Este es el momento

3/11/19

Escucho el canto de los cachuditos y zorzales. Son los aromos los que traen su perfume y abejas desde lejos. Al fondo, entre los troncos de las encinas, un grupo se reúne a conversar. En la feria se exponen tomates, albahacas, romero y limones. La vida pasa tranquila en Limache, mucho no cambia. La alarma de los bomberos sigue marcando el mediodía, pero sí los postes de luz del parque cargan carteles con los datos entregados por el Instituto de Derecho Humanos sobre el número de desaparecidos, muertos y heridos en estos ya quince días de movilizaciones. Increíblemente mientras esto ocurre –y una brisa fresca mueve las hojas de este cuaderno- hay un imitador de Michael Jackson, vestido como en el video “Bad”, que practica sus movimientos al ritmo de un parlante portátil; uno que estaba por ahí sentado, se le acerca y le pasa un billete de mil pesos y lo aplaude.

A pesar de esta aparente “normalidad” alrededor de la región de Valparaíso se organizan cabildos, charlas y asambleas autoconvocadas; algunas librerías abren sus puertas al debate, un grupo de manifestantes marcha desde este mismo Limache hacia el palacio de La Moneda para entregar una carta-petitorio al presidente, subiendo una cuesta de 1.500 metros altura y bajo el calor semidesértido de Til-Til. Los valles que forman la cuenca del Aconcagua y la cordillera de la costa han pasado a transformarse en “zonas de sacrificio” con desastres ecológicos irreversibles: la contaminación producida por la refinería de carbón de Ventana, los derrames de petróleo en Quintero, la prolongada sequía de Petorca y alrededores -que avanza a medida que se liberaliza aún más el monocultivo de paltas y coníferas-, la instalación de torres de alta tensión y de plantas termoeléctricas para solventar las demandas de la minería. La flora y la fauna autóctonas corren el grave peligro de ser reducidas a su mínima expresión, al igual que la larga tradición agrícola; la población ha salido a exigir en todos los términos posibles una respuesta –con estudios, advertencias y demandas- recibiendo únicamente el constante ninguneo de las autoridades, pero también de una parte de la ciudadanía completamente apática. Hoy en Chile la mayor batalla es la del individuo contra los medios y una clase política que invisibiliza, en una “guerra psicológica”, para desgastar los movimientos populares, en especial este, generando una confusión entre la manifestación y el saqueo.

El imitador de Michael Jackson revisa cada una de las coreografías del rey del pop. Una señora que vende plantas medicinales me dice “con todo esto no he podido salir a dar mis cursos, la gente está en otra, pero es mejor, este es el momento”; al lado una artesana comenta “mi hijo ha estado todos los días en las manifestaciones y ayer, que se quedó en la casa, hizo la manifestación desde su pieza”. Me cuentan que en la mañana el profesor y musicólogo Gastón Soublette –uno de los traductores más importantes del alma profunda de Chile- ha salido a la pérgola a dar una charla. Los chilenos somos un pueblo que le ha costado 17 años de dictadura y 30 de democracia salir de la criminalización de la expresión pública, un pueblo que le ha costado volver a reunirse y conversar, por lo que ahora los invito a dejar este ambiente de árboles frondosos para asistir a una reunión, a unas cuadras de aquí, a asistir a una reunión sobre la constitución, una de las más de 12.000 que se celebraron en estos días en el territorio nacional. Vamos entonces a la ONG Trekan de Limache donde el abogado Patricio Bravo nos pasa a explicar:

“Toda constitución tiene por misión organizar un Estado y al mismo tiempo brindar un catálogo de garantías mínimas para los ciudadanos. En sí, es un texto político y jurídico, pero especialmente es también un texto cultural, es decir, es el reflejo de la cultura política de una época. En este sentido uno de los grandes problemas de la constitución de 1980 –articulada en plena dictadura- es la existencia de un principio de subsidiaridad, que quiere decir que el estado sólo puede actuar cuando los privados no pueden o no quieren. Este principio es la base que sustenta el sistema económico neoliberal instalado en la misma época en este país: promueve la privatización y la acción de grupos intermedios, separa al individuo del estado y ese es uno de los puntos que más nos aquejan hoy, con nuestro sistema de pensiones, de defensa de los recursos naturales, nuestro acceso a una educación gratuita y de calidad y a una salud digna”.

Esto lo transcribo a partir de mis notas, Patricio es mucho más práctico y recurre a su memoria de códigos y artículos para hacernos entender que un cambio en la constitución no será un cambio en lo inmediato de las demandas actuales, sino que será una transformación a largo plazo en la cultura política del país, en su manera de interrelacionarse y llegar a una instancia más justa corparticipación. Los asistentes levantamos las manos y preguntamos, otros miran la señal por internet. Los asistentes somos trabajadores, personas de la tercera edad, estudiantes. Hay demasiadas dudas, pero logro percibir que nos vamos con más certezas. Sabemos que las reformas constitucionales son difíciles, ante todo en la que hemos tenido que convivir desde 1980 y que es un candado cerradísimo; hoy sólo contamos con nuestra presión hacia los representantes para llamar a las asambleas. Entendemos entonces que es nuestra responsabilidad la que nos puede llevar a formar una agenda única basada en un grito tan postergado. Nos despedimos de besos y apretones de manos, cada cual ofrece continuar la próxima semana, se abren posibilidades para llevar esto a comunidades más alejadas del valle y a otros centros de vecinos. Esto es algo nunca antes visto ni hecho en la historia de Chile, pero nadie quiere perdérselo. A mí me recuerda a las unidades de trabajadores filmadas por Patricio Guzmán en su documental “La batalla de Chile”, pero pronto me doy cuenta de que los años setenta aunque estén ahí con sus canciones, ya no lo están como una repetición cíclica, sino al contrario, están ahí desde su espíritu más participativo, desde una extraña sensación de unidad. Camino a través del pueblo donde nací y crecí hace 35 años y tal vez ya no es el mismo, aunque aún nos miren las montañas cada vez más secas y un cielo ya sin nubes.  

Nota: Las fotos 1 y 2 son de autoría de Pablo Rivera.

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre – Diego Alfaro Palma

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre. Diego Alfaro Palma è uno scrittore e poeta cileno. In questa cronaca, pubblicata la prima volta sul suo blog El panorama antes nosotros  il 24 ottobre 2019, racconta il livello di non-dialogo e di violazione di ogni diritto che il governo cileno sta usando per reprimere la protesta e lancia un appello affinché gli amici del Cile contribuiscano a rompere l’assedio mediatico che il paese sta vivendo in questi giorni.  La cronaca è stata tradotta per noi da Giulia Grimoldi, che ringraziamo. La foto è di Juan Carlos Villavicencio.

A Patricio Bravo

Tequeños, chaparritas, empanadas, banane, acqua fredda, limoni, sopaipillas, fazzoletti, bandiere, pantaloni, mele, patatine fritte, arepas e un tizio seduto a un banchetto con un telefono fisso (che cosa cazzo venderà?). Le haitiane allattano i neonati all’ombra, dove le vecchiette si sventagliano; un impiegato batte con un bastone sul secchio dell’immondizia tenendo il ritmo. I tassisti suonano il clacson, le autoradio trasmettono a tutto volume Quieren dinero dei Los Prisioneros; un gruppo di trenta persone balla la cueca in piena Alameda, il numero di quelli che si spingono fino a qui è in aumento e non c’è muro che non sfoggi con orgoglio uno slogan contro il presidente, la polizia, i ministri, i militari: contro qualunque politico. Addirittura qualche esaltato chiede il ritorno di Michimalonco, il capo picunche che oppose una strenua resistenza alle truppe spagnole e rase al suolo Santiago. Modificando una frase di T. S. Eliot: in Cile tutto il tempo è presente.

Dai balconi la gente invoca Víctor Jara con gli stereo. Le università e i sindacati si uniscono alla mobilitazione. Madri e figlie, nonni e nipoti, gente di ogni classe sociale: siamo tutti stanchi. I cortei attraversano le città, uniscono Viña del Mar a Valparaíso, fanno ballare Concepción, bloccano le strade di Punta Arenas e Puerto Montt. Il personale sanitario esce in strada, i portuali, i professori. Scrivo queste righe mentre mi riprendo dallo spray al peperoncino in una piazza. Mi ha quasi messo al tappeto: stavolta sì che era forte. La moltitudine non si è fermata, e così deve essere. “Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre”, dicono gli autisti del metrobus da Limache a Valparaíso, stando a quanto racconta il mio amico Pato Bravo. “Il treno attraversa le città e, quando passano i cortei, il macchinista fa fischiare la locomotiva in segno di appoggio. La gente è ben felice di ricevere sostegno. I cabros a bordo esortano i coetanei a continuare la lotta, a non fermarsi”. Ma veniamo alla domanda: ci sono certezze di cosa si riuscirà a cambiare? Quale sarà il segnale del successo? Sarà una vittoria nei limiti del possibile o sarà totale? Quello che si dice in giro è vero: stanno cercando i capi del movimento studentesco nelle loro case; la polizia entra senza permessi, senza un mandato di perquisizione; esistono dei video, i mezzi di comunicazione li stanno facendo circolare e l’Instituto Nacional de Derechos Humanos lo conferma, assieme al dato dei 2138 arrestati, 376 feriti, di cui 173 raggiunti da colpi di arma da fuoco, 5 morti confermati uccisi da agenti dello stato (e altri 10 ancora da confermare), oltre a 44 procedimenti giudiziari in corso. Quindi, ripeto la domanda: c’è qualche certezza? Di fronte a questi dati il ministro dell’interno Chadwick non intende dimettersi. Se ce lo trovassimo davanti, in molti gli chiederemmo: che cosa aspetta? Dico questo e la radio mi dà conferma: è in atto una chiamata obbligatoria alle riserve attive dell’esercito per rafforzare le “operazioni” in questo “Stato di emergenza”. Dall’altra parte gli incappucciati si incazzano e distruggono tutto. I cicli della repressione si rinnovano come la primavera, però non c’è dubbio: qualcuno deve dimettersi.

Se le cose continuano con questa forza fino alla fine della settimana, è probabile che questo paese diventi una voce inconfondibile, una voce che ha bisogno ora più che mai di tutte le voci da fuori: abbiamo bisogno anche di mani e piedi perché questo stadio del neoliberismo sta entrando in una fase superiore del controllo completo delle forze. I dirigenti mapuche affermano giustamente che queste modalità sono le stesse che il governo ha adottato nei loro confronti per decenni, quel livello di non-dialogo e violazione di ogni diritto esistente è stato l’indiscutibile laboratorio della furia dell’élite e dei suoi fedeli poliziotti. Per questo, traduttori di tutto il mondo, amici di altre parti, unitevi: è urgente rompere l’“assedio mediatico” di questo paese di latifondisti.

Vicino a me un padre fa volare un aquilone, un volantín come li chiamiamo qui, uno che ha i colori della bandiera nazionale e che malgrado il poco vento riesce a prendere quota. In fondo, un gruppo di persone intona El derecho de vivir en paz, il famoso inno di Víctor Jara, e canta a squarciagola. Vicini di diverse fazioni e opinioni discutono di creare un’assemblea municipale, di organizzazione, parole un tempo a rischio di estinzione in questa parte del mondo. Gli studenti giocano a calcio sui marciapiedi. Le truppe di Michimalonco non dormono, vigilano dietro le araucarie. La sera accende le sue luci, s’aprono i papaveri e altri fiori, genitori e figli battono le mani per zittire lo stridore degli elicotteri.

Publicado en https://www.edicolaed.com/blog-it/cronache-dal-cile-che-protesta/

Cecilia Morel y los alienígenas en vivo

25/10/19

En su última carta antes de ser ejecutada María Antonieta dice declararse inocente, tranquila “como lo está uno cuando no tiene nada que reprocharle a su conciencia”. Esto me lo recordó mi amigo Horacio Esber desde Buenos Aires, cuando me instó a no desechar las declaraciones filtradas de la primera dama, Cecilia Morel: “escuchalas bien, analizá su discurso: ahí tenés a alguien que no cuestiona la legitimidad de sus privilegios, que se pone sobre los demás, que se considera de otra clase de ser humano: tal como pasa con la esclavitud o como pasó en la conquista de América donde los indígenas eran considerados “seres sin alma”. Pensalo bien, dale una vuelta”.  La misma Morel dice en el audio sentirse ante una “invasión alienígena” y en donde la clase gobernante “no tiene las herramientas para combatirla”, por lo que la “gente de buena voluntad” deberá disminuir sus “privilegios y compartir con los demás”, como en un especie de gran acto solidario intergaláctico. Ayer, esos alienígenas que estaban sueltos, llegaron a sumar más de un millón en las calles, en la marcha más multitudinaria que haya atravesado Santiago y que, sumando a las regiones, deja una marca del tamaño de Chile en cualquier libro de historia.

¿Pero a qué se dedican los alienígenas? ¿Qué exigen, qué es lo que cantan? Para empezar, la mayoría de estas fuerzas viven con un sueldo que no se corresponde con la realidad, con los costos de la realidad en este planeta. Alegan que la constitución que los reúne proviene de tiempos dictatoriales y que no asegura un estado de bienestar ni nada parecido, sino un extractivismo a mansalva, pocas defensas para los trabajadores, un desentendimiento del estado respecto a lo público, en fin, un abandono. También gritan al cielo con sus trutrucas y cornetas al paso de los helicópteros de la policía y de los militares; estos alienígenas están más que superados con las continuas violaciones a los derechos humanos que han ocurrido en este falso “estado de emergencia”, en donde sin legitimidad alguna se ha secuestrado, se ha acosado, se ha golpeado y se ha asesinado: las fuerzas armadas de este país no han aprendido absolutamente nada desde 1973, absolutamente nada, mientras los medios difunden el encarcelamiento de un conscripto se negó a participar de esta cacería. En fin, señora Cecilia Morel, venga, acérquese, porque la palabra que más va a ver y escuchar es “dignidad” y eso es algo que su clase y los partidos de todos los colores le han perdido el rastro, como quien mira fijamente a una estrella y luego la pierde al pasar de una nube.

Yo me uní como un alienígena más a la salida del trabajo, como muchos luego de sacarse la camisa o la blusa y ponerse unas zapatillas más cómodas. Desde Manuel Montt se podían ver esas masas de oficinistas, jóvenes, ancianos llegar desde todas partes de la ciudad, bajándose desde las antiguas naves espaciales del transporte público o desde las habilatadas estaciones de metro. En el camino había poemas visuales pegados, banderas negras de Chile, una gran pizarra donde cada uno escribía su deseo de mundo y una extraña sesión de electrónica a la que uno que marchaba gritó: “¡esto no es nada una fiesta, cuicos culiados!” y ahí varios explotaron en aplausos al tiempo que las barras del Colo-Colo, de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica se mezclaban gritando a un solo pulmón. Nunca se vieron tantos lienzos mapuches, tantos en algarabía y en unidad, las estatuas de bronce tomadas hasta la última oreja de los caballos, ventas de sandía, choripanes, agua, limones, chocolates, tabaco y al rubro de la salud con sus delantales no tan blancos tras semanas de marchar contra el desvalijamiento de los hospitales y la reducción de los presupuestos –en todos estos días vi a mi hermana salir orgullosa de su profesión levantando esa misma pancarta. Un poco más allá los profesores con su ropa gastada, sus lentes grandes y su energía inagotable, a unos metros los artistas callejeros interviniendo los muros, los guitarristas afuera de la Biblioteca Nacional cantando “El derecho de vivir en paz”, quizás la canción más escuchada en las radios. Todo el Parque Forestal era un continuo interplanetario de gremios, asociaciones civiles, de ciudadanos gritándole al presidente su ineptitud, a los partidos su pésima comprensión lectora de la contingencia: exigiendo la devolución de la libertad y la construcción de una dignidad urgente.

Luego de separarme de unos conocidos afuera de la librería Qué Leo que da al parque, seguí mi caminata hacia la Alameda, viendo a las feministas sobre las paradas de micro, a señoras que portaban un cartel que decía “me cansé de esperar los tiempos mejores”, junto a una muchacha hermosísima que salió en su sillas de ruedas hasta el centro de la ciudad, acompañados todos por los motociclistas que impedían el paso de la policía y un gran manto con los colores de la bandera que decía “No estamos en guerra”. Vi a alienígenas disfrazarse de alienígenas, a madres con sus coches, a niñas vestidas de princesa, a los otaku, a la gran compañía de Ballet Nacional en el Paseo Bulnes bailando poemas de Gonzalo Rojas, de Violeta Parra y de Pablo Neruda; vi a unos muchachos recitar “El canto a su amor desaparecido” de Raúl Zurita, versos de “La ciudad” de Gonzalo Millán, fotos en homenaje a la consecuencia política de Gladys Marín, un intocado mosaico que celebra a Pedro Lemebel, a taxistas levantar las manos, a Los Jaivas caminar con el aplauso público, a las barras haciendo de esto algo parecido a la toma de la Bastilla, al tiempo que en Valparaíso se reprimía con la misma furia de todos los días, cerca y lejos del Congreso: la unanimidad de que en este país se pasa a llevar el estado de derecho.

Esta desobediencia civil ha presionado más de lo habitual a esta élite que defiende a regañadientes su origen y sus bienes adquiridos por ese mismo origen. Desde el Palacio de la Moneda se ve a un cada vez más avejentado Piñera intentando poner la oreja en la tierra, pero imposibilitado de restringir su propia interferencia mental. En el congreso –más allá de la aprobación de algunas leyes necesarias, pero no todavía contundentes- se ve un gallinero que tiene una agenda acaloradísima y llena de plumas: desde la fascista Camila Flores a los desplumados del Frente Amplio, el temor ante los alienígenas es inminente. Por eso es que esta marcha, la más grande de todas las marchas, no tuvo otra bandera sino la de una primavera negra, una primavera que tiene que ser un motor para la reconstrucción de un tejido social, una obligación a trabajar más por estas demandas, por lograr una nueva manera de tratarnos: ahora pareciera que todos nos saludamos, que nos damos la mano, que hablamos en el transporte público, que estamos ante un florecer de la política, en este país donde antes todos éramos unos extraños, unos extraños venidos de la más blanca de las estrellas.

La necesidad del arte

22/10/19

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El hombre viene así, tocando un tambor y soplando una zampoña en medio de la noche. Su paso es lento y lleva un sombrero que le tapa la cara. Viene por una de las tantas calles empinadas de Valparaíso, se alcanzan a notar lejanas las luces de otros cerros, que aunque parezcan estrellas no lo son, sino luces de casas que no pueden dormir. El viene así, con un sonido del norte, sereno, pero no resignado, de otro tiempo, de uno ancestral, tal vez de eso que llaman “el Chile profundo” y que es un lugar que fue registrado únicamente por los artistas, sobre todo por Violeta Parra. ¿Será un espectro en pleno toque de queda? ¿Un fantasma colonial que viene a visitarnos? ¿O es un estudiante que corrió todos los riesgos para estar ahí e igualmente darnos el mensaje? Para mí el registro de esa figura y su melodía es quizás uno de los más intrigantes de estas jornada y justamente en una de las ciudades que más mal lo han pasado con la acción represiva, con cédulas dispuestas a todos, bajo el brillo del sol en el mar, disparando a mansalva: perros de caza sin cazador ni presa.

No he estado en Valparaíso en estos días, pero ya lo comienzo a extrañar. Es sumamente difícil moverse alrededor del país en esta contingencia si no tienes alguien que te reciba y te salve del registro de identidad pasada la hora permitida (en Valpo a las 18:00 debe replegarse la ciudadanía). En general es difícil todo, porque la realidad está a medias. Hoy trabajé desde mi casa, pero a medias. El país se prepara para un Paro Nacional, pero aún no sabemos si es a medias o completo. Lo que sí no es a medias es la libertad: eso es acceso restringido. Pero volvamos al plan, ya que en esta crónica quiero invitar a hablar a otro por mí, quiero invitar a un poeta joven que envío este mensaje desde el puerto:

“Reprimen durante todo el día las concentraciones con lacrimógenas y balas de goma. Se han encontrado también casquillos metálicos de balas. Al parecer el marino a cargo dijo por televisión abierta: “nosotros no tenemos armas de juguetes” […] Ayer durante la noche miré por la ventana: vimos un grupo de milicos cada uno pegándole a una vieja. Vi una caravana de más de cinco camiones con más de veinte militares arriba intimidando una barricada sostenida por 4 personas a las 00:00 am […] Los puntos de resistencia son plazuela Ecuador y subida Cumming. En Cumming ayer se desplegó un camión de militares a las 13:00 más o menos. La plaza Aníbal Pinto estaba llena de gente gritando alegremente cuando vino el camión y corrieron para arriba; los milicos subieron y dispararon; durante la tarde vi como aguantaban todos en subida Ecuador, los intermitentes disparos y lacrimógenas […] Sé también que ha habido resistencia en los cerros y diferentes barrios. La gente está saliendo pese a que la reprimen con casi todo. Se hacen asambleas en las juntas de vecinos. La gente quiere conversar, definirse y estar en el lugar que está convencida que le corresponde”.

Valparaíso históricamente es una ciudad de la resistencia, más allá de todas las convenciones que se puedan hacer de ella, y es ahí donde la brutalidad se ha hecho más patente. O también más al sur, en Curicó donde fue asesinado José Miguel Uribe, un muchacho de veinticinco años, producto del accionar represivo. Ya van 15 muertos en cuatro días en todo el país: quince muertos que en cualquiera de las circunstancias estarían ahora caminando por sus barrios, sino fuera por este fracaso político. En fin: algo que recuerda a la inestabilidad del gobierno de De la Rua en la Argentina de 2001, cómplice de 39 civiles muertos en una de las crisis más dramáticas que haya tenido este continente.

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Tanta imagen vista abruma, pero volver a salir de casa y reencontrarse con la juventud aplaca cualquier índice de ansiedad. Son ellos los que están dispuestos a encender el debate cada noche, son ellos los que siguen llevando el ritmo, cuchara mediante, silbato mediante, o limpiando con sus escobas, o a puro aplauso. Estamos cantando las veinticuatro horas, incluso en sueños, porque ellos cantaron primero; incluso los que montan guardias en sus barrios: algo cantan en la mente. Es posible que estas reuniones diarias de cacerolazos sean una especie de mantra necesario, un guillatún purgativo de una sociedad demasiado atrapada en sí misma y en rutinas contracturantes de lógicas sueldo / deuda: un chileno desde que nace hasta que muere está aquejado por el discurso de la insuficiencia de lo público y de imponer los años de su trabajo a un sistema privado. Es por eso que seguir “El baile de los que sobran” es tan oportuno en esta instancia, es el único baile que nos debemos permitir, desde el barrio más “piñufla” al más “cuico”, pero sobre todo en el más “piñufla”, porque es el baile de los que no tienen razón para retroceder.

Son esos jóvenes que vuelven cada tarde desde el centro de las ciudades, con sus pañuelos, sus limones cortados y sus botellas de agua con bicarbonato, los que nos dan la batería suficiente para persistir, para no dejarnos caer como unidad: no estamos en guerra –dice un rallado en la calle- estamos unidos, y eso es justamente lo que presiona al gobierno y al congreso, porque no tienen a un representante con quien hablar, no tienen una cara, sino una gran suma, una comunidad en formación que cada día sale con más fuerza. Son las muchachas y muchachos los que aparecen como el músico fantasmal de Valparaíso para decirnos que este país tiene que cambiar y que va a cambiar. Son ellos los que encarnan el verso que el poeta Raúl Zurita grabó en el Desierto de Atacama: “Sin pena ni miedo”. Yo, al momento de escribir esta crónica, sufría el peso de tanta incertidumbre, de tanta aflicción por los registros de barbarie, por la incontención de la violencia, cuando en pleno toque de queda crucé la calle para conversar con unos sentados junto al almacen y palabra a palabra todas esas oscuridades se convirtieron en un pulso, en un aire, en un fantasma significativamente real.

INFORMACIÓN NECESARIA:

Para denuncias de violaciones a Derechos Humanos, está la página del Instituto Nacional de DH y de Amnistía Internacional Chile.

Para información fuera de Chile se ha liberado la señal de CNN Chile que es quizás el medio más parcial en esta contingencia. Otro recomendable es la Radio de la Universidad de Chile.

El futuro es un lugar extraño

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21/10/19

A Cynthia Rimsky

 

Un semáforo dado vuelta y su señal –el hombre verde que camina- patas arriba. Eso fue lo que me señaló el brasileño. Venía fumando una colilla de cigarro, seguramente recogida del suelo. ¿De dónde eres? Le pregunté: de Río de Janeiro. Estuve ahí cuando tenía quince años, pero eso no venía a cuento, porque lo que sí venía era la historia que me contó: “llevó cinco años viviendo en Chile. Aunque soy de otro país, tengo que luchar por todos; tengo que alimentarme, mantenerme cuerdo, trabajar. Estos días no he podido trabajar bien: he recogido basura para comer. Vivo en una carpa frente al metro Salvador. Ahí estoy, hago una cosita, gano plata y me mantengo, pero amigo, estoy en la calle y hoy soy un chileno y debo luchar por los chilenos”. Su cara decía mucho más de lo que me contó. En mi mochila llevaba varias mandarinas que compré al inicio de mi travesía. Le di una y me contestó: “esta mandarina la guardo en mi corazón”. Nos dimos un abrazo y seguí mi caminata: frente a mí, el Cerro Santa Lucía y una marcha que me sacó lágrimas: cada vez eran más los que ahí llegaban, con carteles, con su familia, con el sol de frente y toda una represión policial en ciernes.

En la calle Vergara me acerqué a los militares apostados en la ex – estación República. Les pregunté cómo estaban. “Agotados”, dijo uno. ¿Almorzaron? Nada. Sobrevivían con unas barras de cereales y agua. Turnos de más de diez horas y con suerte dormir dos en el cuartel. Les pregunté qué les parecía lo que había dicho Piñera sobre que estábamos en una guerra y – jaque mate- se miraron, esbozaron sonrisas y todo quedó más que claro. Ingenuo o no me fui y seguí hacia La Moneda donde me resultó más difícil hablar con la policía; esquivaban completamente las preguntas. Hasta que encontré en la calle Nueva York a una con su casco y escudo, sacando un caramelo del bolsillo. “Es que no he comido nada desde las siete de la mañana”. Eran las cuatro de la tarde. ¿Y hasta qué hora tienes que estar acá? “Hasta que esto se acabe” ¿Y si esto no se acaba más? ¿Te parece justo ese trato? “Tengo que cumplir”. Mira, te estás cayendo al suelo.

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Ya a esa altura yo era un sospechoso, pero es que en realidad todo el día había sido un sospechoso. En la mañana conversando con un chófer de micros que se había quedado toda la noche con un fierro defendiendo el consultorio del vandalismo. “Yo estaba en eso, después del medio asado con las tremendas chelas, cuando mi mujer me dijo que había fallecido su mamá… pfff… no tení idea lo que fue mi día, cabro”. Choque de manos, hasta pronto. Sospechoso por hablar con el conserje del edificio donde trabajo: “son unos payasos los que nos gobiernan, ¿cómo pueden salir a decir que estamos en guerra?”. Cuídese, nos vemos pronto. Sospechoso de conversar con una señora en el camino de vuelta que apoyaba a los chiquillos que llegaban a Plaza Italia. “Yo dejé de ver la tele. Usted no sabe, tengo el celular lleno de vídeos terribles de los militares y la policía reprimiendo. No justifico los saqueos y el lumpenaje ¿se dice todavía así? Pero es que si me paran, me voy presa”. No se va a ir presa, querida, siga en la lucha, manténgase fuerte, gracias por bancar a nuestros cabros. Sospechoso de saludar a un colectivo de artistas en calle Sazie que repartían fotos de Gladys Marin (la histórica militante comunista), completamente organizados: pertrecho de limones, agua con bicarbonato, primeros auxilios, camillas, todo lo que se pudiera buscar. “Soy de Uruguay, vecino, y aquí estoy. Nosotros damos atención y resguardo a quien lo necesite”. Gracias, amiga, toda la buena onda. Sospechoso de hablar con un ciclista que había recibido un perdigón en la cara la noche anterior, en la zona este de Santiago. Me mostró su marca: “por suerte no le dispararon a mi hermana que está embarazada y que estaba al lado mío, hueón. ¡Chucha madre! ¡Están desbocados estos culiados!”. Sospechoso de todo. Todos somos sospechosos.

Y así fue como logré dar con la Plaza Italia, a lo lejos, en una batalla que yo era incapaz de luchar, salvo imponiendo mi presencia como un número, como otro más en la gran jugada. En cada intersección las piedras y el gas lacrimógeno estaban a la orden del día. Unas chicas me bañaron en bicarbonato y volví a sentir el fuego de las barricadas. Un momento histórico, dijo mi hermana horas más tarde cuando le conté, sin embargo estos días han sido históricos y es imposible que un escritor, que una escritora no estén allí: dando la batalla de Chile, segunda parte, ojalá la final. Por eso es que me encontré a mi cumpa, el poeta y editor Juan Carlos Villavicencio, el Oscuros Ríos, con tan sólo un pañuelo y agitando, y también vi a su compañera y su hermano y a un amigo: corriendo de los guanacos, los zorrillos y esa fauna ancestral de la represión. Los encapuchados saltando sobre las paradas de micro, las banderas mapuches, más y más ciclistas, el humo del plástico quemándose, la ferocidad: reclamar esta ferocidad inaceptable de tener una serie de políticos incompetentes, irresolutos en cualquier término que –como dijo el muchacho que es conserje de mi edificio, estudiante de economía- “hoy lograron trabajar como nunca; aprobaron tres leyes históricas: la congelación del alza a las tarifas de transporte; la baja de los sueldos de los diputados y senadores; la mejora de pensiones”. Más claro, imposible: la presión del asfalto.

Sin embargo lo que pueda ser aquí contado es una parte del conflicto. Mientras escribo los chicos bailan al ritmo del caceroleo en plena calle, un amigo avisa que le quemaron la oficina en el centro de Quillota, otro de la inminencia del enfrentamiento en La Cruz, hay 11 muertos y cientos de videos que circulan de la armada irrumpiendo a balazo limpio en Valparaíso, de militares arrojando personas desde sus móviles, de policías robando, quemando supermercados, aterrorizando en las ferias libres. Mi verdulero lo dijo: “los paramos a esos hueones y eran todos pacos de civil. Creen que somos hueones los del gobierno, pero no cumpita, nos tenemos que defender entre todos porque siempre estuvimos solos”.

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La escritora chilena Cynthia Rimsky nos enseñó a todos a salir a la calle y tomar notas. Nos enseñó a conversar, a tomar fotografías, a hacer de un libro una multiplicidad de voces. Ramal es eso, Los perplejos es eso, sin embargo dentro de su literatura hay un libro bastante particular, El futuro es un lugar extraño, una novela en donde las frustraciones de una trabajadora y luchadora social se aglomeran, en una mixtura de presente y pasado, y en donde, en un momento la Caldini –la protagonista de esta historia- tiene una especie de ensoñación de una insurrección que se produce en Chile: la gente sale a la calle y lucha y se expresa libremente: abren los ojos. Esa novela hoy es el único título que puede llevar esta crónica: ¿Qué pasará mañana, Cynthia? ¿Qué va a pasar en este país mientras pasan los helicópteros? No lo sabemos, pero en la Alameda hoy se escuchaba un solo grito: “¡Chile despertó / despertó / despertó / Chile despertó”.

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Los otros túneles

Limache portada libro

Resulta que hace unos días, en mi Limache natal, encontraron una serie de túneles que conectaban puntos estratégicos de la ciudad, la mayor parte de ellos, propiedad de la vieja aristocracia terrateniente. Según la información que salió a flote, serían unos cuatro kilómetros que supuestamente van desde la casa patronal de los Eastman (ese apellido que siempre escuchamos, pero del que nunca vimos heredero alguno) hasta los predios de la enorme Cervecería, hoy abandonada a su suerte como un monumento al olvido.

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Los dias con Cecilia

Por Diego Alfaro Palma | El mostrador 7/11/14

Tuvimos que esperar casi siete años para que este libro apareciera: Poesía Reunida de Cecilia Casanova. Sin duda ella esperó aún más. Entre tantos ires y venires vuelve a la memoria una tarde lluviosa en Santiago: en una mesa junto a varios poetas jóvenes Cecilia comparte una lectura. Es la más fuerte, la que nos llama más la atención. ¿De dónde había salido esa poesía? Nos preguntábamos. La respuesta “la viejita fue la mejor, lejos”, se escuchó mientras el público se levantaba.

Por el año 2007 a un grupo de alumnos nos habían seleccionado para participar de un seminario titulado Cuatro mujeres en la poesía chilena. Lo dirigía Adriana Valdés y congregaba al estudio de cuatro voces bastante desconocidas para una clase de literatura nacional. Entre ellas Cecilia Casanova, a quien seleccionamos de manera unánime. En mi grupo estaban Rodrigo Bobadilla, Jorge Cabrera y logramos incluir a Jorge Rosemary, quien no contaba con los requisitos que había impuesto la facultad, pero que necesitábamos casi de manera ferviente por su amor a la poesía y al delirio. Con ellos leí a Cecilia por primera vez; con ellos mismos la había escuchado en esa lectura lluviosa. Entonces no nos quedó otra que hacer el trabajo de reconocer a esas dos personas ahora tan distanciadas y distintas. Las tareas encomendadas por la clase eran la de crear una selección de su obra, realizar un listado de referencias críticas y la de entrevistar a la autora. Esto último fue sin duda lo más interesante del experimento. Rosemary no se quedó atrás y aprovechó la instancia para realizar una de sus tantas movidas: al momento de presentarse ante Cecilia, antes de decir cualquier palabra, le entregó un regalo: una postal de Italia; atrás venía escrito el poema “Tarjeta postal” de la autora; ella celebró el hecho con risas y nos sirvió té. Nos esperaba con galletitas, agasajándonos como una abuela que espera la llegada de los nietos. Eso, sinceramente, nos parecía extremadamente distante a lo que entendíamos por esos días por poesía: algo salvaje, un sombrero feroz arrojado en un bosque.

Esa tarde pudo haber sido una entre tantas, pero en cosa de segundos, los objetos que rodeaban ese pequeño departamento en Providencia nos sacudieron de una manera extraña. Estábamos enfrente de todos los elementos de su poesía, tan escuetos y cotidianos, llenos de color, nostalgia e ironía. Había un ventanal que daba a un mínimo jardín por donde se escuchaban cantar los pájaros, pájaros casi mecánicos, que emitían una música solo para ella. Cuadros de su autoría colgados de las murallas, cosas antiguas, pero únicas: una peineta de metal. Antes de que ese seminario terminara volví a ese mismo lugar, ya no como investigador sino como aprendiz. Yo tenía el interés que aún mantengo de ser poeta y Cecilia se había ofrecido a hacerme un taller. Los jueves durante varios meses nos sentábamos de frente en la misma mesa, rodeados de los mismos objetos. Llevaba mis poemas escritos en cuadernos o impresos, se los leía y luego ella tomaba un lápiz para tarjarlos. Esto sí, esto no, esto son dos poemas, me dijo una vez y tiró una línea por la mitad. Esto suena a tango y lo cantaba. Muchos adjetivos. Cortar, cortar, cortar. Su consejo plenipotenciario: cabeza, cabeza, cabeza y gotitas de corazón. Segundo consejo: a los poemas hay que pasarlos por cloro.

El té siempre estaba listo cuando llegaba y cuando la hora se nos estiraba como un gato de casa, ella aprovechaba de sacar lo que tenía escrito para leérmelo. Ahí creo que aprendí más que nunca del arte, a mantener una rigurosidad silenciosa, una dedicación decidida ante el poema. Cecilia podía estar enfrascada por años en uno solo, mientras escribía otros y volvía a ese anterior que se le quedaba pegado como un niño curioso frente a una vitrina. Si mal no recuerdo empezábamos a las cinco de la tarde y estábamos hasta las 9 o 10 de la noche. Debo decir que además de una profesora se volvió mi amiga más vieja.

Para esos veintitantos años que teníamos lo que nos sugería un interés especial era su relación con gente de la talla de Enrique Lihn, Jorge Teillier, Carlos de Rokha, Adolfo Couve y Braulio Arenas, entre otros. Entre medio de las correcciones sacaba a relucir alguna anécdota, algo que había aprendido de ellos, un chiste interno, alguna cosa que la llenaba de pena. No por nada Enrique Moletto, su esposo, y todos sus amigos se habían ido antes. Ella quedaba de salvaguarda, memorialista, pero una memorialista desordenada que me hacía buscar dentro de su cómoda algún recorte de diario o una nota escrita por esos mismos amigos ahora solo legibles. “Una vez hablé por teléfono con Gonzalo Millán durante horas; nunca lo conocí personalmente, pero me habló de lo importante que había sido para él mi poesía”. Porque Cecilia tenía su orgullo y eso tal vez la hizo mantenerse en pie y activa, no dejarse claudicar. Ofrecimientos tuvo muchos, de antologías, traducciones, nominaciones al Premio Nacional de Literatura, pero nada de eso fue tan en serio, me di cuenta, y más que nunca cuando en 2010 y 2011 postulé una antología de su obra al consejo Nacional del Libro. Un par de esas personas estaban de jurado y habían cancelado el proyecto por ser “una obra insuficiente” o por ser “falto de interés cultural”.

Puedo decir que si algo le pesaba era ese cartel de la poesía femenina no feminista. Lihn le puso ese poncho, quizás con buena intención en el prólogo que le dedicó a “De acertijos y premoniciones”, intentando desligarla de la poesía de rondas, “parvularia”. Pero la poesía es poesía en cualquier parte y ahí no hay géneros ni clasificaciones cuando una escritura se encumbra y logra ser atrayente y decirnos la realidad de una manera en que no la habíamos presentido. Cuando se mudó al departamento frente al metro Salvador pude descubrir esa otra faceta suya. Quizás nunca fue una gran lectora, ni nunca tuvo tantos libros, pero en su biblioteca estaban presentes varias antologías de poesía norteamericana que hoy son inencontrables. En una de ellas pasó el dedo por nombres que le encantaban: Elinor Wylie, Elizabeth Bishop, Emily Dickinson, Hilda Doolitle, por nombrar algunas. Su despertar dogmatico, sin embargo, había sido con Amado Nervo, Rubén Darío y Asunción Silva. De Neruda también me hablaba, sobre todo un comentario laudatorio que él hizo a “De cada día”. Le interesaba la pintura moderna, Kandinsky, los expresionistas alemanes, Venturini y la obra de Couve. A sus contemporáneos los leyó a todos y de música se inclinaba por Albinoni, Satie, Debussy y Chopin. Un día cometí el atrevimiento de llevarle un disco del compositor islandés Johan Johannson y le encantó. Su sintonía es la de los minimalistas.

Siempre hubo algo raro respecto a la recepción de su obra, porque gran parte de los que se lavaban la boca con su nombre nunca habían escrito nada decente sobre ella. En 2008 la Fundación Neruda decidió hacerle un homenaje, me llamaron para presentarla junto a un antipoeta medio llorón y conocido, quien arribó con un atraso mayor y se dedicó –mientras yo leía mi presentación – a tomar notas que, cuando llegó su turno, las repitió entre medio de un relato bastante improvisado y florido. Pero todos quieren a ese poeta cano y de gorra y no vale la pena cuestionar tanto la cosa. Yo, con una pendejeria un tanto a flor de piel, salí de la presentación y me quedé en un rincón mientras servían los vinos; se me acercó con paso cansino José Miguel Varas y esa fue la primera y última vez que hablamos. Recuerdo que mencionó la palabra “justicia”.

Quizás esa recepción llegó de otra forma. Yo vivía en la casa de mi tío Jorge en Santiago mientras estudiaba. Ahí trabajaba Rosita, quien recibía todos los llamados que Cecilia me hacía, que eran varios, tantos que mi tío me bromeaba llamándola mi polola. Muchas veces con Rosita se quedaron conversando largos minutos. La llamó doña Cecilia y me contó que está escribiendo un libro nuevo. Dijo que la llamara y que la fuera a ver. Pasaron varios años y viviendo ya de un sueldo de profesor una mañana de domingo recibí una llamada de Rosita al celular. Diego, está doña Cecilia en la tele y está leyendo unos poemas muy lindos, la reconocí por la voz, yo sabía que conocía esa voz, está en el canal nacional y disculpe que lo haya molestado. Y si, era Cecilia en el programa Una belleza nueva.

Pero Cecilia siempre ha tenido una conciencia demasiado alta de su obra y eso tal vez nos hizo alejarnos. Yo ya no podía avanzar en la antología sin que ella metiera su ojo crítico. No quería dejar ciertos poemas fuera y no fue hasta mi último día en Chile que Ernesto Pfeiffer y Cristián Warnken me llamaron para firmar un contrato de edición por ese trabajo. Me pedían la selección y un prólogo que se rescribió unas tres veces hasta que luego de un año me avisaron que el libro por fin salía pero sin ese prólogo, ni las referencias críticas. Está bien, asentí, lo único que quería es que se repitiera la palabra justicia otra vez.

Mientras escribo esto en Buenos Aires no ha parado de llover y solo se movieron fantasmalmente los platos en el lavadero, como guiados por una fuerza exterior, ese Morse del que ella habla en sus poemas, cuando los muertos nos envían mensajes. Sus cuadros siempre estuvieron llenos de caras de personas que no conocía. Una vez vi como en cosa de semanas transformaba la pintura de un jarrón rojo en el rostro de una mujer. Esa magia quizás es parte esencial de su obra, el poder de transformar y dar vida a los objetos dentro de un relato, por divertimento o por dejar el rastro de otros que pasaron entre ellos, de todos esos que se fueron exiliados o de esos otros que se los llevó la muerte hasta volverlos pájaros o flores. Adiós amiga Cecilia, ahora puedes volar entre ellos.

El emperdedor

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Vamos caminando, la cosa es que vamos caminando y vemos a ese hombre, asomado hacia la calle, vestido común y corriente, pero sobre su camisa a cuadros, arremangada en los puños, un delantal. ¿Frente a él qué? Todo tipo de frutas y verduras que pronto nos empieza a mostrar, también frascos con especias. Linda verdulería, realmente linda, como si alguien tomara la entrada de su casa, sus ahorros, sus cajones, todo lo que lo obligaron a hacer y, de pronto, a pura fuerza de voluntad se convirtiera en el verdulero del barrio, por puro placer de pesar peras, por puro gusto de abandonar las oficinas, por simplemente vivir la belleza de envolver en una bolsa medio kilo de tomates. El hombre, se nota, es feliz. Es ante todo un emperdedor, alguien que prefiere apostarlo todo a un proyecto que sabe perdido. Es posible que toda la vida le hayan dicho que para qué otra verdulería más, que para qué sacrificar un empleo rutinario, una jubilación por perejil, duraznos de estación. A la mierda, un emperdedor ya no tiene nada más que perder, porque entiende que esto es un paso y a final de cuentas, quiéranlo o no los tontos graves, hay que hacer lo que a uno lo obsesiona.

Veo otro caso. Otro hombre de mediana edad, un poco más joven que el anterior, posiblemente diseñador o publicista. Pone su propia bicicleteria, con sus propios diseños y canastitos de cajas de vino como portaequipaje. Nos recibe amablemente y en su cara algo parecido al amor, a cuando uno anda distribuyendo corazones en las veredas; nos habla de manera impetuosa, de su fascinación por las ruedas, por las bocinas de metal, por sus prototipos. Hace lo que a fin de cuentas lo convierte en un bicicletero conocido, apasionado por los colores pastel. Ya es la hora de cerrar, pero se mantiene ahí, en ese estado de pedaleo constante en un día de sol.

Se nos ha acostumbrado a creer que cualquier impulso, cualquier labor que ocupe nuestro tiempo es medible y transportable a una épica personal, a la épica del hacer dinero. Comúnmente se oye en los cafés a las personas hablando de la posibilidad de incrementar un capital y de llevar a cabo un emprendimiento, un lugar seguro y plácido desde el cual, luego de una inversión dolorosa, viene un flujo de dinero imparable; una ducha de dólares. Conozco a mucha gente así, a demasiados que teniendo un minuto de ocio se desbordan y caen prontamente en el control del televisor o en el alcohol. El emperdedor no es de esa clase, se ocupa, es un laburador, una máquina imparable de trabajarse a sí mismo, de formarse, de preocuparse o de generar una idea o un espacio no lucrativo, pero que le quita el sueño, lo vive y lo desvive, lo enloquece. El emperdedor sabe igualmente que la meta no es ni el éxito ni la fortuna, incluso es posible que su meta no tenga una forma definitiva o material, incluso es posible que no exista, que nunca la haya imaginado concretamente, se goza en el proceso, es un artista del detalle, un incapaz a la hora de anteponer las divisas a la humanidad.

Ante él no hay épica, ni tampoco drama, ni una pizca de lirismo, ante todo no hay miedo. De algún modo se conoce, antes ya las ha visto feas, conoce el hambre, la angustia, la alienación del mercado. Un emperdedor es quien lleva a cabo un oficio por el mero hecho de que lo colma, de que lo hace como si estuviera jugando, poniendo sus propias reglas. He conocido también a tapizadores, libreros, traductores, ceramistas, organilleros, pasteleros, artistas visuales, anticuarios, geriatras, cultivadores de caracoles, artesanos, lutieres, profesores de física, editores, etc. de este tipo y en todo ellos he visto esa locura placentera, ese decir “no cambiaría por nada lo que hoy hago”. No necesitan títulos, ni seminarios, ni especializaciones, sí conversar y mucho, poner las manos en la masa, equivocarse y reírse, equivocarse y llorar, equivocarse por equivocarse, por llevar la contra, por no servirse de la estupidez del miedoso o el rencoroso, de ese que siempre le pregunta cómo vas vivir así, de qué, ¡a la mierda!, dirá fuerte el emperdedor, de aquí para atrás no hay nada y todo que perder.

Feliz cumple NP

Las chiquillas se levantarán las faldas mostrando un poco más  los muslos, los bomberos harán sonar sus sirenas al compás de los tambores de la bandita del liceo que practica la tarde entera y sin sombra. Nadie sabe muy bien por qué, pero Nicanor Parra cumplirá cien años de vida o de estar muriéndose y quizás nunca más se celebrará a un poeta en este siglo como a él. Para empezar a una avenida le pondrán su nombre, habrá carnaval en Valparaíso, olor a orina, sopaipillas en Chillán con su cara, estadios repletos escuchando una victrola recitar la Cueca larga. Los profesores dejarán caer un par de lágrimas repitiendo el verso “y las cuarenta hora semanales” y sus zapatos se llenaran de polvo a ese paso; gigantografías en el Morro de Arica y en las Torres del Paine. Poeta nacional, poeta republicano dirá sin modular la presidenta, la cámara de diputados aprobará una medalla de oro y una sesión en su nombre. Algunos economistas con sentido del humor pondrán versos de Nicanor en sus power Point. Las Cruces será el centro de todas las vacaciones de chilenos y extranjeros, “aquí vive un poeta latinoamericano”; nos olvidaremos de los Veinte poemas de Amor y un estudiante mientras es agarrado a palos por la policía gritará a viva voz “Los vicios del mundo moderno”.  Las chicas modernas tendrán poleras con fragmentitos de “La víbora” y llevarán entre los pechos una foto de la Stella Díaz Varín. Y nos iremos olvidando de otras cosas más, de esas onces que tuvo el poeta con el enemigo, de su silencio en la época militar, del amor mercurial a su nombre y apellido, de su traducción del Rey Lear sin clases bajas. Parra duro y puro, porque los sociólogos y opinólogos estarán en los matinales diciendo “él representa toda la picardía del chileno”, “inventó la antipoesía” y los oficinistas con sus obras completas bajo el brazo, esas mismas chiquillas se tocarán la entrepierna pensando en sus amigos poetas con acné y ropa oscura. Desfiles habrán muchos y un ataúd gigante con una manilla y un mensaje: “girar en caso de resurrección”. Uno que otro cura se reirá, aunque eso ya no le importa a nadie. Varios reclamarán se el verdadero Cristo del Elqui. Puedo ver a Alexis Sánchez dedicándole un gol al antipoeta o a los 33 mineros enviando un mensaje a la superficie con un artefacto sobre Marx o Pinochet y cuando deje de caer papel picado de los balcones, se descorchen todos los vinos, vomitemos de tan borrachos que estamos, las viejas se meen sin entender nada, después de que todos hagamos el amor en el bar La Piojera y los fuegos artificiales abran otro año en la costa, un cabro, un cabro cualquiera de esos que se quedan hasta tarde revisando libros y revistas, de esos malos pa’la pelota y tomar sol, se preguntará si alguna vez leímos a ese viejo de mierda que cumplió cien años, nuestro aguafiestas en la tormenta.

 

Ser Albert Camus

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Es cosa de ver la famosa fotografía de Camus con las solapas abiertas, su cabello engomado hacia atrás, sosteniendo un cigarrillo con fondo blanco y negro. Todo eso dice mucho de este hombre, rebelde por naturaleza, al cual podemos imaginar –sin demasiada dificultad- arreglándose frente al espejo, saliendo pronto hacia la calle para recoger el correo, observando a las mujeres pasear por la plaza sus nuevos vestidos, hasta encallar en un bar donde con los parroquianos compartiría una copa de vino, discutiendo sobre el futbol o el boxeo, hasta que por fin –como el más noble de los narradores norteamericanos- lanzaría una gema sobre el mesón, una frase de oro que iluminaría la oscuridad de las copas. Esto ocurriría en Oran o Argel, esas ciudades del norte de África que, como anotó en Las bodas y Verano, eran el espacio donde se ejercía a cabalidad el tedio moderno.

Mi primer encuentro con él fue en una librería al sur de Chile, pleno verano, en una edición de El extranjero tan precaria que en una segunda lectura me di el gusto de corregir sus erratas. Novela breve y formidable, como pocas ha graficado la naturaleza humana y sus extremos. Su protagonista y narrador rompe con los límites a los que la mentalidad de la griega clásica solía sostenerse, justificando por medio de la razón un acto criminal que no puede sino ser una metáfora del siglo convulso al que Camus se dedicó a juzgar en cada una de sus obras.

La relectura de este texto no puede sino ser una revelación. La vigilia de Camus produce una imagen transparente y genuina acerca de la posición del artista y también del hombre común para con su tiempo. La solución, como bien argumenta, no es odiar la realidad trágica de una época que ha negado todo lo natural que hay en la humanidad, sino traer de vuelta la única virtud que trasciende al ser en plena muerte de Dios: la amistad. ¡Qué grandes palabras y que más ciertas en medio de la desconfianza e incerteza. Camus es el fundador de una forma de vivir y estar en el mundo.

Activar el sentido de la amistad sería, por tanto, la vía más clara de resistencia y no lo podía decir sino alguien que abandonó su juventud en la última gran guerra, campo de concentración del mito y la utopía. Su prosa ha dado fe de ser una experiencia del compromiso con el otro, cosa que bien demostró en su discurso de recepción del Premio Nobel –quizás el más certero de todos los que han sido presentados ante la Academia sueca.

Hoy hacen falta Albert Camus que no solo luchen contra la agonía de la virilidad del pensamiento, sino contra la desesperanza: no dar por pedida ninguna batalla. El hombre rebelde, título de sus magníficos ensayos sobre los temas del crimen, la angustia y el suicidio, es aquel que atenta las edificaciones racionales de la angustia, la burocracia y la sin razón de la razón. En un momento tan explosivo como el nuestro, ante la caída de todas las formas de representación popular, la valoración del individuo y el poder de su interferencia en el campo de lo real no puede ser sino una verdad tan absoluta como la existencia de poderes invisibles que abrasan y ahogan con sus mecanismos toda forma de independencia e intervención.