Lxs niñxs del SENAME

11/11/19 – 13/11/19

Escucho al rapero Portavoz, sus rimas son la banda sonora de todo lo que está pasando. “Nadie lo vio venir” dicen algunos “especialistas” y políticos en la TV, refiriéndose a este estallido. Pregunto: ¿insurgencia? ¿estallido? ¿revolución? ¿revuelta? ¿en serio no lo viste venir? Podríamos dar mil nombres de historiadores, intelectuales, organizaciones políticas que venían anunciando el sonido de las explosiones nocturnas, de un Santiago repleto de fuego. Podríamos empezar primero por los nombres, los miles de deudores habitacionales, los millones de estudiantes, ecologistas, profesores y profesionales de la salud que cada año son neutralizados en su discurso: se destapó la olla. Les faltó poner oreja a “El otro Chile” de Portavoz, con su velocidad, su energía frenética; les faltó poner oreja al rap de la tierra, de la tierra seca, completamente seca.

Hace unos días los vi pasar. Se enfrentaban con carabineros piedra a piedra. Yo caminaba hacia el barrio y me escondí detrás de un árbol, cuando sentí el contrataque. La victoria fue de ellos; el zorrillo (el expulsador de gases) quedaba completamente inmovilizado. Los cabros gritaban, las cabras levantaban las manos. “¡Vámonos por dentro!” dijo uno apuntando un pasaje. Corrieron. Los seguí. Ya era tarde, las marchas habían sido dispersadas en el centro a punta de operación regular: balas, lacrimógenas, gas pimienta, lanzaguas. Caminaron una cuadra delante de mí, hablando de “cachaste cómo le pegó la hueá al paco”, “brígido y estabai cagao de la risa”. Se reían honrando su tarde de triunfos. “El balín me pegó entero fuerte eso sí”. Pararon junto a un negocio de completos. “¿Cuánto hay?”. Juntaron monedas. Les alcanzaba para 3 y eran 5. Decidí esperar detrás de ellos, pedí también mi completo, alimento de los estudiantes y trabajadores a media tarde, de oficinistas cerca de tribunales, como las sopaipillas con pebre en los puentes o las arepas venezolanas en Estación Central. Compraron los 3, pidieron si le regalaban uno. No. Se sentaron en la cuneta a saborear sus trofeos. Me senté junto a ellos. Me miraron rarísimo. Habrán pensado: ¿qué chucha este loco? o ¿será paco este hueón? Sin embargo eso sólo lo pensé yo. Es más, cuando notaron que ponía atención a lo que hablaban, me lo preguntaron sin desvaríos ¿erí paco, loco? No, cumpa, le dije, andaba en la marcha. Mentí, yo sólo andaba por ahí, cuchicheando. Eso sí todo el tiempo soy sospechoso, pero esta vez preferí ir al grano, igual que ellos. Cabros, ¿y ustedes son de por acá cerca? Nosotros vivimos pal lado de San Pablo, ahí aguantamos. ¿Y se conocen de dónde, en la marcha? ¿Vai a escribir nuestra historia? Rieron, se rieron obviamente de mí y de la situación. Quizás, les dije. Y ahí una de las chicas habló: del Sename poh’, nosotros estuvimos en el Sename. Vamos y volvemos de ahí. Recordé el cartel que hizo A para salir a protestar en Valparaíso: “El Estado los evadió primero”.

El Sename es el Servicio Nacional del Menor, una de las instituciones más cuestionadas –entre tantas otras- en este momento; en 2017 se filtró un informe de la Policía de Investigaciones que se resumía así: “El Estado de Chile viola sistemáticamente los derechos de los niños que están bajo su tutela”. Ese informe fue lanzado a la basura durante el gobierno de Michelle Bachellet: 2071 abusos constatados y 310 de “connotación sexual”, replicaba el diario Ciper en julio de 2019 al filtrarse el documento. Ahora muchos de esos niños están en la calle, reuniéndose en medio de la protesta, descargando su ira a punta de pastelones y otros minerales urbanos. Es más, según una investigación sobre derechos humanos entregada por la municipalidad de Valparaíso a la comisión de la ONU afirma que desde el inicio de la crisis social en Chile fueron detenidos en esa ciudad 46 menores de edad, de los cuales 21 “han pasado o se encuentran siendo intervenidos por la red Sename”. Solo tuve que poner esas tres sílabas en el buscador de google para enterarme de esto último y de otras decenas de noticias sobre esos centros o tierras baldías extendidas a lo largo del mapa.

Estos datos me rebotan y vuelven. Los chicos no volvieron, no los vi más. Sólo compartimos ese momento, mientras cada uno trataba de concentrarse en que la palta no resbalara al suelo. Yo pedí que cortaran mi completo por la mitad y lo compartí, es mucho para mí, les dije. Me contaron de dónde venían, de sus casas que no eran casas y del número de hogares en que estuvieron, de las últimas noches que habían pasado en la calle, pero no se abrieron mucho más, la desconfianza estaba instalada: yo no venía de su mundo. Esto me gravitó sobre mi cabeza durante una semana: lo singular que los más desposeídos, los más atacados por el sistema sean aquellos que lo están poniendo en jaque. Como también pasa con las poblaciones, en Puente Alto donde se ha reprimido brutalmente a un grupo de estudiantes que se habían congregado pacíficamente –a tal nivel que el mismo alcalde denunció el hecho- o esta noche en Lo Hermida, en Peñalolén donde a punta de rifles carabineros salió en búsqueda de dirigentes estudiantiles y sociales, con un uso de fuerza filmado por los habitantes y difundido por redes sociales. De esto no habló ningún canal de televisión y la gente de a pie lo sabe; sin ir más lejos escuché a una muchacha decírselo a su madre en la micro: “yo ya no prendo la tele, mienten siempre”, a la vez que explicaba: “mira mamá ese fuego es falso, está hecho con un programa. Ese supermercado lo quemaron los pacos”. Periódicos como The Guardian, CNN o el NY Post –que uno podría tildar de conservadores- han puesto en evidencia la complicidad de los medios en esta cruzada por aplacar al movimiento, incluso este último dio clases al preparar un breve reportaje sobre los casi 200 casos de pérdida de la visión que han sufrido personas por disparos de la policía con balines de goma, apuntados directo al rostro y que la ONU y Aministía Internacional han salido a tratar como armas letales. Esto pasa en Chile y no es evidenciado y aunque el gobierno salga a poner en la mesa una nueva constitución (a su medida y sin perder pan ni pedazo) y un paquete de medidas para ser incluidas en el presupuesto del próximo año (sin jugársela por un plan a largo plazo), esta mancha de sangre no saldrá con facilidad.   

Respiro luego del punto aparte. La imagen de la mancha de sangre sobre el asfalto. La imagen de esos niños caminando por Sazié mientras bajaba el sol. También el sonido, el rap de Portavoz que comienza así: “En la noche luna llena / En el día suenan las sirenas”. La ciudad ya no es igual, realmente es un campo de batalla. No hay lugar del centro que no haya sido afectado. Me imagino a Atenas en plena crisis económica. En Buenos Aires en 2001. Probablemente en Kosovo. En La Paz las cosas tampoco se ven tan lindas y amigos me escriben desde lejos para decirme que me cuide. En Providencia las farmacias y grandes centros comerciales blindan sus vitrinas, como también el Presidente se blinda para no dialogar con los ciudadanos. En los buses se oye “¿cuándo irá a terminar esto?”. Da pa largo, contesta una voz y se oyen frenos al pasar junto a los restos de barricadas. Yo me pregunto dónde andarán ahora esos muchachos, será mejor esto qué ese infierno del que salieron ¿Quién soy yo para seguir escribiendo luego de haberlos visto perderse entre las sombras?

Nosotros, los anarquistas

8/11/19

Salimos, hacemos dedo, alguien para, “buenas tardes, compañero ¿para dónde va?”; nos abren las puertas y subimos dos, tres, conversamos, damos las gracias. En otras ocasiones hacemos parar un bus y levantamos la voz para decir “hermano, ¿nos lleva?” y pasamos obreros, estudiantes, profesionales y ancianos, no hay diferencia entre nosotros; ya arriba uno me pregunta “¿de dónde viene caminando?” y el fluir de las palabras nos lleva a la contingencia y a darnos la mano con un grito al bajar “¡hasta la victoria, siempre!”. Así somos, los anarquistas.

Nos juntamos en espacios amplios o estrechos, en casas, en centros culturales, librerías, organizamos y participamos de las asambleas. Se discuten procedimientos sobre un cambio en las reglas del juego. Se discute: unión vecinal, seguridad y acciones contra la represión de carabineros. Se discute: bases del sistema neoliberal, cómo nos afecta, cómo nos ha carcomido por dentro, cómo es la vida en otras partes del mundo, qué es lo que merecemos. Se alzan manos, ninguna pregunta es más inteligente que las otras, hay consensos, se liman asperezas. Así nos reunimos, los anarquistas.

Estamos en las calles, con lienzos, con banderas negras con una estrella blanca. Creemos en el sustrato de nuestra tierra, honramos el valor de nuestros ancestros portando banderas mapuches. “A mil la bandera”, gritan, “dos pañuelos a quinientos”. En comunidades, en gremios marchamos, en comunidades y en gremios queremos contribuir a la construcción de una nueva sociedad. A una librería entra un profesor de Punta Arenas, lleva 4 libros sobre asambleísmo: “Los llevo para discutirlos con mis vecinos y con mis alumnos, hay que fijarnos en el cómo, eso es muy importante para que nadie se reste, para que haya verdadera representación”. En su gran mayoría despreciamos completamente la intromisión de fuerzas políticas clásicas, ante todo de los partidos políticos y sus visiones verticalistas; en la brisa que pasa todos abogamos por horizontalidad. “Esto lo construimos todos o no se construye” grita un jubilado en el Paseo Ahumada, el mismo lugar donde el poeta Enrique Lihn proclamó en plena dictadura su “desencanto general”.

Nuestras armas son las ollas, nuevas o viejas, en donde alimentamos a nuestras familias. Eso hacemos los anarquistas. Somos el gran enemigo de un tirano piscópata que detesta la alteración de la “normalidad” en la que estábamos sumergidos. Ante su eclosión psíquica, las brigadas de artistas intervienen las paredes con el rostro del perro Matapacos, ícono, emblema y mascota de nuestra unidad: un quiltro, un animal de la calle que ladra y muerde al poder sin una pizca de miedo. Pero nos han detenido, nos han golpeado con carabinas, nos torturado y desparecido, nos han asesinado ¡Nos han asesinado! Y el rostro de cada uno de los caídos puebla las calles; cerca de casa un muro los sostiene en toda su extensión; un vecino, un señor de edad, cargando un carro lleno de cosas me dice “estos son los muertos del terrorismo del estado; todos ellos murieron por unos mugrientos pesos”; él se queda ahí, contemplándolos como si fueran sus nietos y otros encienden velas en las veredas de todas las ciudades.

La primavera del anarquismo es intensa y llena de hélices, de sirenas que cantan, de medios y enteros a los que nadie cree, de bocinazos, de gases tóxicos arrojados día y noche sobre las poblaciones. Pero tenemos otra arma ante ello: la antipoesía, no la de Nicanor Parra, sino la que siempre estuvo, con su sin respeto, con su posibilidad de ironizar todo, con los carteles que claman “son tantas cosas que no sé qué poner”. En los bares algunos llaman a beber a una cerveza y a dar un salud al grito de “¡Piñera conchadesumadre!”; las farmacias ofrecen el famoso mentolatum, ungüento con el que la policía justificó un video en que algunos de los suyos eran mostrados inhalado cocaína. La antipoesía se ríe de una alcaldesa que corre frente a la televisión con memes infinitos, se ríe de los intentos desesperados de la ultraderecha de formar movimientos de choque que defiendan sus privilegios de clase. La antipoesía se ríe del hackeo de Anonymous al sistema de carabineros; queda en evidencia que durante años han perseguido cientos de actores sociales, pero jamás a un narcotraficante.

De la saga “Cecilia Morel y los alienígenas” viene también Man in Black con privilegios.

Algunos de nuestros anarquista creen en la acción directa, en el ataque decidido a las estructuras simbólicas del poder: vandalizar bancos, romper farmacias, apedrear oficinas privadas de pensiones y edificios corporativos, y también a monumentos, como el huracán humano que arrasó con el memorial al teórico de la dictadura y su sistema político y económico: Jaime Guzmán. Pero como dijo una psiquiatra interpelada en plena calle por un periodista: “sé la situación, el saqueo que viene de años y de cómo le han robado al pueblo de Chile; por supuesto que no valido la violencia […] pero han sido muchos años de abusar de la gente. No avalo la violencia, pero la entiendo. Y el antisocial que nos está gobernando es el más antisocial de todos. No empatiza, no escucha, miles de personas le están diciendo por favor haz cambios, ayuda a la gente. Él se está rifando este país”.

Piñera cree que con más apriete apagará esta llama anarquista, pero los gremios están ahí para cortar los accesos a la capital y a las ciudades grandes; los camioneros, los portuarios, agricultores, médicos y enfermeros que defienden a sus pacientes del desabastecimiento del servicio público, profesores que se interponen a la policía para que no baleen otro liceo como el Liceo 7 de niñas, cobardemente atacado. Piñera cree que con apriete esta barricada se va a apagar, pero la insurgencia llegó para quedarse con sus gritos: ¡Piñera escucha, ándate a la chucha!”, “¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!” “Vecino, escucha, únete a la lucha!”

En fin, somos y no somos los anarquistas. Lo somos en el encanto del trabajo comunitario, en la colectivización de confiar en nuestros almacenes de la esquina, al momento de darnos una mano, de organizarnos como en los viejos ateneos de principios de siglo XX donde se jugaba la formación política y ética del pueblo. No somos anarquista porque aún pagamos cada mes las deudas que nos persiguen, las tarjetas de crédito que abundan, los altos alquileres y servicios, los intereses de los intereses, imponemos a las AFP y nuestras jubilaciones y sueldos resultan escuálidos, por más que el gobierno y el congreso realicen reformas a todo vapor (y con letra chica). Esta es nuestra duplicidad de mezclar hoy la lucha, el pan, el amor, el dolor y la deuda, el débito y la ira contra el actuar desmedido de la policía, la ira contra la estupidez de nuestros representantes, pero la confianza en que la bandera negra y su poesía se quedarán aquí plantadas por un buen tiempo.

Este es el momento

3/11/19

Escucho el canto de los cachuditos y zorzales. Son los aromos los que traen su perfume y abejas desde lejos. Al fondo, entre los troncos de las encinas, un grupo se reúne a conversar. En la feria se exponen tomates, albahacas, romero y limones. La vida pasa tranquila en Limache, mucho no cambia. La alarma de los bomberos sigue marcando el mediodía, pero sí los postes de luz del parque cargan carteles con los datos entregados por el Instituto de Derecho Humanos sobre el número de desaparecidos, muertos y heridos en estos ya quince días de movilizaciones. Increíblemente mientras esto ocurre –y una brisa fresca mueve las hojas de este cuaderno- hay un imitador de Michael Jackson, vestido como en el video “Bad”, que practica sus movimientos al ritmo de un parlante portátil; uno que estaba por ahí sentado, se le acerca y le pasa un billete de mil pesos y lo aplaude.

A pesar de esta aparente “normalidad” alrededor de la región de Valparaíso se organizan cabildos, charlas y asambleas autoconvocadas; algunas librerías abren sus puertas al debate, un grupo de manifestantes marcha desde este mismo Limache hacia el palacio de La Moneda para entregar una carta-petitorio al presidente, subiendo una cuesta de 1.500 metros altura y bajo el calor semidesértido de Til-Til. Los valles que forman la cuenca del Aconcagua y la cordillera de la costa han pasado a transformarse en “zonas de sacrificio” con desastres ecológicos irreversibles: la contaminación producida por la refinería de carbón de Ventana, los derrames de petróleo en Quintero, la prolongada sequía de Petorca y alrededores -que avanza a medida que se liberaliza aún más el monocultivo de paltas y coníferas-, la instalación de torres de alta tensión y de plantas termoeléctricas para solventar las demandas de la minería. La flora y la fauna autóctonas corren el grave peligro de ser reducidas a su mínima expresión, al igual que la larga tradición agrícola; la población ha salido a exigir en todos los términos posibles una respuesta –con estudios, advertencias y demandas- recibiendo únicamente el constante ninguneo de las autoridades, pero también de una parte de la ciudadanía completamente apática. Hoy en Chile la mayor batalla es la del individuo contra los medios y una clase política que invisibiliza, en una “guerra psicológica”, para desgastar los movimientos populares, en especial este, generando una confusión entre la manifestación y el saqueo.

El imitador de Michael Jackson revisa cada una de las coreografías del rey del pop. Una señora que vende plantas medicinales me dice “con todo esto no he podido salir a dar mis cursos, la gente está en otra, pero es mejor, este es el momento”; al lado una artesana comenta “mi hijo ha estado todos los días en las manifestaciones y ayer, que se quedó en la casa, hizo la manifestación desde su pieza”. Me cuentan que en la mañana el profesor y musicólogo Gastón Soublette –uno de los traductores más importantes del alma profunda de Chile- ha salido a la pérgola a dar una charla. Los chilenos somos un pueblo que le ha costado 17 años de dictadura y 30 de democracia salir de la criminalización de la expresión pública, un pueblo que le ha costado volver a reunirse y conversar, por lo que ahora los invito a dejar este ambiente de árboles frondosos para asistir a una reunión, a unas cuadras de aquí, a asistir a una reunión sobre la constitución, una de las más de 12.000 que se celebraron en estos días en el territorio nacional. Vamos entonces a la ONG Trekan de Limache donde el abogado Patricio Bravo nos pasa a explicar:

“Toda constitución tiene por misión organizar un Estado y al mismo tiempo brindar un catálogo de garantías mínimas para los ciudadanos. En sí, es un texto político y jurídico, pero especialmente es también un texto cultural, es decir, es el reflejo de la cultura política de una época. En este sentido uno de los grandes problemas de la constitución de 1980 –articulada en plena dictadura- es la existencia de un principio de subsidiaridad, que quiere decir que el estado sólo puede actuar cuando los privados no pueden o no quieren. Este principio es la base que sustenta el sistema económico neoliberal instalado en la misma época en este país: promueve la privatización y la acción de grupos intermedios, separa al individuo del estado y ese es uno de los puntos que más nos aquejan hoy, con nuestro sistema de pensiones, de defensa de los recursos naturales, nuestro acceso a una educación gratuita y de calidad y a una salud digna”.

Esto lo transcribo a partir de mis notas, Patricio es mucho más práctico y recurre a su memoria de códigos y artículos para hacernos entender que un cambio en la constitución no será un cambio en lo inmediato de las demandas actuales, sino que será una transformación a largo plazo en la cultura política del país, en su manera de interrelacionarse y llegar a una instancia más justa corparticipación. Los asistentes levantamos las manos y preguntamos, otros miran la señal por internet. Los asistentes somos trabajadores, personas de la tercera edad, estudiantes. Hay demasiadas dudas, pero logro percibir que nos vamos con más certezas. Sabemos que las reformas constitucionales son difíciles, ante todo en la que hemos tenido que convivir desde 1980 y que es un candado cerradísimo; hoy sólo contamos con nuestra presión hacia los representantes para llamar a las asambleas. Entendemos entonces que es nuestra responsabilidad la que nos puede llevar a formar una agenda única basada en un grito tan postergado. Nos despedimos de besos y apretones de manos, cada cual ofrece continuar la próxima semana, se abren posibilidades para llevar esto a comunidades más alejadas del valle y a otros centros de vecinos. Esto es algo nunca antes visto ni hecho en la historia de Chile, pero nadie quiere perdérselo. A mí me recuerda a las unidades de trabajadores filmadas por Patricio Guzmán en su documental “La batalla de Chile”, pero pronto me doy cuenta de que los años setenta aunque estén ahí con sus canciones, ya no lo están como una repetición cíclica, sino al contrario, están ahí desde su espíritu más participativo, desde una extraña sensación de unidad. Camino a través del pueblo donde nací y crecí hace 35 años y tal vez ya no es el mismo, aunque aún nos miren las montañas cada vez más secas y un cielo ya sin nubes.  

Nota: Las fotos 1 y 2 son de autoría de Pablo Rivera.

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre – Diego Alfaro Palma

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre. Diego Alfaro Palma è uno scrittore e poeta cileno. In questa cronaca, pubblicata la prima volta sul suo blog El panorama antes nosotros  il 24 ottobre 2019, racconta il livello di non-dialogo e di violazione di ogni diritto che il governo cileno sta usando per reprimere la protesta e lancia un appello affinché gli amici del Cile contribuiscano a rompere l’assedio mediatico che il paese sta vivendo in questi giorni.  La cronaca è stata tradotta per noi da Giulia Grimoldi, che ringraziamo. La foto è di Juan Carlos Villavicencio.

A Patricio Bravo

Tequeños, chaparritas, empanadas, banane, acqua fredda, limoni, sopaipillas, fazzoletti, bandiere, pantaloni, mele, patatine fritte, arepas e un tizio seduto a un banchetto con un telefono fisso (che cosa cazzo venderà?). Le haitiane allattano i neonati all’ombra, dove le vecchiette si sventagliano; un impiegato batte con un bastone sul secchio dell’immondizia tenendo il ritmo. I tassisti suonano il clacson, le autoradio trasmettono a tutto volume Quieren dinero dei Los Prisioneros; un gruppo di trenta persone balla la cueca in piena Alameda, il numero di quelli che si spingono fino a qui è in aumento e non c’è muro che non sfoggi con orgoglio uno slogan contro il presidente, la polizia, i ministri, i militari: contro qualunque politico. Addirittura qualche esaltato chiede il ritorno di Michimalonco, il capo picunche che oppose una strenua resistenza alle truppe spagnole e rase al suolo Santiago. Modificando una frase di T. S. Eliot: in Cile tutto il tempo è presente.

Dai balconi la gente invoca Víctor Jara con gli stereo. Le università e i sindacati si uniscono alla mobilitazione. Madri e figlie, nonni e nipoti, gente di ogni classe sociale: siamo tutti stanchi. I cortei attraversano le città, uniscono Viña del Mar a Valparaíso, fanno ballare Concepción, bloccano le strade di Punta Arenas e Puerto Montt. Il personale sanitario esce in strada, i portuali, i professori. Scrivo queste righe mentre mi riprendo dallo spray al peperoncino in una piazza. Mi ha quasi messo al tappeto: stavolta sì che era forte. La moltitudine non si è fermata, e così deve essere. “Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre”, dicono gli autisti del metrobus da Limache a Valparaíso, stando a quanto racconta il mio amico Pato Bravo. “Il treno attraversa le città e, quando passano i cortei, il macchinista fa fischiare la locomotiva in segno di appoggio. La gente è ben felice di ricevere sostegno. I cabros a bordo esortano i coetanei a continuare la lotta, a non fermarsi”. Ma veniamo alla domanda: ci sono certezze di cosa si riuscirà a cambiare? Quale sarà il segnale del successo? Sarà una vittoria nei limiti del possibile o sarà totale? Quello che si dice in giro è vero: stanno cercando i capi del movimento studentesco nelle loro case; la polizia entra senza permessi, senza un mandato di perquisizione; esistono dei video, i mezzi di comunicazione li stanno facendo circolare e l’Instituto Nacional de Derechos Humanos lo conferma, assieme al dato dei 2138 arrestati, 376 feriti, di cui 173 raggiunti da colpi di arma da fuoco, 5 morti confermati uccisi da agenti dello stato (e altri 10 ancora da confermare), oltre a 44 procedimenti giudiziari in corso. Quindi, ripeto la domanda: c’è qualche certezza? Di fronte a questi dati il ministro dell’interno Chadwick non intende dimettersi. Se ce lo trovassimo davanti, in molti gli chiederemmo: che cosa aspetta? Dico questo e la radio mi dà conferma: è in atto una chiamata obbligatoria alle riserve attive dell’esercito per rafforzare le “operazioni” in questo “Stato di emergenza”. Dall’altra parte gli incappucciati si incazzano e distruggono tutto. I cicli della repressione si rinnovano come la primavera, però non c’è dubbio: qualcuno deve dimettersi.

Se le cose continuano con questa forza fino alla fine della settimana, è probabile che questo paese diventi una voce inconfondibile, una voce che ha bisogno ora più che mai di tutte le voci da fuori: abbiamo bisogno anche di mani e piedi perché questo stadio del neoliberismo sta entrando in una fase superiore del controllo completo delle forze. I dirigenti mapuche affermano giustamente che queste modalità sono le stesse che il governo ha adottato nei loro confronti per decenni, quel livello di non-dialogo e violazione di ogni diritto esistente è stato l’indiscutibile laboratorio della furia dell’élite e dei suoi fedeli poliziotti. Per questo, traduttori di tutto il mondo, amici di altre parti, unitevi: è urgente rompere l’“assedio mediatico” di questo paese di latifondisti.

Vicino a me un padre fa volare un aquilone, un volantín come li chiamiamo qui, uno che ha i colori della bandiera nazionale e che malgrado il poco vento riesce a prendere quota. In fondo, un gruppo di persone intona El derecho de vivir en paz, il famoso inno di Víctor Jara, e canta a squarciagola. Vicini di diverse fazioni e opinioni discutono di creare un’assemblea municipale, di organizzazione, parole un tempo a rischio di estinzione in questa parte del mondo. Gli studenti giocano a calcio sui marciapiedi. Le truppe di Michimalonco non dormono, vigilano dietro le araucarie. La sera accende le sue luci, s’aprono i papaveri e altri fiori, genitori e figli battono le mani per zittire lo stridore degli elicotteri.

Publicado en https://www.edicolaed.com/blog-it/cronache-dal-cile-che-protesta/

Cecilia Morel y los alienígenas en vivo

25/10/19

En su última carta antes de ser ejecutada María Antonieta dice declararse inocente, tranquila “como lo está uno cuando no tiene nada que reprocharle a su conciencia”. Esto me lo recordó mi amigo Horacio Esber desde Buenos Aires, cuando me instó a no desechar las declaraciones filtradas de la primera dama, Cecilia Morel: “escuchalas bien, analizá su discurso: ahí tenés a alguien que no cuestiona la legitimidad de sus privilegios, que se pone sobre los demás, que se considera de otra clase de ser humano: tal como pasa con la esclavitud o como pasó en la conquista de América donde los indígenas eran considerados “seres sin alma”. Pensalo bien, dale una vuelta”.  La misma Morel dice en el audio sentirse ante una “invasión alienígena” y en donde la clase gobernante “no tiene las herramientas para combatirla”, por lo que la “gente de buena voluntad” deberá disminuir sus “privilegios y compartir con los demás”, como en un especie de gran acto solidario intergaláctico. Ayer, esos alienígenas que estaban sueltos, llegaron a sumar más de un millón en las calles, en la marcha más multitudinaria que haya atravesado Santiago y que, sumando a las regiones, deja una marca del tamaño de Chile en cualquier libro de historia.

¿Pero a qué se dedican los alienígenas? ¿Qué exigen, qué es lo que cantan? Para empezar, la mayoría de estas fuerzas viven con un sueldo que no se corresponde con la realidad, con los costos de la realidad en este planeta. Alegan que la constitución que los reúne proviene de tiempos dictatoriales y que no asegura un estado de bienestar ni nada parecido, sino un extractivismo a mansalva, pocas defensas para los trabajadores, un desentendimiento del estado respecto a lo público, en fin, un abandono. También gritan al cielo con sus trutrucas y cornetas al paso de los helicópteros de la policía y de los militares; estos alienígenas están más que superados con las continuas violaciones a los derechos humanos que han ocurrido en este falso “estado de emergencia”, en donde sin legitimidad alguna se ha secuestrado, se ha acosado, se ha golpeado y se ha asesinado: las fuerzas armadas de este país no han aprendido absolutamente nada desde 1973, absolutamente nada, mientras los medios difunden el encarcelamiento de un conscripto se negó a participar de esta cacería. En fin, señora Cecilia Morel, venga, acérquese, porque la palabra que más va a ver y escuchar es “dignidad” y eso es algo que su clase y los partidos de todos los colores le han perdido el rastro, como quien mira fijamente a una estrella y luego la pierde al pasar de una nube.

Yo me uní como un alienígena más a la salida del trabajo, como muchos luego de sacarse la camisa o la blusa y ponerse unas zapatillas más cómodas. Desde Manuel Montt se podían ver esas masas de oficinistas, jóvenes, ancianos llegar desde todas partes de la ciudad, bajándose desde las antiguas naves espaciales del transporte público o desde las habilatadas estaciones de metro. En el camino había poemas visuales pegados, banderas negras de Chile, una gran pizarra donde cada uno escribía su deseo de mundo y una extraña sesión de electrónica a la que uno que marchaba gritó: “¡esto no es nada una fiesta, cuicos culiados!” y ahí varios explotaron en aplausos al tiempo que las barras del Colo-Colo, de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica se mezclaban gritando a un solo pulmón. Nunca se vieron tantos lienzos mapuches, tantos en algarabía y en unidad, las estatuas de bronce tomadas hasta la última oreja de los caballos, ventas de sandía, choripanes, agua, limones, chocolates, tabaco y al rubro de la salud con sus delantales no tan blancos tras semanas de marchar contra el desvalijamiento de los hospitales y la reducción de los presupuestos –en todos estos días vi a mi hermana salir orgullosa de su profesión levantando esa misma pancarta. Un poco más allá los profesores con su ropa gastada, sus lentes grandes y su energía inagotable, a unos metros los artistas callejeros interviniendo los muros, los guitarristas afuera de la Biblioteca Nacional cantando “El derecho de vivir en paz”, quizás la canción más escuchada en las radios. Todo el Parque Forestal era un continuo interplanetario de gremios, asociaciones civiles, de ciudadanos gritándole al presidente su ineptitud, a los partidos su pésima comprensión lectora de la contingencia: exigiendo la devolución de la libertad y la construcción de una dignidad urgente.

Luego de separarme de unos conocidos afuera de la librería Qué Leo que da al parque, seguí mi caminata hacia la Alameda, viendo a las feministas sobre las paradas de micro, a señoras que portaban un cartel que decía “me cansé de esperar los tiempos mejores”, junto a una muchacha hermosísima que salió en su sillas de ruedas hasta el centro de la ciudad, acompañados todos por los motociclistas que impedían el paso de la policía y un gran manto con los colores de la bandera que decía “No estamos en guerra”. Vi a alienígenas disfrazarse de alienígenas, a madres con sus coches, a niñas vestidas de princesa, a los otaku, a la gran compañía de Ballet Nacional en el Paseo Bulnes bailando poemas de Gonzalo Rojas, de Violeta Parra y de Pablo Neruda; vi a unos muchachos recitar “El canto a su amor desaparecido” de Raúl Zurita, versos de “La ciudad” de Gonzalo Millán, fotos en homenaje a la consecuencia política de Gladys Marín, un intocado mosaico que celebra a Pedro Lemebel, a taxistas levantar las manos, a Los Jaivas caminar con el aplauso público, a las barras haciendo de esto algo parecido a la toma de la Bastilla, al tiempo que en Valparaíso se reprimía con la misma furia de todos los días, cerca y lejos del Congreso: la unanimidad de que en este país se pasa a llevar el estado de derecho.

Esta desobediencia civil ha presionado más de lo habitual a esta élite que defiende a regañadientes su origen y sus bienes adquiridos por ese mismo origen. Desde el Palacio de la Moneda se ve a un cada vez más avejentado Piñera intentando poner la oreja en la tierra, pero imposibilitado de restringir su propia interferencia mental. En el congreso –más allá de la aprobación de algunas leyes necesarias, pero no todavía contundentes- se ve un gallinero que tiene una agenda acaloradísima y llena de plumas: desde la fascista Camila Flores a los desplumados del Frente Amplio, el temor ante los alienígenas es inminente. Por eso es que esta marcha, la más grande de todas las marchas, no tuvo otra bandera sino la de una primavera negra, una primavera que tiene que ser un motor para la reconstrucción de un tejido social, una obligación a trabajar más por estas demandas, por lograr una nueva manera de tratarnos: ahora pareciera que todos nos saludamos, que nos damos la mano, que hablamos en el transporte público, que estamos ante un florecer de la política, en este país donde antes todos éramos unos extraños, unos extraños venidos de la más blanca de las estrellas.

La necesidad del arte

22/10/19

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El hombre viene así, tocando un tambor y soplando una zampoña en medio de la noche. Su paso es lento y lleva un sombrero que le tapa la cara. Viene por una de las tantas calles empinadas de Valparaíso, se alcanzan a notar lejanas las luces de otros cerros, que aunque parezcan estrellas no lo son, sino luces de casas que no pueden dormir. El viene así, con un sonido del norte, sereno, pero no resignado, de otro tiempo, de uno ancestral, tal vez de eso que llaman “el Chile profundo” y que es un lugar que fue registrado únicamente por los artistas, sobre todo por Violeta Parra. ¿Será un espectro en pleno toque de queda? ¿Un fantasma colonial que viene a visitarnos? ¿O es un estudiante que corrió todos los riesgos para estar ahí e igualmente darnos el mensaje? Para mí el registro de esa figura y su melodía es quizás uno de los más intrigantes de estas jornada y justamente en una de las ciudades que más mal lo han pasado con la acción represiva, con cédulas dispuestas a todos, bajo el brillo del sol en el mar, disparando a mansalva: perros de caza sin cazador ni presa.

No he estado en Valparaíso en estos días, pero ya lo comienzo a extrañar. Es sumamente difícil moverse alrededor del país en esta contingencia si no tienes alguien que te reciba y te salve del registro de identidad pasada la hora permitida (en Valpo a las 18:00 debe replegarse la ciudadanía). En general es difícil todo, porque la realidad está a medias. Hoy trabajé desde mi casa, pero a medias. El país se prepara para un Paro Nacional, pero aún no sabemos si es a medias o completo. Lo que sí no es a medias es la libertad: eso es acceso restringido. Pero volvamos al plan, ya que en esta crónica quiero invitar a hablar a otro por mí, quiero invitar a un poeta joven que envío este mensaje desde el puerto:

“Reprimen durante todo el día las concentraciones con lacrimógenas y balas de goma. Se han encontrado también casquillos metálicos de balas. Al parecer el marino a cargo dijo por televisión abierta: “nosotros no tenemos armas de juguetes” […] Ayer durante la noche miré por la ventana: vimos un grupo de milicos cada uno pegándole a una vieja. Vi una caravana de más de cinco camiones con más de veinte militares arriba intimidando una barricada sostenida por 4 personas a las 00:00 am […] Los puntos de resistencia son plazuela Ecuador y subida Cumming. En Cumming ayer se desplegó un camión de militares a las 13:00 más o menos. La plaza Aníbal Pinto estaba llena de gente gritando alegremente cuando vino el camión y corrieron para arriba; los milicos subieron y dispararon; durante la tarde vi como aguantaban todos en subida Ecuador, los intermitentes disparos y lacrimógenas […] Sé también que ha habido resistencia en los cerros y diferentes barrios. La gente está saliendo pese a que la reprimen con casi todo. Se hacen asambleas en las juntas de vecinos. La gente quiere conversar, definirse y estar en el lugar que está convencida que le corresponde”.

Valparaíso históricamente es una ciudad de la resistencia, más allá de todas las convenciones que se puedan hacer de ella, y es ahí donde la brutalidad se ha hecho más patente. O también más al sur, en Curicó donde fue asesinado José Miguel Uribe, un muchacho de veinticinco años, producto del accionar represivo. Ya van 15 muertos en cuatro días en todo el país: quince muertos que en cualquiera de las circunstancias estarían ahora caminando por sus barrios, sino fuera por este fracaso político. En fin: algo que recuerda a la inestabilidad del gobierno de De la Rua en la Argentina de 2001, cómplice de 39 civiles muertos en una de las crisis más dramáticas que haya tenido este continente.

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Tanta imagen vista abruma, pero volver a salir de casa y reencontrarse con la juventud aplaca cualquier índice de ansiedad. Son ellos los que están dispuestos a encender el debate cada noche, son ellos los que siguen llevando el ritmo, cuchara mediante, silbato mediante, o limpiando con sus escobas, o a puro aplauso. Estamos cantando las veinticuatro horas, incluso en sueños, porque ellos cantaron primero; incluso los que montan guardias en sus barrios: algo cantan en la mente. Es posible que estas reuniones diarias de cacerolazos sean una especie de mantra necesario, un guillatún purgativo de una sociedad demasiado atrapada en sí misma y en rutinas contracturantes de lógicas sueldo / deuda: un chileno desde que nace hasta que muere está aquejado por el discurso de la insuficiencia de lo público y de imponer los años de su trabajo a un sistema privado. Es por eso que seguir “El baile de los que sobran” es tan oportuno en esta instancia, es el único baile que nos debemos permitir, desde el barrio más “piñufla” al más “cuico”, pero sobre todo en el más “piñufla”, porque es el baile de los que no tienen razón para retroceder.

Son esos jóvenes que vuelven cada tarde desde el centro de las ciudades, con sus pañuelos, sus limones cortados y sus botellas de agua con bicarbonato, los que nos dan la batería suficiente para persistir, para no dejarnos caer como unidad: no estamos en guerra –dice un rallado en la calle- estamos unidos, y eso es justamente lo que presiona al gobierno y al congreso, porque no tienen a un representante con quien hablar, no tienen una cara, sino una gran suma, una comunidad en formación que cada día sale con más fuerza. Son las muchachas y muchachos los que aparecen como el músico fantasmal de Valparaíso para decirnos que este país tiene que cambiar y que va a cambiar. Son ellos los que encarnan el verso que el poeta Raúl Zurita grabó en el Desierto de Atacama: “Sin pena ni miedo”. Yo, al momento de escribir esta crónica, sufría el peso de tanta incertidumbre, de tanta aflicción por los registros de barbarie, por la incontención de la violencia, cuando en pleno toque de queda crucé la calle para conversar con unos sentados junto al almacen y palabra a palabra todas esas oscuridades se convirtieron en un pulso, en un aire, en un fantasma significativamente real.

INFORMACIÓN NECESARIA:

Para denuncias de violaciones a Derechos Humanos, está la página del Instituto Nacional de DH y de Amnistía Internacional Chile.

Para información fuera de Chile se ha liberado la señal de CNN Chile que es quizás el medio más parcial en esta contingencia. Otro recomendable es la Radio de la Universidad de Chile.

El futuro es un lugar extraño

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21/10/19

A Cynthia Rimsky

 

Un semáforo dado vuelta y su señal –el hombre verde que camina- patas arriba. Eso fue lo que me señaló el brasileño. Venía fumando una colilla de cigarro, seguramente recogida del suelo. ¿De dónde eres? Le pregunté: de Río de Janeiro. Estuve ahí cuando tenía quince años, pero eso no venía a cuento, porque lo que sí venía era la historia que me contó: “llevó cinco años viviendo en Chile. Aunque soy de otro país, tengo que luchar por todos; tengo que alimentarme, mantenerme cuerdo, trabajar. Estos días no he podido trabajar bien: he recogido basura para comer. Vivo en una carpa frente al metro Salvador. Ahí estoy, hago una cosita, gano plata y me mantengo, pero amigo, estoy en la calle y hoy soy un chileno y debo luchar por los chilenos”. Su cara decía mucho más de lo que me contó. En mi mochila llevaba varias mandarinas que compré al inicio de mi travesía. Le di una y me contestó: “esta mandarina la guardo en mi corazón”. Nos dimos un abrazo y seguí mi caminata: frente a mí, el Cerro Santa Lucía y una marcha que me sacó lágrimas: cada vez eran más los que ahí llegaban, con carteles, con su familia, con el sol de frente y toda una represión policial en ciernes.

En la calle Vergara me acerqué a los militares apostados en la ex – estación República. Les pregunté cómo estaban. “Agotados”, dijo uno. ¿Almorzaron? Nada. Sobrevivían con unas barras de cereales y agua. Turnos de más de diez horas y con suerte dormir dos en el cuartel. Les pregunté qué les parecía lo que había dicho Piñera sobre que estábamos en una guerra y – jaque mate- se miraron, esbozaron sonrisas y todo quedó más que claro. Ingenuo o no me fui y seguí hacia La Moneda donde me resultó más difícil hablar con la policía; esquivaban completamente las preguntas. Hasta que encontré en la calle Nueva York a una con su casco y escudo, sacando un caramelo del bolsillo. “Es que no he comido nada desde las siete de la mañana”. Eran las cuatro de la tarde. ¿Y hasta qué hora tienes que estar acá? “Hasta que esto se acabe” ¿Y si esto no se acaba más? ¿Te parece justo ese trato? “Tengo que cumplir”. Mira, te estás cayendo al suelo.

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Ya a esa altura yo era un sospechoso, pero es que en realidad todo el día había sido un sospechoso. En la mañana conversando con un chófer de micros que se había quedado toda la noche con un fierro defendiendo el consultorio del vandalismo. “Yo estaba en eso, después del medio asado con las tremendas chelas, cuando mi mujer me dijo que había fallecido su mamá… pfff… no tení idea lo que fue mi día, cabro”. Choque de manos, hasta pronto. Sospechoso por hablar con el conserje del edificio donde trabajo: “son unos payasos los que nos gobiernan, ¿cómo pueden salir a decir que estamos en guerra?”. Cuídese, nos vemos pronto. Sospechoso de conversar con una señora en el camino de vuelta que apoyaba a los chiquillos que llegaban a Plaza Italia. “Yo dejé de ver la tele. Usted no sabe, tengo el celular lleno de vídeos terribles de los militares y la policía reprimiendo. No justifico los saqueos y el lumpenaje ¿se dice todavía así? Pero es que si me paran, me voy presa”. No se va a ir presa, querida, siga en la lucha, manténgase fuerte, gracias por bancar a nuestros cabros. Sospechoso de saludar a un colectivo de artistas en calle Sazie que repartían fotos de Gladys Marin (la histórica militante comunista), completamente organizados: pertrecho de limones, agua con bicarbonato, primeros auxilios, camillas, todo lo que se pudiera buscar. “Soy de Uruguay, vecino, y aquí estoy. Nosotros damos atención y resguardo a quien lo necesite”. Gracias, amiga, toda la buena onda. Sospechoso de hablar con un ciclista que había recibido un perdigón en la cara la noche anterior, en la zona este de Santiago. Me mostró su marca: “por suerte no le dispararon a mi hermana que está embarazada y que estaba al lado mío, hueón. ¡Chucha madre! ¡Están desbocados estos culiados!”. Sospechoso de todo. Todos somos sospechosos.

Y así fue como logré dar con la Plaza Italia, a lo lejos, en una batalla que yo era incapaz de luchar, salvo imponiendo mi presencia como un número, como otro más en la gran jugada. En cada intersección las piedras y el gas lacrimógeno estaban a la orden del día. Unas chicas me bañaron en bicarbonato y volví a sentir el fuego de las barricadas. Un momento histórico, dijo mi hermana horas más tarde cuando le conté, sin embargo estos días han sido históricos y es imposible que un escritor, que una escritora no estén allí: dando la batalla de Chile, segunda parte, ojalá la final. Por eso es que me encontré a mi cumpa, el poeta y editor Juan Carlos Villavicencio, el Oscuros Ríos, con tan sólo un pañuelo y agitando, y también vi a su compañera y su hermano y a un amigo: corriendo de los guanacos, los zorrillos y esa fauna ancestral de la represión. Los encapuchados saltando sobre las paradas de micro, las banderas mapuches, más y más ciclistas, el humo del plástico quemándose, la ferocidad: reclamar esta ferocidad inaceptable de tener una serie de políticos incompetentes, irresolutos en cualquier término que –como dijo el muchacho que es conserje de mi edificio, estudiante de economía- “hoy lograron trabajar como nunca; aprobaron tres leyes históricas: la congelación del alza a las tarifas de transporte; la baja de los sueldos de los diputados y senadores; la mejora de pensiones”. Más claro, imposible: la presión del asfalto.

Sin embargo lo que pueda ser aquí contado es una parte del conflicto. Mientras escribo los chicos bailan al ritmo del caceroleo en plena calle, un amigo avisa que le quemaron la oficina en el centro de Quillota, otro de la inminencia del enfrentamiento en La Cruz, hay 11 muertos y cientos de videos que circulan de la armada irrumpiendo a balazo limpio en Valparaíso, de militares arrojando personas desde sus móviles, de policías robando, quemando supermercados, aterrorizando en las ferias libres. Mi verdulero lo dijo: “los paramos a esos hueones y eran todos pacos de civil. Creen que somos hueones los del gobierno, pero no cumpita, nos tenemos que defender entre todos porque siempre estuvimos solos”.

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La escritora chilena Cynthia Rimsky nos enseñó a todos a salir a la calle y tomar notas. Nos enseñó a conversar, a tomar fotografías, a hacer de un libro una multiplicidad de voces. Ramal es eso, Los perplejos es eso, sin embargo dentro de su literatura hay un libro bastante particular, El futuro es un lugar extraño, una novela en donde las frustraciones de una trabajadora y luchadora social se aglomeran, en una mixtura de presente y pasado, y en donde, en un momento la Caldini –la protagonista de esta historia- tiene una especie de ensoñación de una insurrección que se produce en Chile: la gente sale a la calle y lucha y se expresa libremente: abren los ojos. Esa novela hoy es el único título que puede llevar esta crónica: ¿Qué pasará mañana, Cynthia? ¿Qué va a pasar en este país mientras pasan los helicópteros? No lo sabemos, pero en la Alameda hoy se escuchaba un solo grito: “¡Chile despertó / despertó / despertó / Chile despertó”.

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