione di ogni diritto esistente è stato l’indiscutibile laboratorio della furia dell’élite e dei suoi fedeli poliziotti. Per questo, traduttori di tutto il mondo, amici di altre parti, unitevi: è urgente rompere l’“assedio mediatico” di questo paese di latifondisti.

Vicino a me un padre fa volare un aquilone, un volantín come li chiamiamo qui, uno che ha i colori della bandiera nazionale e che malgrado il poco vento riesce a prendere quota. In fondo, un gruppo di persone intona El derecho de vivir en paz, il famoso inno di Víctor Jara, e canta a squarciagola. Vicini di diverse fazioni e opinioni discutono di creare un’assemblea municipale, di organizzazione, parole un tempo a rischio di estinzione in questa parte del mondo. Gli studenti giocano a calcio sui marciapiedi. Le truppe di Michimalonco non dormono, vigilano dietro le araucarie. La sera accende le sue luci, s’aprono i papaveri e altri fiori, genitori e figli battono le mani per zittire lo stridore degli elicotteri.

Publicado en https://www.edicolaed.com/blog-it/cronache-dal-cile-che-protesta/