La música del desierto

26/11/19

“En cada cosa hay un fantasma oculto/ Nuestro trabajo, ¿no es un exorcismo/ una respuesta al desafío oscuro?”, dice Enrique Lihn en su poema “Kafka”, publicado en 1969 y, 60 años después, siento que la palabra exorcismo no ha perdido vigencia. Ayer un amigo escritor afirmaba que “la literatura no volverá a ser igual después de esto”, y no, se sabe que el dolor dobla las palabras hasta envolverlas en sí mismas, las convierte muchas veces en silencio y en otras en fuego, por eso, por eso pregunto: ¿Es posible medir el dolor de lo que se ha vivido? ¿Es posible catalogar el dolor de Bolivia esta tarde? ¿Cómo establecer un gráfico de la crueldad en Venezuela, en Colombia, en Perú o en Argentina? ¿Cuánto sufrimiento será percibido en Brasil cuando llegue el verano? No hay implemento que certifique esto, ni el cansancio, ni la pena, ni la rabia, nada que certifique la calidad y distribución de los afectos; es por eso que nuestra única respuesta al desafío oscuro de sobrevivir es el registro, la marca de este momento y la concentración de un máximo de energía para inscribirlo. En tanto en la vereda suena: tic, tic, tac, tac, tac, empuñar la picota entre tres o entre cuatro, triturar el pastelón, tic, tic, tac, tac, tac, uno le pasa un pedazo de tierra a otro, este lo recibe y una se lo pasa a la otra, y aparece una mano, dos, tres manos; en el teatro El puente se reúnen los paramédicos; los lásers apuntan a los ojos de la policía, escudo con escudo, ¡más agua! ¡más agua! Gritan y unas muchachas pasan y pegan carteles con la historia de los caídos. Tic, tic, tac, tac, tac esa es la música, ese es el ritmo.

Entonces: ¿Qué tanto duele Chile?

 ¿Qué tanto duele Hong Kong cuando cae la noche?

No hay tecnología que nos entregue un gráfico exacto de lo que pasa en los cuerpos de una sociedad, pero por otro lado esos cuerpos dejan evidencias, marcas que pueden tasar en una sola aproximación el peso de la realidad. No deja de ser llamativo que los lugares donde existe mayor exposición y roce de los cuerpos sean justamente los más amenazados hoy en la ciudad de Santiago, pienso por ejemplo en el metro o en los centros comerciales, ambos vigilados continuamente por efectivos de seguridad; curiosamente son esos dos lugares los  que han sido los más elegidos por los suicidas durante años: las líneas del metro, las barandas del Costanera Center, detenidos por unos minutos por estos “percances” humanos, pero una vez higienizados, renuevan su funcionamiento regular; el transporte público y el mall son dos formatos de un mismo síntoma en la capital de Chile, lugares en donde las mayorías se amontonan, se aprietan, evaden el reclamo, se empujan y viven el fantasma de una sociedad moderna. La calle, las plazas, las juntas de vecinos eran por otro lado los sitios abandonados en el ejercicio del diálogo o en la actividad política inmediata, utilizados por pequeños grupos, de indignados que reciben continuamente la violencia física y simbólica de este país. En este ritmo una voz pregunta ¿cómo se alcanza una paz verdadera y no una de cartón?

M se sentó junto a mí en un parque. M es un poeta joven, quizás uno de los mejores de su generación, estudiante para profesor de lenguaje, un tipo sumamente tranquilo. Nos sentamos a conversar luego de un mes de no habernos visto; nos contamos todo y me muestra una bolsita que lleva a su lado: trae un botellón con agua, bolsas con bicarbonato, guantes, lentes de protección y otros implementos. M apaga bombas lacrimógenas cerca de Plaza Italia, o Plaza de la Dignidad como la llamaron para intentar materializar la palabra. Le pregunto por qué la gente sigue juntándose ahí, él sabe que es un punto simbólico, pero tampoco entiende por qué se insiste. También me cuenta que hace algunos días organizó una lectura de poesía y conversación con los habitantes de su barrio, le impresionó ver la cantidad de asistentes y de cómo la lectura no quedaba reducida a la lógica común de poetas escuchando a poetas. Me pregunta qué va pasar con todo esto, con el dolor de Chile, y le respondo que a ciencia cierta nadie lo sabe, que la única forma de bajar los niveles sería con acuerdos transversales en las materias urgentes (pensiones, salud, educación) y a la vez en no bajar los brazos. Asiente con la cabeza y luego de un rato se levanta, junto a un amigo que se le une, también poeta; envuelven sus rostros y antes de irse M me dice: “Hace un mes nunca hubiera pensado que iba a estar haciendo esto”.

En un mes han cambiado infinidad de cosas y la velocidad de los hechos es tan vertiginosa como un río Patagónico. En las últimas conversaciones que tuve con M hablamos de los suicidios en el metro y en el Costanera Center, del rostro de los pasajeros en el transporte público, de las pocas instancias de participación, de una sensación profunda de amargura. Hace un mes atrás nadie hubiera pensado que vecinos estuvieran comprando armas para defenderse. En un mes se han desarrollado los informes de DDHH de Amnistía Internacional, de Naciones Unidas y de Human Rights Watch: contundentes, lapidarios. En un mes las teorías conspiranoícas pasaron de la acción Castro-Chavista a la evidencia del narcotráfico y de grupos de delincuentes actuando a gusto en la periferia. En un mes se ha discutido como nunca el actuar de las fuerzas de orden, sus métodos, sus gases tóxicos, sus balines 80% de plomo, sus dichos a la prensa y su supuesta impunidad. En un mes los hackers han ingresado y revelado información secreta de Carabineros, puesto a la luz pública las cuentas de políticos chilenos en el paraíso fiscal de las Islas Caimán. En un mes hemos visto turbas atacar a comisarías, saquear centros comerciales, hoteles, iglesias, arrancar de raíz farmacias, pequeños negocios, muchísimo fuego en los bordes de Valparaíso, muchísimo fuego en las esquinas de Valparaíso, en Concepción, en La Serena y en donde se mire. En un mes se ha discutido como nunca de la salud mental, de la poca importancia que se le ha dado y The Jocker, el famoso Guasón, aparece pintado en el rostro de las estatuas: los jockers andan por ahí gozosos en piromanía y otros felices con sus bastones y cascos verdes. Hace un mes que políticos de izquierda y de derecha han sido funados hasta el hartazgo, en la desértica Antofagasta, en las áridas carreteras de la Quinta Región, en la mismísima Alameda, en otros tantos lados.

¿Cuánto duele Chile a las 12 de la madrugada?

¿Cuál es el ritmo? Se preguntan algunos.

A esta altura todo es simbólico y nada es simbólico.

Clic, clic, tac, tac, tac. Dejo a M atrás, avanzo por el Puente Pio Nono para tomar la micro. Veo pasar un helicóptero de carabineros sobre la manifestación. Esquivo gente, logro salir. Llevo mi máscara, pero a pesar de ello un gas increíblemente fuerte me marea, pierdo por un momento la visión. Alrededor mío unas cuarenta personas comienzan a toser, cada vez más fuerte y luego vomitan a coro; otros se tropiezan, intentan a avanzar en la multitud. No veo nada, apenas respiro. Mis ojos lloran, mi nariz y mi garganta arden con furia. Logro alejarme, recomponerme en las escalinatas de una universidad. Bebo agua. Mis pulmones están habitados por el fuego. Pierdo completamente la noción del tiempo. Todo el dolor de Chile arde en los pulmones, en los ojos, en el cuerpo entero, en las noches que vienen.

LA TÍA DEL KIOSCO

Santiago 18/11/19, 20:30 hrs. Micro 426 camino a Estación Central, desvíos y barricadas; la policía cerca a los manifestantes desde el Metro Salvador. Transcripción. Texto dedicado a la poeta Inés Manzano, in memoriam.

Pero sabe qué, los cabros lo hacen por un buen motivo. Yo los apoyo, llevo cuatro semanas yendo a Plaza Italia a ayudarlos. Voy, les preparo algo de comer, les limpio sus heridas (aprendí primeros auxilios con la Cruz Roja). Son tan valientes. Yo no, vengo de otra generación. Y más encima dicen que son delincuentes, esa gente no sabe nada. En la primera línea hay estudiantes, cabros que trabajan y estudian, cabros comprometidos. Es que ellos dicen que no tienen nada que perder. Y yo tampoco, no tengo nada que perder. Tengo 65 años, mis hijos están grandes. No tengo miedo de morir, en eso nos parecemos. Pero son niños y niñas, son tan jóvenes, tienen tanta energía. Fíjese, el otro día a uno le dispararon dieciséis perdigones ¡Dieciséis! Y no me va creer que el joven volvió, volvió a dar la pelea dos días después. Mi generación está llena de miedo, fueron muchos años de dictadura, la mayoría prefiere quedarse en la casa, yo no puedo. Como le digo le hacemos comidita, o les llevamos algo, son súper cariñosos. Gracias tía, me dicen, y de repente es un pan con mortadela no más. Ya nos conocemos todos. Hay algunos que le han llegado perdigones en los ojos, usted no sabe lo que me duele eso, que ya no puedan ver. Ahí estamos, respirando lacrimógena. Es que si ellos no estuvieran ninguno de los otros podrían estar manifestándose. Es que los pacos tienen miedo, están muertos de miedo, porque nunca vieron algo así; hay varios que están locos, locos de verdad, pero son humanos igual que nosotros. Tengo siete hijos, tres los tuve en Argentina, durante el gobierno de Alfonsín; yo vivía en la calle Rivadavia, en el barrio de Flores; fue muy linda esa época, difícil, pero linda, porque volvía la democracia y eso era una esperanza para nosotros. Aprendí mucho de los argentinos, pasé ocho años con ellos; usted ve esto de que la gente se toma las calles y las plazas, bueno, eso a ellos también les costó ganárselo, corrió mucha sangre, pero es un pueblo que lo tengo en el corazón. Yo atiendo un kiosquito, ahí en la Avenida Providencia, lo trabajo y he tenido muy buenas conversaciones. Sabe, es que yo tengo un don, tengo la palabra, la letra, la gente va y me compra libritos, revistas y diarios y ahí se arma una conversación. Imagínese, he atendido gente facha, momia, y la he logrado convencerlos de algunas cosas: es que muchos no saben cómo vivimos los pobres, lo complicado que es llegar a fin de mes en este país, porque hay que romperse la espalda y para qué, para que todos estos desgraciados de los políticos se llenen los bolsillos con nuestro trabajo y nos quedemos sin nada, porque usted ve los hospitales, ve esas listas de esperas y los pobres médicos se sacan la cresta para poder atendernos. Y para qué le digo las municipalidades, ahí también está lleno de corruptos. ¿Le cuento? Una vez, trabajando cerca de Tribunales vi como un juez hablaba con un abogado y el juez le decía, mira de lo que robaron pásenme 20 y estamos. Y así es, pero así es en todos lados, lo que pasa es que aquí se desvirtuó la cosa. Antes la gente no conversaba, ni se miraba y esto que pasó hizo que salieran de sus burbujas, que se encontraran e hicieran cosas juntos, por ejemplo nosotros, quizás si esto no hubiera pasado nunca habríamos tenido esta conversación; es que el foco está en la plata, en lo individual y ahí es donde se desvirtúa. Por eso yo salgo a apoyar a los cabros y a las cabras, porque tenemos que lograr sacar a todas las lacras de esta sociedad y eso no lo hacemos solos, ahora estamos unidos, tenemos fuerza. Bueno, cuando usted pueda páseme a ver al kiosco, yo he conversado ahí con vecinos de Providencia, varios eran “reticentes” -esa es la palabra- a salir a marchar y yo los he hinchado de que no podemos perder la calle, son nuestros derechos, es lo que nos han quitado por tantos años: la educación, nuestras pensiones, los ríos. Y sabe qué, mucha de esa gente que me decía que en las marchas había puros violentos, han vuelto y me han dicho que les decía la verdad, que hay un ánimo distinto y se han sentido parte de algo. Por eso yo admiro a esta juventud, que sale, pega carteles, se ayudan, preparan enfermerías, que no dejan avanzar a los pacos, que ayudan a los bomberos y a las ambulancias. Dios, ayer, usted vio, murió un chiquillo en la Plaza porque mientras lo atendían, los pacos atacaron a los médicos con el guanaco y le vino un paro respiratorio y se nos fue. Esas cosas, digo, son fuertes, son tantas almas tan jóvenes jugándosela por esto que yo pienso: ¿cómo no voy a jugármela por ellos?

Wangulén o el espíritu de Violeta Parra

15/11/19

Calaveras que bailan en la comparsa, al ritmo del trombón, la trompeta, un bombo y la explosión de un platillo; suena desde un altavoz el recitado de otro muerto que dice “Miren como nos hablan de libertad / Cuando de allá nos privan en realidad / Miren como pregonan tranquilidad / Cuando nos atormenta la autoridad”, hasta que la melodía llega al coro que los vivos repiten clamando al sol imponente: “¿Que dirá el santo padre / que vive en Roma / que le están degollando / a sus palomas”. El fantasma de Violeta Parra atraviesa este país desde el desierto a los fiordos, de las altas cumbres a las bahías. Los chinchineros metros más allá también saltan y giran sobre sí mismos, mientras que a la sombra del Centro Cultural Gabriela Mistral (el antiguo Unctad III planeado por Salvador Allende) los serigrafistas trabajan a toda máquina con sus planchas, tintas y papeles; otros llegan, compran o pegan sus diseños subversivos en los muros, los llamamientos a la sublevación popular, el maldigo del alto cielo a los políticos y sus vástagos con bastones que, sin querer tenerlos encima, de pronto aparecen envolviendo la Alameda en gas y lanzaguas, generando una distorsión completa del carnaval. Los castrados atacan a los libres, pero los libres vuelven a retomar sus posiciones de combate.

Día de Paro Nacional, de buses enteros llevando a parvularias, de calles repletas de hombres con cascos y consignas. Ningún gremio desea quedar ajeno y las banderas van repletando desde temprano los rincones. No hay nadie que no salude a los estudiantes, más preparados que nunca con escudos, guantes de seguridad, lentes de protección, rodilleras, máscaras antigases y botellones de agua con bicarbonato en donde depositan las lacrimógenas hasta anularlas. Esa es la primera línea de choque, la que defiende y permite que la manifestación se desarrolle. Esa línea es la que sufre más bajas. En las calles adyacentes a la Alameda se encuentran grupos de la Cruz Roja y de médicos voluntarios que atienden las emergencias: balines en todo el cuerpo, atropellos con motos, bazucazos con bombas químicas. Las piedras vuelan en esas zonas, una verdadera lluvia amazónica en donde no se distingue absolutamente nada. Me recuerdan al destacamento de la novela Noviembre de una capital del escritor kosovar Ismail Kadaré, esa línea de fuego que mantenía la toma de la plaza central de Sarajevo en medio de la retirada nazi. Parecería una exageración, pero los tiempos se cruzan como se cruzan los colores en las arpilleras de Violeta y alguien por ahí surge del humo tocando en un violín el Bella Ciao de los partisanos.

¡Pacos culiados! Se escucha en todas partes y más cerca de la Moneda el fuego de las barricadas es cada vez más alto. Paso con mi amigo P por ahí, corriendo agachados, mientras vemos al fondo la batalla y a un costado un grupo organizado levantando el pavimento para arrojárselo a los enemigos. Estuvimos gran parte de la tarde moviéndonos tranquilamente por Plaza Italia, viendo cómo se armaba una improvisada pichanga y una pelota rebotaba de un lado a otro; también vimos a la famosa tía Pikachu, una mujer que anima con el disfraz del personaje cada marcha; vimos los murales en donde pintan un par de ojos y siempre uno herido y sangrando; vimos a las que venden cerveza y pizzas, a los obreros orgullosos y a la gente animar desde sus balcones; vimos a los garzones y dueños de las fuentes de soda atender a las multitudes con schop y un buen sánguche; vimos a los que venden libros sobre una mantita y vimos avanzar un títere gigante del Negro Matapacos; allá lejos las ollas comunes donde se sirven lentejas y panes para recuperar la fuerza o a los héroes que regalan agua en Parque Bustamante.

Todos sabíamos que esta jornada de Pero no sería fácil, pero la mayoría entendía que el día siguiente sería aún peor. El 15 de noviembre se conmemoraba un año del asesinato del joven comunero mapuche Camilo Catrillanca, vilmente atacado en Ercilla por un grupo de Fuerzas Especiales, al momento que él y un menor pasaban un tractor para arar la tierra. Ese caso, aún sin resolución judicial, con culpables visibles –los miembros de Comando Jungla, creados durante el gobierno de Michelle Bachellet- sensibiliza aún más a la población al ver cómo el experimento de ultraviolencia aplicado contra los mapuches se replica hoy en Punta Arenas, Antofagasta, La Serena, Villa Alemana, Viña del Mar, Rancagua y en todo Santiago. Entonces, cuando llegó el 15, cuando se esperaban a las yeguas del Apocalipsis, luego de los desmanes, quemas y saqueos de grupos agitados y narcos en la periferia, el padre de Catrillanca elevó una sola petición: que sea una manifestación pacífica. Y por lo menos, de parte de la población tuve eco: hay que respetar la pena de Arauco.

Algunos se dirigieron a la Plaza de Armas, otros a Plaza Italia, cada ciudad tenía su punto. Yo me acerqué hasta la plaza Manuel Rodríguez donde en un principio éramos unos pocos y terminamos siendo cientos. Con tiza sobre el piso se dibujó un kultrún, el tambor mapuche en donde están inscritos los puntos cardinales y las estaciones del año. Sobre él los vecinos depositaron velas que encendieron pacientemente mientras caía la tarde. De fondo un niño con una gorra de un equipo yanki de basquetbol, sopló su trutruca con fuerza y una anciana sacudió su kadwilla dando el pulso: habían piloylos, püfülkas y trompes, a las que respondíamos gritando con fuerza ¡Marichiweu!, es decir, ¡Diez veces venceremos! En otros lados estas manifestaciones fueron reprimidas con extremidad, pero nosotros pudimos avanzar al rededor del barrio izando la Wenufoye o Canelo del Cielo, nombre de la bandera que reúne al pueblo mapuche bajo el signo de su árbol sagrado. Avanzamos y se iban sumando los estudiantes que mantenían el paro en sus facultades, los ancianos en sus casas, los niños con sus padres, los encapuchados que encendían barricadas, las feministas movilizadas, los inmigrantes que venían de más al centro de la ciudad, los que volvían cansados de sus trabajos. Todo esto lo hacíamos mientras a puertas cerradas la oposición y el gobierno planeaban una salida política para la elaboración de una nueva constitución, de una especie de asamblea constituyente, con letras tan chica como las termitas y que le sigue dando un respiro a estos grupos coludidos para mantener sus privilegios, la sujeción bajo el amparo del ánima de Pinochet y sus boys. El tocadiscos de mi mente ahí puso la aguja sobre las Últimas Composiciones y Violeta volvió a cantar “Miren como nos hablan del paraíso / cuando nos llueven balas como granizo / Miren el entusiasmo con la sentencia / Sabiendo que mataban ya a la inocencia”.

Por más que se las quieran dar de mesías o Cristos del Elqui, estas termitas que han corroído la fronda social están tan asustados con esta espontaneidad que ven agotar literalmente sus cartuchos finales. Sin embargo, prefiero quedarme con otra imagen, con una que demuestra la potencia del relato. Cuando nuestra marcha ya terminaba, una niña que cargaba una bandera azul con una estrella le preguntó a su padre qué significaba. Él le respondió que la estrella era Wangulén, una mujer, y el azul donde se sostenía se llamaba Kalfú y que es lugar donde una llega cuando muere. La niña se quedó mirándolo, luego giró la cabeza y apuntó a la luz de Venus que aparecía en un azul increíblemente similar. ¿Allá irán los valientes o es el espíritu de Violeta Parra que nos vigila?

Lxs niñxs del SENAME

11/11/19 – 13/11/19

Escucho al rapero Portavoz, sus rimas son la banda sonora de todo lo que está pasando. “Nadie lo vio venir” dicen algunos “especialistas” y políticos en la TV, refiriéndose a este estallido. Pregunto: ¿insurgencia? ¿estallido? ¿revolución? ¿revuelta? ¿en serio no lo viste venir? Podríamos dar mil nombres de historiadores, intelectuales, organizaciones políticas que venían anunciando el sonido de las explosiones nocturnas, de un Santiago repleto de fuego. Podríamos empezar primero por los nombres, los miles de deudores habitacionales, los millones de estudiantes, ecologistas, profesores y profesionales de la salud que cada año son neutralizados en su discurso: se destapó la olla. Les faltó poner oreja a “El otro Chile” de Portavoz, con su velocidad, su energía frenética; les faltó poner oreja al rap de la tierra, de la tierra seca, completamente seca.

Hace unos días los vi pasar. Se enfrentaban con carabineros piedra a piedra. Yo caminaba hacia el barrio y me escondí detrás de un árbol, cuando sentí el contrataque. La victoria fue de ellos; el zorrillo (el expulsador de gases) quedaba completamente inmovilizado. Los cabros gritaban, las cabras levantaban las manos. “¡Vámonos por dentro!” dijo uno apuntando un pasaje. Corrieron. Los seguí. Ya era tarde, las marchas habían sido dispersadas en el centro a punta de operación regular: balas, lacrimógenas, gas pimienta, lanzaguas. Caminaron una cuadra delante de mí, hablando de “cachaste cómo le pegó la hueá al paco”, “brígido y estabai cagao de la risa”. Se reían honrando su tarde de triunfos. “El balín me pegó entero fuerte eso sí”. Pararon junto a un negocio de completos. “¿Cuánto hay?”. Juntaron monedas. Les alcanzaba para 3 y eran 5. Decidí esperar detrás de ellos, pedí también mi completo, alimento de los estudiantes y trabajadores a media tarde, de oficinistas cerca de tribunales, como las sopaipillas con pebre en los puentes o las arepas venezolanas en Estación Central. Compraron los 3, pidieron si le regalaban uno. No. Se sentaron en la cuneta a saborear sus trofeos. Me senté junto a ellos. Me miraron rarísimo. Habrán pensado: ¿qué chucha este loco? o ¿será paco este hueón? Sin embargo eso sólo lo pensé yo. Es más, cuando notaron que ponía atención a lo que hablaban, me lo preguntaron sin desvaríos ¿erí paco, loco? No, cumpa, le dije, andaba en la marcha. Mentí, yo sólo andaba por ahí, cuchicheando. Eso sí todo el tiempo soy sospechoso, pero esta vez preferí ir al grano, igual que ellos. Cabros, ¿y ustedes son de por acá cerca? Nosotros vivimos pal lado de San Pablo, ahí aguantamos. ¿Y se conocen de dónde, en la marcha? ¿Vai a escribir nuestra historia? Rieron, se rieron obviamente de mí y de la situación. Quizás, les dije. Y ahí una de las chicas habló: del Sename poh’, nosotros estuvimos en el Sename. Vamos y volvemos de ahí. Recordé el cartel que hizo A para salir a protestar en Valparaíso: “El Estado los evadió primero”.

El Sename es el Servicio Nacional del Menor, una de las instituciones más cuestionadas –entre tantas otras- en este momento; en 2017 se filtró un informe de la Policía de Investigaciones que se resumía así: “El Estado de Chile viola sistemáticamente los derechos de los niños que están bajo su tutela”. Ese informe fue lanzado a la basura durante el gobierno de Michelle Bachellet: 2071 abusos constatados y 310 de “connotación sexual”, replicaba el diario Ciper en julio de 2019 al filtrarse el documento. Ahora muchos de esos niños están en la calle, reuniéndose en medio de la protesta, descargando su ira a punta de pastelones y otros minerales urbanos. Es más, según una investigación sobre derechos humanos entregada por la municipalidad de Valparaíso a la comisión de la ONU afirma que desde el inicio de la crisis social en Chile fueron detenidos en esa ciudad 46 menores de edad, de los cuales 21 “han pasado o se encuentran siendo intervenidos por la red Sename”. Solo tuve que poner esas tres sílabas en el buscador de google para enterarme de esto último y de otras decenas de noticias sobre esos centros o tierras baldías extendidas a lo largo del mapa.

Estos datos me rebotan y vuelven. Los chicos no volvieron, no los vi más. Sólo compartimos ese momento, mientras cada uno trataba de concentrarse en que la palta no resbalara al suelo. Yo pedí que cortaran mi completo por la mitad y lo compartí, es mucho para mí, les dije. Me contaron de dónde venían, de sus casas que no eran casas y del número de hogares en que estuvieron, de las últimas noches que habían pasado en la calle, pero no se abrieron mucho más, la desconfianza estaba instalada: yo no venía de su mundo. Esto me gravitó sobre mi cabeza durante una semana: lo singular que los más desposeídos, los más atacados por el sistema sean aquellos que lo están poniendo en jaque. Como también pasa con las poblaciones, en Puente Alto donde se ha reprimido brutalmente a un grupo de estudiantes que se habían congregado pacíficamente –a tal nivel que el mismo alcalde denunció el hecho- o esta noche en Lo Hermida, en Peñalolén donde a punta de rifles carabineros salió en búsqueda de dirigentes estudiantiles y sociales, con un uso de fuerza filmado por los habitantes y difundido por redes sociales. De esto no habló ningún canal de televisión y la gente de a pie lo sabe; sin ir más lejos escuché a una muchacha decírselo a su madre en la micro: “yo ya no prendo la tele, mienten siempre”, a la vez que explicaba: “mira mamá ese fuego es falso, está hecho con un programa. Ese supermercado lo quemaron los pacos”. Periódicos como The Guardian, CNN o el NY Post –que uno podría tildar de conservadores- han puesto en evidencia la complicidad de los medios en esta cruzada por aplacar al movimiento, incluso este último dio clases al preparar un breve reportaje sobre los casi 200 casos de pérdida de la visión que han sufrido personas por disparos de la policía con balines de goma, apuntados directo al rostro y que la ONU y Aministía Internacional han salido a tratar como armas letales. Esto pasa en Chile y no es evidenciado y aunque el gobierno salga a poner en la mesa una nueva constitución (a su medida y sin perder pan ni pedazo) y un paquete de medidas para ser incluidas en el presupuesto del próximo año (sin jugársela por un plan a largo plazo), esta mancha de sangre no saldrá con facilidad.   

Respiro luego del punto aparte. La imagen de la mancha de sangre sobre el asfalto. La imagen de esos niños caminando por Sazié mientras bajaba el sol. También el sonido, el rap de Portavoz que comienza así: “En la noche luna llena / En el día suenan las sirenas”. La ciudad ya no es igual, realmente es un campo de batalla. No hay lugar del centro que no haya sido afectado. Me imagino a Atenas en plena crisis económica. En Buenos Aires en 2001. Probablemente en Kosovo. En La Paz las cosas tampoco se ven tan lindas y amigos me escriben desde lejos para decirme que me cuide. En Providencia las farmacias y grandes centros comerciales blindan sus vitrinas, como también el Presidente se blinda para no dialogar con los ciudadanos. En los buses se oye “¿cuándo irá a terminar esto?”. Da pa largo, contesta una voz y se oyen frenos al pasar junto a los restos de barricadas. Yo me pregunto dónde andarán ahora esos muchachos, será mejor esto qué ese infierno del que salieron ¿Quién soy yo para seguir escribiendo luego de haberlos visto perderse entre las sombras?

Nosotros, los anarquistas

8/11/19

Salimos, hacemos dedo, alguien para, “buenas tardes, compañero ¿para dónde va?”; nos abren las puertas y subimos dos, tres, conversamos, damos las gracias. En otras ocasiones hacemos parar un bus y levantamos la voz para decir “hermano, ¿nos lleva?” y pasamos obreros, estudiantes, profesionales y ancianos, no hay diferencia entre nosotros; ya arriba uno me pregunta “¿de dónde viene caminando?” y el fluir de las palabras nos lleva a la contingencia y a darnos la mano con un grito al bajar “¡hasta la victoria, siempre!”. Así somos, los anarquistas.

Nos juntamos en espacios amplios o estrechos, en casas, en centros culturales, librerías, organizamos y participamos de las asambleas. Se discuten procedimientos sobre un cambio en las reglas del juego. Se discute: unión vecinal, seguridad y acciones contra la represión de carabineros. Se discute: bases del sistema neoliberal, cómo nos afecta, cómo nos ha carcomido por dentro, cómo es la vida en otras partes del mundo, qué es lo que merecemos. Se alzan manos, ninguna pregunta es más inteligente que las otras, hay consensos, se liman asperezas. Así nos reunimos, los anarquistas.

Estamos en las calles, con lienzos, con banderas negras con una estrella blanca. Creemos en el sustrato de nuestra tierra, honramos el valor de nuestros ancestros portando banderas mapuches. “A mil la bandera”, gritan, “dos pañuelos a quinientos”. En comunidades, en gremios marchamos, en comunidades y en gremios queremos contribuir a la construcción de una nueva sociedad. A una librería entra un profesor de Punta Arenas, lleva 4 libros sobre asambleísmo: “Los llevo para discutirlos con mis vecinos y con mis alumnos, hay que fijarnos en el cómo, eso es muy importante para que nadie se reste, para que haya verdadera representación”. En su gran mayoría despreciamos completamente la intromisión de fuerzas políticas clásicas, ante todo de los partidos políticos y sus visiones verticalistas; en la brisa que pasa todos abogamos por horizontalidad. “Esto lo construimos todos o no se construye” grita un jubilado en el Paseo Ahumada, el mismo lugar donde el poeta Enrique Lihn proclamó en plena dictadura su “desencanto general”.

Nuestras armas son las ollas, nuevas o viejas, en donde alimentamos a nuestras familias. Eso hacemos los anarquistas. Somos el gran enemigo de un tirano piscópata que detesta la alteración de la “normalidad” en la que estábamos sumergidos. Ante su eclosión psíquica, las brigadas de artistas intervienen las paredes con el rostro del perro Matapacos, ícono, emblema y mascota de nuestra unidad: un quiltro, un animal de la calle que ladra y muerde al poder sin una pizca de miedo. Pero nos han detenido, nos han golpeado con carabinas, nos torturado y desparecido, nos han asesinado ¡Nos han asesinado! Y el rostro de cada uno de los caídos puebla las calles; cerca de casa un muro los sostiene en toda su extensión; un vecino, un señor de edad, cargando un carro lleno de cosas me dice “estos son los muertos del terrorismo del estado; todos ellos murieron por unos mugrientos pesos”; él se queda ahí, contemplándolos como si fueran sus nietos y otros encienden velas en las veredas de todas las ciudades.

La primavera del anarquismo es intensa y llena de hélices, de sirenas que cantan, de medios y enteros a los que nadie cree, de bocinazos, de gases tóxicos arrojados día y noche sobre las poblaciones. Pero tenemos otra arma ante ello: la antipoesía, no la de Nicanor Parra, sino la que siempre estuvo, con su sin respeto, con su posibilidad de ironizar todo, con los carteles que claman “son tantas cosas que no sé qué poner”. En los bares algunos llaman a beber a una cerveza y a dar un salud al grito de “¡Piñera conchadesumadre!”; las farmacias ofrecen el famoso mentolatum, ungüento con el que la policía justificó un video en que algunos de los suyos eran mostrados inhalado cocaína. La antipoesía se ríe de una alcaldesa que corre frente a la televisión con memes infinitos, se ríe de los intentos desesperados de la ultraderecha de formar movimientos de choque que defiendan sus privilegios de clase. La antipoesía se ríe del hackeo de Anonymous al sistema de carabineros; queda en evidencia que durante años han perseguido cientos de actores sociales, pero jamás a un narcotraficante.

De la saga “Cecilia Morel y los alienígenas” viene también Man in Black con privilegios.

Algunos de nuestros anarquista creen en la acción directa, en el ataque decidido a las estructuras simbólicas del poder: vandalizar bancos, romper farmacias, apedrear oficinas privadas de pensiones y edificios corporativos, y también a monumentos, como el huracán humano que arrasó con el memorial al teórico de la dictadura y su sistema político y económico: Jaime Guzmán. Pero como dijo una psiquiatra interpelada en plena calle por un periodista: “sé la situación, el saqueo que viene de años y de cómo le han robado al pueblo de Chile; por supuesto que no valido la violencia […] pero han sido muchos años de abusar de la gente. No avalo la violencia, pero la entiendo. Y el antisocial que nos está gobernando es el más antisocial de todos. No empatiza, no escucha, miles de personas le están diciendo por favor haz cambios, ayuda a la gente. Él se está rifando este país”.

Piñera cree que con más apriete apagará esta llama anarquista, pero los gremios están ahí para cortar los accesos a la capital y a las ciudades grandes; los camioneros, los portuarios, agricultores, médicos y enfermeros que defienden a sus pacientes del desabastecimiento del servicio público, profesores que se interponen a la policía para que no baleen otro liceo como el Liceo 7 de niñas, cobardemente atacado. Piñera cree que con apriete esta barricada se va a apagar, pero la insurgencia llegó para quedarse con sus gritos: ¡Piñera escucha, ándate a la chucha!”, “¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!” “Vecino, escucha, únete a la lucha!”

En fin, somos y no somos los anarquistas. Lo somos en el encanto del trabajo comunitario, en la colectivización de confiar en nuestros almacenes de la esquina, al momento de darnos una mano, de organizarnos como en los viejos ateneos de principios de siglo XX donde se jugaba la formación política y ética del pueblo. No somos anarquista porque aún pagamos cada mes las deudas que nos persiguen, las tarjetas de crédito que abundan, los altos alquileres y servicios, los intereses de los intereses, imponemos a las AFP y nuestras jubilaciones y sueldos resultan escuálidos, por más que el gobierno y el congreso realicen reformas a todo vapor (y con letra chica). Esta es nuestra duplicidad de mezclar hoy la lucha, el pan, el amor, el dolor y la deuda, el débito y la ira contra el actuar desmedido de la policía, la ira contra la estupidez de nuestros representantes, pero la confianza en que la bandera negra y su poesía se quedarán aquí plantadas por un buen tiempo.

El pulso salvaje

28/10/19

A Maxi y Sofi

Escribo esto y mis vecinos barren la vereda; yo también barro, lavo mi ropa, preparo comida. A media cuadra un grupo se reúne a rezar el rosario: ave maría purísima, sin pecado concebida, repiten. Al frente alguien cuelga a secar sábanas, llega el pan a la panadería, se riegan plantas. Las micros son desviadas y en las plazas se comienzan a preparar para los cabildos. Anoche me junté con unos amigos luego de que se levantara el toque de queda. La 106 avanzó lo que más pudo por la Alameda donde el ambiente está más tóxico que nunca, tras una semana de agentes químicos arrojados sin descanso. Siguen las marchas y las banderas. Las murallas hablan con sus graffitis. Bebimos cervezas y celebramos entre risas “que el presidente nos diera permiso para carretear”. Habían poco temas, todo obviamente giraba en torno al calor de los eventos. Inevitablemente volvíamos a caer, por más que quisiéramos distendernos por un segundo, la política llegó para quedarse: “¿cómo no va a renunciar ese hueón de Chadwick?”, “¡aún no hemos logrado nada!”, “¡¿cómo es eso de gente muerta calcinada en un supermercado?!”, “¡Piñera pidiendo un minuto de silencio por los muertos!”, eran algunas cosas que se podían escuchar.

Escribo esto y en el diario oficial de la república (del sábado 26) se anuncia sin asco que el ministerio del interior otorgará una gratificación a personal de carabineros de un 30% de su sueldo y a las fuerzas especiales de un 20%, por sus “operaciones”, en otras palabras por acciones represivas: siguen apareciendo más videos y fotografías de miembros de la policía y militares permitiendo saqueos, organizándolos, lanzando bombas, golpeando indiscriminadamente, incluso robando con mobiliario de la institución. Según la última encuesta CADEM el apoyo al presidente se desplomó al 14%, el más bajo que haya obtenido un mandatario desde la vuelta a la democracia. Más allá de que el mismo Piñera pidió la renuncia a su gabinete aún no se ve a nadie levantando la mano. La oposición sale a un debate con el oficialismo en televisión: se tiran una pelota con fuego en temas de alta importancia como la creación de una Asamblea Constituyente, el fin a las Administradoras de Fondos de Pensiones, la reforma tributaria, etc. Ni los socialistas ni la ultraderecha de Kast salen bien del paso, aunque todos se quieran colgar del resultado de la gran marcha del viernes. Un botón de muestra de la incomprensión del momento es el intelectual Carlos Peña, que luego de haber vapuleado el movimiento como inconsistente, hoy sale a decir: “los partidos ya no conducen, son impotentes”, como si no lo supiéramos hace un par de años o no lo hubiéramos visto en las marchas donde hasta las banderas de los comunistas fueron bajadas por la presión popular.

No hay una sola micro en la noche. En Irarrázaval están encendidas las barricadas. Uso una aplicación para llegar a casa. El conductor es un mendocino que vivió muchos años en Buenos Aires y luego se instaló en Santiago. “Admiro el coraje de la gente”, me dice mientras esquiva otra barricada en Vicuña Mackena y se ve al fondo a la policía con los lanzaguas. Le escribo a un poeta joven de Rancagua que me cuente qué está pasando por allá; ahora habla él:

“Tanto mi mamá como varios amigos y amigas corroboran que cierto día los milicos sobrevolaron el sector alumbrando las casas e incluso lanzando bombas lacrimógenas a las villas. Mi madre me habló de algo como miedo pero que no era miedo y que se sentía adentro en el cuerpo cuando escuchaba el helicóptero. Un amigo me dijo que estaba cansado de salir todos los días pero muy feliz de estar todas las tardes con la gente en la calle, conversando. Y que no podía dormir, que no tenía pena, pero que no podía dormir. […] (el día sábado) la gente de la U siguió su camino por la calle Independencia mientras todos los locales bajaban sus cortinas metálicas. En la plaza se encontraron con la barra del Colo y comenzó una fiesta. Por mi parte busqué algún conocido entre la gente. Me encontré con un amigo que esperaba solo sentado en el pasto. Reconoció estar igual de nervioso que yo, pensaba que nadie marcharía y que todos estarían descansando para empezar el lunes con normalidad. En ese momento se realizaban dos cabildos abiertos en la comuna: uno en el Parque Koke y otro en la Plaza El Corregidor. Conversamos sobre la importancia de estos, pero ambos sentíamos que particularmente este día era más importante salir a la calle para que la tele nos grabara como multitud y nos mostrara en la pantalla para que mi abuela y el colectivero de la mañana dijeran: así que todavía hay marchas. Nos acordamos de los cabildos del 2016, donde las resoluciones terminaron como sugerencias que nunca se tomaron en cuenta, y concluimos que si Piñera nos está matando no tendría problema alguno en no considerar nada de lo que pensáramos sobre el país”.

#estonopara dice un hashtag y mi amigo Jorge tampoco para. Me encontré con él hace un par de días cerca de metro Salvador y continuamente nos llamamos. “Esto es un flujo que no debería detenerse, nace del flujo y se mueve con él”. Dicen que se lo vio el día viernes montar el caballo de Baquedano en Plaza Italia, sosteniendo un libro de Maiakovski. Nunca me deja de sorprender. Y me dice que lea un poema que se llama “Los ancianos” y que parece resumir esta intensidad:

Y yo,
buscaba enloquecido,
el pulso salvaje de la ciudad
acostándome con “La Pasión” de sus plazas.
¡Entren pasiones!
¡Trepen con amor!
¡Desde hoy no soy dueño del corazón!
En los demás -yo sé-,
el corazón está en casa,
en el pecho,
lo sabe cualquiera.
Conmigo,
se volvió loca la anatomía,
soy todo corazón,
y palpita en todas partes.
¡Oh! Cuántas primaveras tuve
en veinte años encendidos y plenos.
El corazón tiene su apéndice,
y su carga sin gastar,
es simplemente insoportable.

Limpio el baño, duermo siesta, salgo a oír los cabildos. Trato de leer y no puedo. Afuera, confirma el Instituto Médico Legal, hay cien personas con trauma ocular severo por los balines de goma (con punta metálica) disparados por agentes del estado. Me mantengo atento a las elecciones en Argentina: el neoliberalismo abandona el país, vuelve el peronismo con Fernández. En Uruguay hay ballotage. Llamo a mi papá en Ecuador: ¿cómo van las cosas allá, viejo? Me envían un video de Viña del Mar nuevamente conectándose con Valparaíso en una marcha histórica, mucho más grandes que las anteriores; un periódico a esta hora cuenta: “Las miles de personas que avanzaron sin disturbio alguno por avenida España fueron atacadas con gases a pesar de la presencia de niños, adultos mayores, y familias completas”. El alcalde del puerto reclama: “Lo que hizo el gobierno fue encender la mecha”. Vuelvo al departamento y en el camino compro el pan, se escuchan aislados cacerolazos. En este país no hay normalidad, no hay nada de normalidad. Es posible que nos estemos preparando para otra semana intensa, otra semana para saber la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos, otra semana de asambleas, otra semana de sobrecargo de información y poca humanidad en los medios, otra semana para pulular en las calles como el polen que surge desde las flores y flota con el viento.

Todo tiempo es presente

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23/10/19

A Patricio Bravo

Tequeños, chaparritas, empanadas, plátanos, agua fría, limones, sopaipillas, pañuelos, banderas, pantalones, manzanas, papas fritas, arepas y un tipo sentado en un pupitre con un teléfono de línea (¿qué carajos venderá?). Las haitianas amamantan a sus bebés y las abuelas en esa misma sombra se abanican; un oficinista golpea con una varilla un tacho de basura llevando el ritmo. Los taxistas tocan sus bocinas, los autos reproducen a todo volumen “Quieren dinero” de Los prisioneros; un grupo de 30 personas baila cueca en plena Alameda, el número de los que llegan hasta este lugar aumenta y no hay muro que no cargue con orgullo una consigna contra el presidente, la policía, sus ministros, los militares: contra cualquier político. Incluso uno de esos rallados llama a renacer a Michimalonco, el líder picunche que ofreció una férrea resistencia contra las huestes españolas y dejó Santiago en cenizas. Alterando una frase de T.S. Eliot: en Chile todo tiempo es presente.

En los balcones se invoca a Víctor Jara en estéreo. Las universidades y sindicatos se acoplan a la movilización. Madres e hijas, abuelos y nietos, gente con y sin sombrero: todos estamos hartos. Las marchas atraviesan ciudades, unen a Viña del Mar con Valparaíso, ponen a bailar a Concepción, a colapsar las vías de Punta Arenas y Puerto Montt. El servicio de salud sale a las calles, los portuarios, los profesores. Escribo esto mientras me recupero del gas pimienta en una plaza. Casi quedo fuera de circulación –esta vez sí que fue fuerte. Las multitudes siguieron su paso y así debe ser. “Si no lo hacemos ahora nos arrepentiremos para siempre” dicen los choferes del metrobús de Limache a Valparaíso, según me cuenta mi amigo Pato Bravo: “El tren pasa por las ciudades, pasan las marchas y el conductor toca la bocina en señal de apoyo. La gente está feliz apoyándose. Los cabros dentro del vagón se llaman a seguir luchando, a no parar”. Pero vamos a la pregunta ¿hay certidumbre de lo que se pueda llegar a cambiar? ¿Cuál será la marca del triunfo? ¿Será un triunfo en la medida de lo posible o será total? Es cierto lo que dicen: están buscando dirigentes estudiantiles a sus casas; la policía entra sin permisos, sin orden de allanamiento; existen videos, los medios de comunicación los duplican y el INDH lo confirma junto con el dato de 2138 personas detenidas, 376 heridos de los cuales 173 han sido alcanzados por armas de fuego, 5 muertos confirmados por agentes del estado (y aún otros diez por confirmar), junto con 44 acciones judiciales en proceso. Por eso repito la pregunta ¿hay alguna certidumbre? Ante estos datos el ministro del interior Chadwick no piensa en renunciar. Si varios lo tuviéramos de frente le preguntaríamos ¿qué espera? Digo esto y la radio me confirma: se realiza un llamado obligatorio a las reservas activas del ejército para reforzar “labores” en este “Estado de emergencia”. Del otro lado los encapuchados se encabritan y lo rompen todo. Los ciclos de la represión se renuevan como la primavera, pero no hay lugar a dudas que alguien tiene que renunciar.

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Si las cosas siguen con esta fuerza hasta el fin de semana es probable que este país se convierta en una voz inconfundible, una voz que necesita más que nunca a todas las voces de afuera: necesitamos las manos y los pies que tengan porque este estadio del neoliberalismo comienza a entrar en una fase superior del control completo de las fuerzas. Los dirigentes mapuches tienen mucha razón al decir que estas han sido formas que por muchas décadas el gobierno ha tenido con ellos, ese nivel de no-diálogo y violación de cuanto derecho exista ha sido el laboratorio indiscutible de la furia de la élite y sus sabuesos. Es por eso que traductores del mundo, amigos de otras partes, uníos: es urgente romper el “cerco mediático” de este país de latifundistas.

Cerca de mí un padre eleva una cometa, un volantín como les decimos acá, uno que tiene los colores de la bandera nacional y que a pesar del poco viento logra encumbrarse. De fondo un grupo de gente canta a coro “El derecho de vivir en paz”, ese himno de Víctor Jara, y lo cantan a todo pulmón. Vecinos de distintas facciones y opiniones hablan de realizar un cabildo, de organización, palabras que estuvieron en peligro de extinción en esta geografía. Los estudiantes juegan fútbol en las veredas. Las tropas de Michimalonco no están dormidas, vigilan detrás de las araucarias. La tarde enciende sus faroles, las amapolas y otras flores están abiertas, los padres y los niños aplauden para acallar la estridencia de los helicópteros.

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