Una constelación con la forma de un país

A Nona Fernández

3/12/19

La vereda ¿qué vereda? Bueno, por lo que quedaba de ella me fui acercando; eran las 14 horas y algo más y yo sabía que serían puntuales. Pasé por encima de las piedras, doblando por la sucursal del Banco Santander, ahora llevada a su mínima expresión, hasta que di con la librería Qué Leo Forestal, a metros del epicentro de Plaza Italia. En la puerta estaba Mario Cerda, protegiéndola, con las manos en la cortina metálica, para bajarla en cualquier momento, aunque eso no significara que se acabaría la fiesta adentro, por el contrario, unas 30 personas se amontonaban entre los estantes, un ventilador y la mesa donde la escritora Nona Fernández era entrevistada por Carlos Reyes. Cuando entré Nona ya hablaba y sus palabras rondaban actualizándose más y más; su obra es en sí una alta concentración de registro personal y colectivo y, en este caso, la conversación rondaba en torno a Sputnik, un ensayo que deambula por la inmensidad del cosmos, para conectar el desierto de Atacama con los desaparecidos en dictadura, la pérdida de memoria de su madre, el día de su nacimiento, el signo del horóscopo que la cifra, los mitos y la historia reciente del país. El Chile de Nona Fernández pasaba detrás de la vitrina, corriendo de la policía y de las bombas lacrimógenas y también pasaba delante de ella con esa conglomeración de jóvenes que la venían a oír: un ejercicio de resistencia.

La contingencia es lo único ineludible y esa charla no tuvo otra vocación que funcionar como una antena de recepción de lo que cada uno ha experimentado en estos días y de cómo ese Sputnik nos habla tan bien del pasado que incluso lo torna en presente: la represión, el miedo, la imposición, el silenciamiento, el oficio de escribir, esa única certeza. Lo mismo me ocurrió días atrás cuando fui invitado a la casa museo de Isla Negra a dialogar y leer algunos poemas junto a Sergio Rodriguez Saavedra, Jean Pierre Pierre-Paul y la música Francisca Meza. El poeta David Bustos hizo de mediador, llevando la discusión desde los textos que alguna vez escribimos y que reflejan este momento, hasta el tema del amor y el encuentro. El arte ha actuado a la manera de un satélite que recibe, procesa y transmite, que reúne y amplifica en los parques retomados por la voluntad popular. Los domingos son familiares y comunitarios en Santiago y si uno va rodeando el cordón de áreas verdes del centro se puede sorprender con conciertos improvisados, exposiciones fotográficas, ferias itinerantes, grabadistas y artistas visuales, las performances-supernova de Las Tesis –que pude ver el viernes en Providencia- y consignas por la unión en un universo sumamente complejo.

Las amenazas del gobierno de volver a sacar a los militares para salvaguardar las “instalaciones críticas” de la ciudades, la ley anticapuchas, la implementación de todo el peso de la ley ante el uso de la violencia contra las fuerzas de orden y la propiedad privada, son determinaciones que no cierran el camino que han trazado estas manifestaciones. Es cierto que los saqueos han cundido en todo el país, pero es cierto también que la arremetida de la policía durante todo este periodo a la incursión pacífica, ha logrado dejar cada vez más al desnudo una tierra de nadie donde el narco y el crimen organizado han hecho su festín. Pareciera ser que lo esencial es invisible al poder político que se esmera en no avanzar decididamente en una agenda social. Lo que se defiende aquí es el modelo que ellos mismos han blindado, casi de una manera esotérica, una secta de iniciados que protege a regañadientes su herencia dictatorial. En medio de eso, la aprobación del presidente cae al 10% -el porcentaje más bajo desde la vuelta a la democracia-, la economía se contrae en 3,4% y hasta los líderes de la bolsa de valores acusan de ceguera y de trazar órbitas erradas: la continua declaración de guerra del oficialismo.

Las pymes por su parte, como la librería Qué Leo Forestal, se han organizado buscando el apoyo de los ciudadanos y la inversión en estas fiestas de fin de año; otras se unen en torno a los municipios y cámaras de comercio para hacer un llamado al gobierno para dar cobertura y seguridad a los trabajadores. Hablo con un amigo que es parte de un emprendimiento familiar; me cuenta que por su parte ha llevado su participación a esas instancias, pero también a los cabildos en su ciudad; en algún grado es positivo en cuanto a lo que pueda surgir de esta crisis, pero reafirma el peso del costo humano. Debo remarcar que nuestras posiciones ideológicas siempre han sido bastante distintas y no me deja de sorprender lo que me dice en un mensaje: “nos hemos decepcionado de nosotros mismos como chilenos, del nivel de corrupción en el mundo público y en el mundo privado. Al final, estamos en un sistema tranversalizado de corrupciones que se han vuelto normales”. Esto último me recuerda un comentario de la periodista y premio nacional Mónica González, respecto que los casos de corrupción que han existido en esta última década –y que han quedado prácticamente impunes- son de un nivel tal que han asesinado el alma al país y han creado un ánimo en donde sacar provecho se convierte en un acto virtuoso. El geógrafo inglés David Harvey, en su tremendo estudio titulado Una breve historia del neoliberalismo, habla que una de las últimas fases del modelo es justamente la concentración total de los bienes por parte de los imperios comerciales y financieros, que buscan un cinturón en la fuerza pública y en el estado; ese cinturón, argumenta Harvey, genera fisuras que a corto plazo pueden llegar a desmantelar el aparato de recaudaciones de la tecnocracia y abrir el campo para la insurgencia. Caso Penta, Caso SQM, Caso Fútbol, el histórico Caso La Polar, el fraude millonario de Carabineros, el Milicogate, nos hacen preguntarnos por lo ínfimos que podemos ser los habitantes de a pie en este planeta, de lo ínfimos que podemos ser frente a estos agujeros negros de sobornos, en donde un pequeño comerciante, un laburante, como digo alguien de a pie, queda a merced de ser absorbido por leyes y sanciones hechas a la medida: en esa indefensión no somos más que el señor K de El proceso de Franz Kafka, fluctuando en un anillo de burocracia y antimateria.

Mi tarde del domingo la paso buscando esa unidad que hoy se intenta doblegar. Hay potencia en cada rincón. Una tocata punk a la vuelta de mi casa, una asamblea más allá, una cicletada enorme para cantarle el infeliz cumpleaños al presidente, una conglomeración frente a La Moneda donde izan globos con el lema “renuncia”, otra conglomeración en Parque Almagro con música para los más chicos, comidas, artesanías, jóvenes y viejos, metaleros, feministas y raperos. Me lanzo en el pasto para leer mi ejemplar de Sputnik y las páginas pasan rápidas e igualmente pesan, como si darlas vueltas fuera cruzar una línea de tiempo, avanzar en años, en cosas que nos han pasado, en reconocimientos de hechos familiares. Me siento protegido por estas páginas y por los desconocidos que me rodean, hay algo aquí, una constelación de estrellas que tienen la forma de un país.   

   

  

Este es el momento

3/11/19

Escucho el canto de los cachuditos y zorzales. Son los aromos los que traen su perfume y abejas desde lejos. Al fondo, entre los troncos de las encinas, un grupo se reúne a conversar. En la feria se exponen tomates, albahacas, romero y limones. La vida pasa tranquila en Limache, mucho no cambia. La alarma de los bomberos sigue marcando el mediodía, pero sí los postes de luz del parque cargan carteles con los datos entregados por el Instituto de Derecho Humanos sobre el número de desaparecidos, muertos y heridos en estos ya quince días de movilizaciones. Increíblemente mientras esto ocurre –y una brisa fresca mueve las hojas de este cuaderno- hay un imitador de Michael Jackson, vestido como en el video “Bad”, que practica sus movimientos al ritmo de un parlante portátil; uno que estaba por ahí sentado, se le acerca y le pasa un billete de mil pesos y lo aplaude.

A pesar de esta aparente “normalidad” alrededor de la región de Valparaíso se organizan cabildos, charlas y asambleas autoconvocadas; algunas librerías abren sus puertas al debate, un grupo de manifestantes marcha desde este mismo Limache hacia el palacio de La Moneda para entregar una carta-petitorio al presidente, subiendo una cuesta de 1.500 metros altura y bajo el calor semidesértido de Til-Til. Los valles que forman la cuenca del Aconcagua y la cordillera de la costa han pasado a transformarse en “zonas de sacrificio” con desastres ecológicos irreversibles: la contaminación producida por la refinería de carbón de Ventana, los derrames de petróleo en Quintero, la prolongada sequía de Petorca y alrededores -que avanza a medida que se liberaliza aún más el monocultivo de paltas y coníferas-, la instalación de torres de alta tensión y de plantas termoeléctricas para solventar las demandas de la minería. La flora y la fauna autóctonas corren el grave peligro de ser reducidas a su mínima expresión, al igual que la larga tradición agrícola; la población ha salido a exigir en todos los términos posibles una respuesta –con estudios, advertencias y demandas- recibiendo únicamente el constante ninguneo de las autoridades, pero también de una parte de la ciudadanía completamente apática. Hoy en Chile la mayor batalla es la del individuo contra los medios y una clase política que invisibiliza, en una “guerra psicológica”, para desgastar los movimientos populares, en especial este, generando una confusión entre la manifestación y el saqueo.

El imitador de Michael Jackson revisa cada una de las coreografías del rey del pop. Una señora que vende plantas medicinales me dice “con todo esto no he podido salir a dar mis cursos, la gente está en otra, pero es mejor, este es el momento”; al lado una artesana comenta “mi hijo ha estado todos los días en las manifestaciones y ayer, que se quedó en la casa, hizo la manifestación desde su pieza”. Me cuentan que en la mañana el profesor y musicólogo Gastón Soublette –uno de los traductores más importantes del alma profunda de Chile- ha salido a la pérgola a dar una charla. Los chilenos somos un pueblo que le ha costado 17 años de dictadura y 30 de democracia salir de la criminalización de la expresión pública, un pueblo que le ha costado volver a reunirse y conversar, por lo que ahora los invito a dejar este ambiente de árboles frondosos para asistir a una reunión, a unas cuadras de aquí, a asistir a una reunión sobre la constitución, una de las más de 12.000 que se celebraron en estos días en el territorio nacional. Vamos entonces a la ONG Trekan de Limache donde el abogado Patricio Bravo nos pasa a explicar:

“Toda constitución tiene por misión organizar un Estado y al mismo tiempo brindar un catálogo de garantías mínimas para los ciudadanos. En sí, es un texto político y jurídico, pero especialmente es también un texto cultural, es decir, es el reflejo de la cultura política de una época. En este sentido uno de los grandes problemas de la constitución de 1980 –articulada en plena dictadura- es la existencia de un principio de subsidiaridad, que quiere decir que el estado sólo puede actuar cuando los privados no pueden o no quieren. Este principio es la base que sustenta el sistema económico neoliberal instalado en la misma época en este país: promueve la privatización y la acción de grupos intermedios, separa al individuo del estado y ese es uno de los puntos que más nos aquejan hoy, con nuestro sistema de pensiones, de defensa de los recursos naturales, nuestro acceso a una educación gratuita y de calidad y a una salud digna”.

Esto lo transcribo a partir de mis notas, Patricio es mucho más práctico y recurre a su memoria de códigos y artículos para hacernos entender que un cambio en la constitución no será un cambio en lo inmediato de las demandas actuales, sino que será una transformación a largo plazo en la cultura política del país, en su manera de interrelacionarse y llegar a una instancia más justa corparticipación. Los asistentes levantamos las manos y preguntamos, otros miran la señal por internet. Los asistentes somos trabajadores, personas de la tercera edad, estudiantes. Hay demasiadas dudas, pero logro percibir que nos vamos con más certezas. Sabemos que las reformas constitucionales son difíciles, ante todo en la que hemos tenido que convivir desde 1980 y que es un candado cerradísimo; hoy sólo contamos con nuestra presión hacia los representantes para llamar a las asambleas. Entendemos entonces que es nuestra responsabilidad la que nos puede llevar a formar una agenda única basada en un grito tan postergado. Nos despedimos de besos y apretones de manos, cada cual ofrece continuar la próxima semana, se abren posibilidades para llevar esto a comunidades más alejadas del valle y a otros centros de vecinos. Esto es algo nunca antes visto ni hecho en la historia de Chile, pero nadie quiere perdérselo. A mí me recuerda a las unidades de trabajadores filmadas por Patricio Guzmán en su documental “La batalla de Chile”, pero pronto me doy cuenta de que los años setenta aunque estén ahí con sus canciones, ya no lo están como una repetición cíclica, sino al contrario, están ahí desde su espíritu más participativo, desde una extraña sensación de unidad. Camino a través del pueblo donde nací y crecí hace 35 años y tal vez ya no es el mismo, aunque aún nos miren las montañas cada vez más secas y un cielo ya sin nubes.  

Nota: Las fotos 1 y 2 son de autoría de Pablo Rivera.

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre – Diego Alfaro Palma

Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre. Diego Alfaro Palma è uno scrittore e poeta cileno. In questa cronaca, pubblicata la prima volta sul suo blog El panorama antes nosotros  il 24 ottobre 2019, racconta il livello di non-dialogo e di violazione di ogni diritto che il governo cileno sta usando per reprimere la protesta e lancia un appello affinché gli amici del Cile contribuiscano a rompere l’assedio mediatico che il paese sta vivendo in questi giorni.  La cronaca è stata tradotta per noi da Giulia Grimoldi, che ringraziamo. La foto è di Juan Carlos Villavicencio.

A Patricio Bravo

Tequeños, chaparritas, empanadas, banane, acqua fredda, limoni, sopaipillas, fazzoletti, bandiere, pantaloni, mele, patatine fritte, arepas e un tizio seduto a un banchetto con un telefono fisso (che cosa cazzo venderà?). Le haitiane allattano i neonati all’ombra, dove le vecchiette si sventagliano; un impiegato batte con un bastone sul secchio dell’immondizia tenendo il ritmo. I tassisti suonano il clacson, le autoradio trasmettono a tutto volume Quieren dinero dei Los Prisioneros; un gruppo di trenta persone balla la cueca in piena Alameda, il numero di quelli che si spingono fino a qui è in aumento e non c’è muro che non sfoggi con orgoglio uno slogan contro il presidente, la polizia, i ministri, i militari: contro qualunque politico. Addirittura qualche esaltato chiede il ritorno di Michimalonco, il capo picunche che oppose una strenua resistenza alle truppe spagnole e rase al suolo Santiago. Modificando una frase di T. S. Eliot: in Cile tutto il tempo è presente.

Dai balconi la gente invoca Víctor Jara con gli stereo. Le università e i sindacati si uniscono alla mobilitazione. Madri e figlie, nonni e nipoti, gente di ogni classe sociale: siamo tutti stanchi. I cortei attraversano le città, uniscono Viña del Mar a Valparaíso, fanno ballare Concepción, bloccano le strade di Punta Arenas e Puerto Montt. Il personale sanitario esce in strada, i portuali, i professori. Scrivo queste righe mentre mi riprendo dallo spray al peperoncino in una piazza. Mi ha quasi messo al tappeto: stavolta sì che era forte. La moltitudine non si è fermata, e così deve essere. “Se non lo facciamo ora, ce ne pentiremo per sempre”, dicono gli autisti del metrobus da Limache a Valparaíso, stando a quanto racconta il mio amico Pato Bravo. “Il treno attraversa le città e, quando passano i cortei, il macchinista fa fischiare la locomotiva in segno di appoggio. La gente è ben felice di ricevere sostegno. I cabros a bordo esortano i coetanei a continuare la lotta, a non fermarsi”. Ma veniamo alla domanda: ci sono certezze di cosa si riuscirà a cambiare? Quale sarà il segnale del successo? Sarà una vittoria nei limiti del possibile o sarà totale? Quello che si dice in giro è vero: stanno cercando i capi del movimento studentesco nelle loro case; la polizia entra senza permessi, senza un mandato di perquisizione; esistono dei video, i mezzi di comunicazione li stanno facendo circolare e l’Instituto Nacional de Derechos Humanos lo conferma, assieme al dato dei 2138 arrestati, 376 feriti, di cui 173 raggiunti da colpi di arma da fuoco, 5 morti confermati uccisi da agenti dello stato (e altri 10 ancora da confermare), oltre a 44 procedimenti giudiziari in corso. Quindi, ripeto la domanda: c’è qualche certezza? Di fronte a questi dati il ministro dell’interno Chadwick non intende dimettersi. Se ce lo trovassimo davanti, in molti gli chiederemmo: che cosa aspetta? Dico questo e la radio mi dà conferma: è in atto una chiamata obbligatoria alle riserve attive dell’esercito per rafforzare le “operazioni” in questo “Stato di emergenza”. Dall’altra parte gli incappucciati si incazzano e distruggono tutto. I cicli della repressione si rinnovano come la primavera, però non c’è dubbio: qualcuno deve dimettersi.

Se le cose continuano con questa forza fino alla fine della settimana, è probabile che questo paese diventi una voce inconfondibile, una voce che ha bisogno ora più che mai di tutte le voci da fuori: abbiamo bisogno anche di mani e piedi perché questo stadio del neoliberismo sta entrando in una fase superiore del controllo completo delle forze. I dirigenti mapuche affermano giustamente che queste modalità sono le stesse che il governo ha adottato nei loro confronti per decenni, quel livello di non-dialogo e violazione di ogni diritto esistente è stato l’indiscutibile laboratorio della furia dell’élite e dei suoi fedeli poliziotti. Per questo, traduttori di tutto il mondo, amici di altre parti, unitevi: è urgente rompere l’“assedio mediatico” di questo paese di latifondisti.

Vicino a me un padre fa volare un aquilone, un volantín come li chiamiamo qui, uno che ha i colori della bandiera nazionale e che malgrado il poco vento riesce a prendere quota. In fondo, un gruppo di persone intona El derecho de vivir en paz, il famoso inno di Víctor Jara, e canta a squarciagola. Vicini di diverse fazioni e opinioni discutono di creare un’assemblea municipale, di organizzazione, parole un tempo a rischio di estinzione in questa parte del mondo. Gli studenti giocano a calcio sui marciapiedi. Le truppe di Michimalonco non dormono, vigilano dietro le araucarie. La sera accende le sue luci, s’aprono i papaveri e altri fiori, genitori e figli battono le mani per zittire lo stridore degli elicotteri.

Publicado en https://www.edicolaed.com/blog-it/cronache-dal-cile-che-protesta/

Primavera negra

29/10/19

La muchacha se desvaneció, perdiendo el color en el rostro y desplomándose lentamente sobre el piso de la micro. “¿Alguien tiene algo dulce?”, gritó una de sus compañeras y, en cosa de segundos, una chica sacó un paquete de galletas que compartió, yo pasé mi botellón con agua, otro una caja con leche y una joven dominicana –la reconocí por su acento- que vestía de enfermera la asistió. “Es que no toma desayuno y tampoco almorzó”. “A ver, sentémosla ahí, con cuidado”. Lentamente volvió en sí, con dificultad. Los pasajeros no prestaban atención al panorama exterior: una cuadra completamente calcinada.

Me quedé pensando en esa niña todo el día, en su uniforme raído, es sus zapatillas negras, en por qué no tomaba desayuno. Durante años fui profesor de muchachos de la misma edad y tal vez en peores condiciones en una escuela pública de Santiago. Muchos de esos chicos llegaban cada mañana por su caja de leche, su manzana y su pan con mortadela. Muchos de ellos repetían estas frases: “oiga, profe, si yo vengo aquí no más por la comida”, “vengo aquí porque aquí hay algo de orden y gente que me cuida”, “estoy aquí porque estoy cumpliendo condena y me tengo que portar bien”. Varios tenían una rabia incontrolable contra cualquier tipo de autoridad, capaces de prenderle fuego a una sala, robar o amenazar de muerte a un profesor o simplemente no dejarlo hacer clases. La mayoría de sus apoderados (no hablemos de padres en estas circunstancias, los hay pero son pocos) era gente de escasísimos recursos, que ganaban con dificultad el sueldo mínimo y sobrevivían con las también mínimas coberturas ofrecidas por el estado. En las reuniones aparecían no más de diez o quince –con suerte- de un curso de cuarenta y siete alumnos. De esos cuarenta y siete, quince necesitaban terapia psicológica urgente, diez tratamiento psiquiátrico, cinco un programa de integración y, en general, bastante cariño y atención. En sí hacía falta un docente –y un equipo- menos preocupado por las tediosas labores pedagógicas o de adaptar el currrículum, ese mamotreto imposible de seguir al pie de la letra cuando hay niños de trece años que no saben ni leer ni multiplicar: Chile es el fracaso de cualquier práctica elaborada en los laboratorios de los “paneles de expertos”, a todo nivel: político, económico, en la salud y obviamente en el transporte: la gota que quebró el vaso bajo la cascada.

Por años los gobiernos han hecho oídos sordos a estas complejidades, con infinitas soluciones parches, continuando con los endeudamientos de las familias de los estudiantes y perseverando en los vacíos formativos. De izquierda y de derecha –que aquí son lo mismo- sentaron por tres décadas a los profesores en esas “mesas de diálogo”, esa gran foto, mientras que el negativo de la imagen decía otra cosa: un sistema educativo que desfallecía y con él el marco general que sostiene a todo el país. Pero había también otra foto, una que a esta altura ni los más rebeldes quieren ver: una turba llena de ira que va a quemar lo que haya a su paso. Esa foto es el comienzo de la ultraviolencia. Me refiero a que en este minuto están los que asisten a las marchas pacíficas en el centros de las ciudades y por el otro una masa que no posee ni un ápice de educación cívica, y que a esta altura tampoco la quiere, salvo el deseo incontenible de reducir a cenizas un sistema que los violentó desde el nacimiento. Del otro lado, del lado de los uniformados, la reacción es genéricamente la misma: capaces de incendiar un parque, acosar sexualmente en las detenciones, desplegar el carro hidrante sobre tías de jardin infantil, incentivar la cacería de quienes defienden la democracia.

El retroceso de los militares ante el desembarco de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el fallido cambio de gabinete del gobierno, la continua decadencia de la clase política desenfocada, la efectiva represión (con muertos, heridos graves y desaparecidos), hicieron que esta tapa de olla que voló por los aires en la periferia se trasladara en las últimas fechas hacia el centro de la capital, con un único llamado a la venganza y al todo por el todo. Así lo he visto en las últimas movilizaciones que más que ser una celebración, se tornaron en una lista de audio para un concierto de grindcore o black metal o un hip-hop creado en una fundición de cobre. Anoto esto último en mi cuaderno, salgo del banco de plaza donde estoy sentado, camino cuatro cuadras y veo un grupo avanzar sobre un móvil de la policía al grito de “¡a quemar la yuta!” y los cascotes de piedra sobrevuelan el espacio. De la contraparte la consabida respuesta lacrimógena, el balazo limpio, la luma en el cuerpo. Ayer en la tarde algo parecido: me despego de la marcha con una sensación incómoda, dejo a los cantan, porque en el fondo veo a las barras preparando una gran hoguera. Minutos después aparece en la tele de la verdurería arder un centro comercial en pleno centro. En esta etapa en que se procede a la formación de cabildos y asambleas lo que hace desfallecer, es esa falta de desayuno del debate de estos grupos que lo que menos quieren es diálogo; están más cerca del narco que de la revolución armada, más cerca de la piratería o del robo institucional que del asalto al poder; muchísimo más cerca de la piromanía, el desborde psíquico y la ultraviolencia de carabineros. Son ellos la mejor postal para los medios y el cultivo el terrorismo de estado.

La educación política faltante en este minuto es ley mayor, como la gravedad para la física moderna, sin ella cualquier proceso constituyente se complejiza aún más. Otro punto: la formación de cuadros y las redes que en cualquier otro país de Latinoamérica es un elemento fundante del campo de acción. Pero en Chile no, ese tejido es otra foto de una pierna asaltada por los balines de la policía, la tortura y el miedo alimentados durante 17 años de dictadura. La Primavera negra está inconfundiblemente teñida por el hollín de las barricadas y por el grito incesante de las demandas sociales, por las guitarras, los delantales, los sin miedo, el entusiasmo de los que siguen adelante a pesar de las mil lacrimógenas del Apocalipsis, pero debe ser sustentada en la épica de un estallido que supere la violencia como único medio para tapar ese vacío: la venta de la educación, la salud y los recursos naturales, la dislocación de todos los valores de lucha, el insulto continuo a los trabajadores y a su futuro. En fin, el levantamiento será docente o no será.

Cecilia Morel y los alienígenas en vivo

25/10/19

En su última carta antes de ser ejecutada María Antonieta dice declararse inocente, tranquila “como lo está uno cuando no tiene nada que reprocharle a su conciencia”. Esto me lo recordó mi amigo Horacio Esber desde Buenos Aires, cuando me instó a no desechar las declaraciones filtradas de la primera dama, Cecilia Morel: “escuchalas bien, analizá su discurso: ahí tenés a alguien que no cuestiona la legitimidad de sus privilegios, que se pone sobre los demás, que se considera de otra clase de ser humano: tal como pasa con la esclavitud o como pasó en la conquista de América donde los indígenas eran considerados “seres sin alma”. Pensalo bien, dale una vuelta”.  La misma Morel dice en el audio sentirse ante una “invasión alienígena” y en donde la clase gobernante “no tiene las herramientas para combatirla”, por lo que la “gente de buena voluntad” deberá disminuir sus “privilegios y compartir con los demás”, como en un especie de gran acto solidario intergaláctico. Ayer, esos alienígenas que estaban sueltos, llegaron a sumar más de un millón en las calles, en la marcha más multitudinaria que haya atravesado Santiago y que, sumando a las regiones, deja una marca del tamaño de Chile en cualquier libro de historia.

¿Pero a qué se dedican los alienígenas? ¿Qué exigen, qué es lo que cantan? Para empezar, la mayoría de estas fuerzas viven con un sueldo que no se corresponde con la realidad, con los costos de la realidad en este planeta. Alegan que la constitución que los reúne proviene de tiempos dictatoriales y que no asegura un estado de bienestar ni nada parecido, sino un extractivismo a mansalva, pocas defensas para los trabajadores, un desentendimiento del estado respecto a lo público, en fin, un abandono. También gritan al cielo con sus trutrucas y cornetas al paso de los helicópteros de la policía y de los militares; estos alienígenas están más que superados con las continuas violaciones a los derechos humanos que han ocurrido en este falso “estado de emergencia”, en donde sin legitimidad alguna se ha secuestrado, se ha acosado, se ha golpeado y se ha asesinado: las fuerzas armadas de este país no han aprendido absolutamente nada desde 1973, absolutamente nada, mientras los medios difunden el encarcelamiento de un conscripto se negó a participar de esta cacería. En fin, señora Cecilia Morel, venga, acérquese, porque la palabra que más va a ver y escuchar es “dignidad” y eso es algo que su clase y los partidos de todos los colores le han perdido el rastro, como quien mira fijamente a una estrella y luego la pierde al pasar de una nube.

Yo me uní como un alienígena más a la salida del trabajo, como muchos luego de sacarse la camisa o la blusa y ponerse unas zapatillas más cómodas. Desde Manuel Montt se podían ver esas masas de oficinistas, jóvenes, ancianos llegar desde todas partes de la ciudad, bajándose desde las antiguas naves espaciales del transporte público o desde las habilatadas estaciones de metro. En el camino había poemas visuales pegados, banderas negras de Chile, una gran pizarra donde cada uno escribía su deseo de mundo y una extraña sesión de electrónica a la que uno que marchaba gritó: “¡esto no es nada una fiesta, cuicos culiados!” y ahí varios explotaron en aplausos al tiempo que las barras del Colo-Colo, de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica se mezclaban gritando a un solo pulmón. Nunca se vieron tantos lienzos mapuches, tantos en algarabía y en unidad, las estatuas de bronce tomadas hasta la última oreja de los caballos, ventas de sandía, choripanes, agua, limones, chocolates, tabaco y al rubro de la salud con sus delantales no tan blancos tras semanas de marchar contra el desvalijamiento de los hospitales y la reducción de los presupuestos –en todos estos días vi a mi hermana salir orgullosa de su profesión levantando esa misma pancarta. Un poco más allá los profesores con su ropa gastada, sus lentes grandes y su energía inagotable, a unos metros los artistas callejeros interviniendo los muros, los guitarristas afuera de la Biblioteca Nacional cantando “El derecho de vivir en paz”, quizás la canción más escuchada en las radios. Todo el Parque Forestal era un continuo interplanetario de gremios, asociaciones civiles, de ciudadanos gritándole al presidente su ineptitud, a los partidos su pésima comprensión lectora de la contingencia: exigiendo la devolución de la libertad y la construcción de una dignidad urgente.

Luego de separarme de unos conocidos afuera de la librería Qué Leo que da al parque, seguí mi caminata hacia la Alameda, viendo a las feministas sobre las paradas de micro, a señoras que portaban un cartel que decía “me cansé de esperar los tiempos mejores”, junto a una muchacha hermosísima que salió en su sillas de ruedas hasta el centro de la ciudad, acompañados todos por los motociclistas que impedían el paso de la policía y un gran manto con los colores de la bandera que decía “No estamos en guerra”. Vi a alienígenas disfrazarse de alienígenas, a madres con sus coches, a niñas vestidas de princesa, a los otaku, a la gran compañía de Ballet Nacional en el Paseo Bulnes bailando poemas de Gonzalo Rojas, de Violeta Parra y de Pablo Neruda; vi a unos muchachos recitar “El canto a su amor desaparecido” de Raúl Zurita, versos de “La ciudad” de Gonzalo Millán, fotos en homenaje a la consecuencia política de Gladys Marín, un intocado mosaico que celebra a Pedro Lemebel, a taxistas levantar las manos, a Los Jaivas caminar con el aplauso público, a las barras haciendo de esto algo parecido a la toma de la Bastilla, al tiempo que en Valparaíso se reprimía con la misma furia de todos los días, cerca y lejos del Congreso: la unanimidad de que en este país se pasa a llevar el estado de derecho.

Esta desobediencia civil ha presionado más de lo habitual a esta élite que defiende a regañadientes su origen y sus bienes adquiridos por ese mismo origen. Desde el Palacio de la Moneda se ve a un cada vez más avejentado Piñera intentando poner la oreja en la tierra, pero imposibilitado de restringir su propia interferencia mental. En el congreso –más allá de la aprobación de algunas leyes necesarias, pero no todavía contundentes- se ve un gallinero que tiene una agenda acaloradísima y llena de plumas: desde la fascista Camila Flores a los desplumados del Frente Amplio, el temor ante los alienígenas es inminente. Por eso es que esta marcha, la más grande de todas las marchas, no tuvo otra bandera sino la de una primavera negra, una primavera que tiene que ser un motor para la reconstrucción de un tejido social, una obligación a trabajar más por estas demandas, por lograr una nueva manera de tratarnos: ahora pareciera que todos nos saludamos, que nos damos la mano, que hablamos en el transporte público, que estamos ante un florecer de la política, en este país donde antes todos éramos unos extraños, unos extraños venidos de la más blanca de las estrellas.

Todo tiempo es presente

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23/10/19

A Patricio Bravo

Tequeños, chaparritas, empanadas, plátanos, agua fría, limones, sopaipillas, pañuelos, banderas, pantalones, manzanas, papas fritas, arepas y un tipo sentado en un pupitre con un teléfono de línea (¿qué carajos venderá?). Las haitianas amamantan a sus bebés y las abuelas en esa misma sombra se abanican; un oficinista golpea con una varilla un tacho de basura llevando el ritmo. Los taxistas tocan sus bocinas, los autos reproducen a todo volumen “Quieren dinero” de Los prisioneros; un grupo de 30 personas baila cueca en plena Alameda, el número de los que llegan hasta este lugar aumenta y no hay muro que no cargue con orgullo una consigna contra el presidente, la policía, sus ministros, los militares: contra cualquier político. Incluso uno de esos rallados llama a renacer a Michimalonco, el líder picunche que ofreció una férrea resistencia contra las huestes españolas y dejó Santiago en cenizas. Alterando una frase de T.S. Eliot: en Chile todo tiempo es presente.

En los balcones se invoca a Víctor Jara en estéreo. Las universidades y sindicatos se acoplan a la movilización. Madres e hijas, abuelos y nietos, gente con y sin sombrero: todos estamos hartos. Las marchas atraviesan ciudades, unen a Viña del Mar con Valparaíso, ponen a bailar a Concepción, a colapsar las vías de Punta Arenas y Puerto Montt. El servicio de salud sale a las calles, los portuarios, los profesores. Escribo esto mientras me recupero del gas pimienta en una plaza. Casi quedo fuera de circulación –esta vez sí que fue fuerte. Las multitudes siguieron su paso y así debe ser. “Si no lo hacemos ahora nos arrepentiremos para siempre” dicen los choferes del metrobús de Limache a Valparaíso, según me cuenta mi amigo Pato Bravo: “El tren pasa por las ciudades, pasan las marchas y el conductor toca la bocina en señal de apoyo. La gente está feliz apoyándose. Los cabros dentro del vagón se llaman a seguir luchando, a no parar”. Pero vamos a la pregunta ¿hay certidumbre de lo que se pueda llegar a cambiar? ¿Cuál será la marca del triunfo? ¿Será un triunfo en la medida de lo posible o será total? Es cierto lo que dicen: están buscando dirigentes estudiantiles a sus casas; la policía entra sin permisos, sin orden de allanamiento; existen videos, los medios de comunicación los duplican y el INDH lo confirma junto con el dato de 2138 personas detenidas, 376 heridos de los cuales 173 han sido alcanzados por armas de fuego, 5 muertos confirmados por agentes del estado (y aún otros diez por confirmar), junto con 44 acciones judiciales en proceso. Por eso repito la pregunta ¿hay alguna certidumbre? Ante estos datos el ministro del interior Chadwick no piensa en renunciar. Si varios lo tuviéramos de frente le preguntaríamos ¿qué espera? Digo esto y la radio me confirma: se realiza un llamado obligatorio a las reservas activas del ejército para reforzar “labores” en este “Estado de emergencia”. Del otro lado los encapuchados se encabritan y lo rompen todo. Los ciclos de la represión se renuevan como la primavera, pero no hay lugar a dudas que alguien tiene que renunciar.

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Si las cosas siguen con esta fuerza hasta el fin de semana es probable que este país se convierta en una voz inconfundible, una voz que necesita más que nunca a todas las voces de afuera: necesitamos las manos y los pies que tengan porque este estadio del neoliberalismo comienza a entrar en una fase superior del control completo de las fuerzas. Los dirigentes mapuches tienen mucha razón al decir que estas han sido formas que por muchas décadas el gobierno ha tenido con ellos, ese nivel de no-diálogo y violación de cuanto derecho exista ha sido el laboratorio indiscutible de la furia de la élite y sus sabuesos. Es por eso que traductores del mundo, amigos de otras partes, uníos: es urgente romper el “cerco mediático” de este país de latifundistas.

Cerca de mí un padre eleva una cometa, un volantín como les decimos acá, uno que tiene los colores de la bandera nacional y que a pesar del poco viento logra encumbrarse. De fondo un grupo de gente canta a coro “El derecho de vivir en paz”, ese himno de Víctor Jara, y lo cantan a todo pulmón. Vecinos de distintas facciones y opiniones hablan de realizar un cabildo, de organización, palabras que estuvieron en peligro de extinción en esta geografía. Los estudiantes juegan fútbol en las veredas. Las tropas de Michimalonco no están dormidas, vigilan detrás de las araucarias. La tarde enciende sus faroles, las amapolas y otras flores están abiertas, los padres y los niños aplauden para acallar la estridencia de los helicópteros.

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La necesidad del arte

22/10/19

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El hombre viene así, tocando un tambor y soplando una zampoña en medio de la noche. Su paso es lento y lleva un sombrero que le tapa la cara. Viene por una de las tantas calles empinadas de Valparaíso, se alcanzan a notar lejanas las luces de otros cerros, que aunque parezcan estrellas no lo son, sino luces de casas que no pueden dormir. El viene así, con un sonido del norte, sereno, pero no resignado, de otro tiempo, de uno ancestral, tal vez de eso que llaman “el Chile profundo” y que es un lugar que fue registrado únicamente por los artistas, sobre todo por Violeta Parra. ¿Será un espectro en pleno toque de queda? ¿Un fantasma colonial que viene a visitarnos? ¿O es un estudiante que corrió todos los riesgos para estar ahí e igualmente darnos el mensaje? Para mí el registro de esa figura y su melodía es quizás uno de los más intrigantes de estas jornada y justamente en una de las ciudades que más mal lo han pasado con la acción represiva, con cédulas dispuestas a todos, bajo el brillo del sol en el mar, disparando a mansalva: perros de caza sin cazador ni presa.

No he estado en Valparaíso en estos días, pero ya lo comienzo a extrañar. Es sumamente difícil moverse alrededor del país en esta contingencia si no tienes alguien que te reciba y te salve del registro de identidad pasada la hora permitida (en Valpo a las 18:00 debe replegarse la ciudadanía). En general es difícil todo, porque la realidad está a medias. Hoy trabajé desde mi casa, pero a medias. El país se prepara para un Paro Nacional, pero aún no sabemos si es a medias o completo. Lo que sí no es a medias es la libertad: eso es acceso restringido. Pero volvamos al plan, ya que en esta crónica quiero invitar a hablar a otro por mí, quiero invitar a un poeta joven que envío este mensaje desde el puerto:

“Reprimen durante todo el día las concentraciones con lacrimógenas y balas de goma. Se han encontrado también casquillos metálicos de balas. Al parecer el marino a cargo dijo por televisión abierta: “nosotros no tenemos armas de juguetes” […] Ayer durante la noche miré por la ventana: vimos un grupo de milicos cada uno pegándole a una vieja. Vi una caravana de más de cinco camiones con más de veinte militares arriba intimidando una barricada sostenida por 4 personas a las 00:00 am […] Los puntos de resistencia son plazuela Ecuador y subida Cumming. En Cumming ayer se desplegó un camión de militares a las 13:00 más o menos. La plaza Aníbal Pinto estaba llena de gente gritando alegremente cuando vino el camión y corrieron para arriba; los milicos subieron y dispararon; durante la tarde vi como aguantaban todos en subida Ecuador, los intermitentes disparos y lacrimógenas […] Sé también que ha habido resistencia en los cerros y diferentes barrios. La gente está saliendo pese a que la reprimen con casi todo. Se hacen asambleas en las juntas de vecinos. La gente quiere conversar, definirse y estar en el lugar que está convencida que le corresponde”.

Valparaíso históricamente es una ciudad de la resistencia, más allá de todas las convenciones que se puedan hacer de ella, y es ahí donde la brutalidad se ha hecho más patente. O también más al sur, en Curicó donde fue asesinado José Miguel Uribe, un muchacho de veinticinco años, producto del accionar represivo. Ya van 15 muertos en cuatro días en todo el país: quince muertos que en cualquiera de las circunstancias estarían ahora caminando por sus barrios, sino fuera por este fracaso político. En fin: algo que recuerda a la inestabilidad del gobierno de De la Rua en la Argentina de 2001, cómplice de 39 civiles muertos en una de las crisis más dramáticas que haya tenido este continente.

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Tanta imagen vista abruma, pero volver a salir de casa y reencontrarse con la juventud aplaca cualquier índice de ansiedad. Son ellos los que están dispuestos a encender el debate cada noche, son ellos los que siguen llevando el ritmo, cuchara mediante, silbato mediante, o limpiando con sus escobas, o a puro aplauso. Estamos cantando las veinticuatro horas, incluso en sueños, porque ellos cantaron primero; incluso los que montan guardias en sus barrios: algo cantan en la mente. Es posible que estas reuniones diarias de cacerolazos sean una especie de mantra necesario, un guillatún purgativo de una sociedad demasiado atrapada en sí misma y en rutinas contracturantes de lógicas sueldo / deuda: un chileno desde que nace hasta que muere está aquejado por el discurso de la insuficiencia de lo público y de imponer los años de su trabajo a un sistema privado. Es por eso que seguir “El baile de los que sobran” es tan oportuno en esta instancia, es el único baile que nos debemos permitir, desde el barrio más “piñufla” al más “cuico”, pero sobre todo en el más “piñufla”, porque es el baile de los que no tienen razón para retroceder.

Son esos jóvenes que vuelven cada tarde desde el centro de las ciudades, con sus pañuelos, sus limones cortados y sus botellas de agua con bicarbonato, los que nos dan la batería suficiente para persistir, para no dejarnos caer como unidad: no estamos en guerra –dice un rallado en la calle- estamos unidos, y eso es justamente lo que presiona al gobierno y al congreso, porque no tienen a un representante con quien hablar, no tienen una cara, sino una gran suma, una comunidad en formación que cada día sale con más fuerza. Son las muchachas y muchachos los que aparecen como el músico fantasmal de Valparaíso para decirnos que este país tiene que cambiar y que va a cambiar. Son ellos los que encarnan el verso que el poeta Raúl Zurita grabó en el Desierto de Atacama: “Sin pena ni miedo”. Yo, al momento de escribir esta crónica, sufría el peso de tanta incertidumbre, de tanta aflicción por los registros de barbarie, por la incontención de la violencia, cuando en pleno toque de queda crucé la calle para conversar con unos sentados junto al almacen y palabra a palabra todas esas oscuridades se convirtieron en un pulso, en un aire, en un fantasma significativamente real.

INFORMACIÓN NECESARIA:

Para denuncias de violaciones a Derechos Humanos, está la página del Instituto Nacional de DH y de Amnistía Internacional Chile.

Para información fuera de Chile se ha liberado la señal de CNN Chile que es quizás el medio más parcial en esta contingencia. Otro recomendable es la Radio de la Universidad de Chile.